Por Ramiro García Morete

“El brillo y relieve que queda en lo negro son líneas del camino”. El modo en que Loli Molina aspira algunas consonantes, recorta o arrastra las palabras y juega con la melodía hace que su voz diáfana y las mismas palabras cobren otro sentido. Es precisamente el relieve que otorga carácter al brillo. Aunque la cantautora de proyección continental confiese: “Canto porque me sale. No estudié ni estudio mucho la voz. De hecho, mi voz es súper irregular y muy vulnerable a mi emocionalidad en el momento en el que estoy cantando. O sea que lo que pasa es totalmente natural y me flashea ver cómo cada seis meses mi manera de cantar cambia totalmente”. Pero, más allá de los cambios lógicos en las líneas de ese camino, esta porteña de apenas 31 años ha constituido una carrera que implica tres discos y colaboraciones importantes con grandes artistas, como Kevin Johansen, Fito Páez y Fernando Cabrera, entre otros. A la vez, fue corista y guitarrista durante el unplugged que le valió un Grammy al grupo mexicano Kinky.

A tres años de Rubí, su última producción, la espera vale la pena, ya que no será uno sino dos discos los que sucedan a su último larga duración editado en 2015. “Ese es el plan: un disco muy austero de guitarra y voz por un lado, un disco más progresivo y eléctrico por el otro. Siento que son dos universos que me componen, ya sea como algo que me sale natural (guitarra y voz), como algo que me intriga y me interesa experimentar (eléctrico, progresivo), y que no tiene sentido intentar forzarlo en un solo disco. Entonces, hay que hacer dos y darle lugar a cada cosa”. A su vez, proyecta giras por América Latina, Europa y Japón.

Algo que también ha compuesto la carrera de esta artista que se para en la canción como estilo es haber transitado el mainstream con buenas repercusiones, aunque actualmente se maneja de modo independiente. Molina no teme ser honesta: “Siento que mi experiencia en el mainstream fue medio bajón, porque era muy chica e ingenua y me comieron cruda. Aunque me dio muchas herramientas, sin duda. La vida independiente tiene la libertad de hacer lo que quieras y también es difícil y ardua por momentos”. Y agrega: “Siento que aún no llegué a un punto de comodidad, no sé si exista. Creo que la industria musical, mainstream e indie se maneja con valores y premisas muy extraños, con los que no termino de encajar del todo”.

“Ser una chica en un mundo dominado por los hombres es difícil, y a la luz de todo lo que sucede y ahora se habla no hace falta que explique por qué”

Molina no es ajena a la bienvenida discusión sobre género que se está dando en la sociedad, ni, por supuesto, a los obstáculos que implica ser mujer dentro del ámbito musical: “Ser una chica en un mundo dominado por los hombres es difícil, y a la luz de todo lo que sucede y ahora se habla no hace falta que explique por qué. De todos modos, yo nunca lo sentí como una traba. Siempre le di para adelante y en general estuve rodeada de muchos hombres que me respetaron mucho y me trataron siempre como par. Obviamente todavía falta un montón y pasan muchas cosas horribles, pero no dejo que me afecten y sigo dándole para adelante. Mi lugar de lucha y mi manera de proponer que más cosas cambien es hacer”.

Molina cuenta que lo último que estuvo escuchando es la versión remixada de “mi disco favorito, Ten, de Pearl Jam”, y que aunque tiene cinco guitarras “no me gusta esa onda coleccionista de instrumentos. A las violas hay que tocarlas… si no, se ponen tristes”. Lo que sí tiene son muchos amigos, y uno de ellos abrirá el show en La Plata: el músico, poeta e integrante de Mostruo, Lucas Finocchi. “Amo a Lucas. Somos grandes amigos y cómplices”.

El show tendrá lugar este viernes a las 21:30 hs en el Galpón de la Grieta (18 y 71), y Molina acutará junto a Manuel Ochoa.