Por Carlos Ciappina

Referirnos a las islas Malvinas (y todas las del Atlántico Sur ocupadas por el Imperio británico) es un tema que habilita múltiples reflexiones y análisis. También es un tema que no se puede abordar sólo racionalmente o académicamente, desde que miles de jóvenes han sufrido y cientos han muerto por la presencia colonialista. 

Referirse a las islas Malvinas hoy, en 2018, es demostrar la vigencia de las prácticas colonialistas de las potencias europeas en nuestro país y en América Latina. Decir colonialismo es decir prepotencia militar y simbólica, discriminación y racismo, apropiación indebida de recursos estratégicos, consagración de la ley del más fuerte en desmedro del derecho internacional.

Todo eso pasa hoy, aquí, en nuestras tierras (las tierras malvinenses) y frente a nuestras costas. Entender el colonialismo es entender que desde el siglo XV las potencias europeas se han desplegado por Asia, África y América buscando los recursos naturales, humanos (la esclavitud moderna es un “invento” europeo) y territoriales en beneficio de las élites de naciones como Gran Bretaña, Francia, España, Portugal, Bélgica, Holanda y, más tardíamente, Italia y Alemania. Es importante destacar el punto anterior: para América Latina, Asia o África, el colonialismo sólo ha significado depredación, destrucción de culturas y civilizaciones, agotamiento de recursos naturales y destrucción del medioambiente; pero para naciones como Gran Bretaña, el colonialismo es el “modo natural” de ubicarse en el mundo. Que no es ni ha sido una práctica aislada lo demuestra el hecho incontrastable de que el Imperio británico ha invadido a lo largo de su historia a todos los actuales países de América (incluyendo Estados Unidos y Canadá, que fueron sus colonias), con la sola excepción de Bolivia y Paraguay. En algunos, como el nuestro, se han quedado.

También es necesario señalar que hay un modo “colonial” de ver la realidad desde nuestros propios países. Ya lo señalaban Arturo Jauretche y Scalabrini Ortiz cuando analizaban el extrañamiento de nuestra propia realidad que se evidenciaba al estudiar la educación primaria y secundaria, la Universidad, el rol de los grandes medios de comunicación; lo que se denominaba “la cultura” en todos sus niveles. Durante largas décadas fuimos formados en una historia, una sociología, un “modo de ver el mundo” que había generado precisamente el colonialismo, logrando el éxito máximo de una política cultural: que los propios sujetos sometidos al colonialismo lo vivieran como lo deseable y, más aún, lo civilizado.

Una larga historia de depredación

Las islas fueron “descubiertas” en el viaje de Magallanes, quedando bajo jurisdicción del Imperio español. A partir de 1766, quedaron bajo la administración de la Gobernación de Buenos Aires con el nombre de Gobernación de las Islas Malvinas, y a partir de 1778, del Virreinato del Río de La Plata. Con la Declaración de Independencia de 1816, las Provincias Unidas del Río de La Plata heredaban la totalidad del territorio otrora español. De modo que a nadie extrañó que en 1820 nombraran su primer comandante militar en la etapa independiente, un soldado de origen guaraní, Pablo Areguatí, que llegó a las islas en 1823. En 1826, Luis Vernet y Jorge Pacheco fundan el primer establecimiento permanente, y en 1829 Vernet fue nombrado Primer Comandante Político y Militar de las Islas. En 1830 las depredaron tres buques norteamericanos, que fueron detenidos y expulsados pues cazaban focas sin autorización. En setiembre de 1832 se instaló un nuevo gobernador nombrado por Buenos Aires junto a una pequeña guarnición de soldados.

En diciembre de 1832, una expedición con buques de guerra invadió las islas por orden del almirantazgo británico. Es necesario enfatizar este hecho: los británicos no se instalaron pidiendo permiso, realizando un plebiscito o consultando al gobierno; lo hicieron por el uso liso y llano de la fuerza, que es el modo por el cual siguen sosteniendo allí la ocupación.

Los invasores establecieron un rígido sistema de trabajo, sobreexplotando a los gauchos argentinos y charrúas que trabajaban allí. El gaucho entrerriano Antonio Rivero se sublevó contra las condiciones impuestas por los invasores y, tras ejecutar a los responsables de los destratos y humillaciones, arrió el pabellón británico durante cinco meses. Mezcla de estallido social y de levantamiento contra el invasor, la epopeya de los gauchos comandados por Rivero será la primera resistencia a la ocupación por la fuerza del Imperio británico. 

En 1908, los británicos agregaron a la colonia malvinense las islas Orcadas, Shetland y Sandwich del Sur, incrementando la ocupación colonialista del Atlántico Sur.

Durante las dos Guerras Mundiales del siglo XX, las Malvinas demostraron su valor estratégico como base para el control y abastecimiento de las potencias aliadas en el Atlántico Sur y en el cruce hacia el Océano Pacífico.

Los compromisos internacionales y la política de hechos consumados británica

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, la situación de los pueblos bajo el dominio de las potencias colonialistas se volvió central. La existencia de colonias era una contradicción evidente con los objetivos por los cuales los aliados se habían embarcado en la guerra: si había sido por la libertad y contra la opresión fascista, era claramente un contrasentido que países como el Reino Unido, Francia, Italia o Bélgica mantuvieran millones de personas bajo el dominio colonial. A la vez, los propios pueblos asiáticos, africanos y latinoamericanos se movilizaron para luchar por su independencia. La presión descolonizadora tuvo que incluirse en la agenda de Naciones Unidas.

El proceso de liberación y descolonización se volvió indetenible, y la Asamblea General de la ONU aprobó en 1960 la Resolución Nº 1.514 (89 votos a favor, 9 abstenciones y ninguno en contra) llamada “Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales”.

El 16 de diciembre de 1965 votó la Resolución Nº 2.065 (94 votos a favor, 14 abstenciones y ninguno en contra) que reconocía la existencia de una disputa entre Argentina y el Reino Unido sobre las islas. El texto de la resolución establece que, por ser un territorio colonial, no podía plantease la autodeterminación de los habitantes. También conminaba a las partes involucradas a mantener negociaciones e informar al Comité de Descolonización sobre los progresos alcanzados.

A partir de ese momento, en cada resolución de la ONU y/o del Comité de descolonización, se sostiene la Resolución Nº 2.065 e invita a Argentina y el Reino Unido a cumplirla (lo hizo aun en 1982, pues, finalizada la guerra, por la Resolución Nº 37/9 del 4 de noviembre de 1982, declaró que la disputa de soberanía no se veía afectada por el conflicto bélico y su desenlace). Y desde hace 49 años el Reino Unido se niega a sentarse a tratar pacíficamente la cuestión. Se basa para esta negativa en el uso puro y simple de la fuerza colonialista.

La guerra de 1982 y sus consecuencias

La recuperación de las Malvinas el 2 de abril de 1982 y la posterior guerra con el ocupante colonialista han sido el acontecimiento que ha teñido todos los análisis sobre Malvinas en las últimas décadas, en especial por el hábil uso que del mismo han hecho los propios británicos y sus medios de comunicación asociados.

La Guerra de 1982 fue el acontecimiento final de una dictadura que se desplegó contra el propio pueblo argentino, en contra de los deseos populares. Ningún gobierno legal y democrático tomó nunca una acción militar en el reclamo por las islas. La dictadura militar, la de la violación sistemática de los derechos humanos y el genocidio, emprendió una guerra cuyo resultado más duradero han sido las secuelas presentes en los miles de jóvenes soldados que fueron enviados a un conflicto de la mano de sus propios perseguidores, y la persistente intención del Reino Unido ha sido utilizar esta guerra como justificación para no cumplir ninguna de las recomendaciones internacionales y sentarse a negociar.

Causa latinoamericana

Otro escenario se ha ido conformando en estos últimos años en América Latina. Cada vez más conscientes de sus propias fuerzas, los países latinoamericanos (aún aquellos de tradiciones políticas enfrentadas en términos internos) han comenzado a separar sus políticas internacionales de los deseos de las potencias hegemónicas y empezado una estrategia de unión y acompañamiento que se ha traducido en un fortalecimiento de la postura argentina en relación con Malvinas.

La Organización de Estados Americanos

Tradicionalmente asociada a las políticas “panamericanistas” (en el sentido de pronorteamericanas), la propia OEA se ha manifestado clara y contundentemente a favor de la posición argentina y de las resoluciones de la ONU. El martes 5 de junio de 2012, en la ciudad boliviana de Cochabamba, la Asamblea General de la OEA (con la presencia de una delegación británica observadora) aprobó por consenso una declaración unánime que insta a Argentina y el Reino Unido a reanudar las negociaciones bilaterales para tratar la cuestión de la soberanía de las islas. El proyecto fue presentado y solicitado por Brasil y secundado por Uruguay.

UNASUR

La Unión de Naciones Sudamericanas, que ha jugado y juega un rol relevante en el fortalecimiento de la autodeterminación latinoamericana desde su creación, en la Cumbre de Paraguay de 2012 dio a conocer un documento que establecía la siguiente posición:

-Apoya explícitamente a Argentina en su conflicto con Gran Bretaña.

-Califica de “anacrónica situación colonial en suelo americano” la presencia de fuerzas militares británicas en las Malvinas y lamenta “la negativa del Reino Unido a reanudar negociaciones” con Argentina. También muestra su rechazo a la movilización y ejercicios militares británicos en el Atlántico Sur.

-Señala su rechazo a las actividades económicas unilaterales del Reino Unido que involucran la “exploración y explotación de recursos naturales renovables de la Argentina”.

-Los países de UNASUR se comprometen a tomar medidas contra aquellos buques que se presenten en sus aguas bajo la pretendida bandera ilegal de Malvinas.

ALBA

La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (que incluye a Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, San Vicente y las Granadinas, Dominica, y Antigua y Barbuda) ha apoyado reiteradamente el reclamo argentino sobre Malvinas. Uno de sus apoyos más contundentes fue dado en la Cumbre de Caracas, en 2012. Uno de los discursos más claros sobre el tema fue el del presidente de Ecuador Rafael Correa: “Es momento de que América Latina decida sanciones contra ese desubicado poder que pretende ser imperial y colonialista en el siglo XXI. Creo que debemos ir a cosas más contundentes”. También fue categórico el presidente Hugo Chávez al referirse a la presencia militar británica en Malvinas: “Si al Imperio británico se le ocurriera agredir militarmente a Argentina, Argentina no estará sola en esta ocasión. Tenemos voluntad para enfrentar cualquier agresión imperialista”.

MERCOSUR

El Mercado Común del Sur tiene una larga tradición de apoyo a los reclamos y derechos argentinos sobre Malvinas, y es hasta el momento el único espacio regional que ha tomado acciones específicas de sus Estados miembros contra la presencia británica en las islas.

En la Cumbre Presidencial de Potrero de los Funes, durante 1996, los Estados miembros (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, en ese momento) más Chile y Bolivia declararon su firme apoyo a Argentina en su disputa por la soberanía de Malvinas e Islas del Atlántico Sur, e invitaron al Reino Unido a cumplir con las resoluciones internacionales que instan a sentarse a discutir con Argentina.

De allí en más, el MERCOSUR ha reiterado su apoyo a Argentina y los términos de la Declaración de Potrero de los Funes, con dos agregados muy relevantes: en 2010 repudió la exploración y explotación de recursos no renovables del Reino Unido en torno a Malvinas, y en diciembre de 2011 decidió en forma solidaria no permitir que ingresen a los puertos de sus Estados miembros aquellos barcos que enarbolen “bandera de Malvinas”.

CELAC

La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, en la Cumbre de Caracas de 2011, con la presencia de jefes y jefas de Estado miembros, estableció “su más firme respaldo a los legítimos derechos de la República Argentina en la disputa de soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, y los espacios marítimos circundantes”.

También expresó un interés permanente en que Argentina y Gran Bretaña “reanuden las negociaciones de manera pacífica a esta situación a fin de encontrar –a la mayor brevedad posible– una solución pacífica y definitiva a esta anacrónica situación colonial en suelo americano”. También señaló que ambos países debían abstenerse de adoptar decisiones unilaterales en relación al conflicto. Vuelta a reunirse la Cumbre a principios de 2014, la declaración final reiteró: “Hemos aprobado con mucha fuerza el apoyo al legítimo reclamo de la República Argentina en el proceso de disputa de soberanía por las islas Malvinas”. Además, urgió a “la eliminación total del colonialismo en la región sobre la base de la Resolución 1.514 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)”.

La militarización de las islas

Cada vez más atenazada por la vigencia de las resoluciones de la ONU, por el apoyo creciente y firme de los países de América Latina en la causa Argentina, ¿cuál ha sido la respuesta británica? La que utiliza desde que se lanzó a la construcción de su Imperio colonial: el uso de la fuerza.

Gran Bretaña ha transformado las islas en una fortaleza militar, que amenaza la paz y la seguridad en una región del mundo que se caracteriza por ser la más pacífica del planeta y que es, sin lugar a dudas, la única región que ha renunciado a desarrollo de armamento nuclear.

La Base Aérea de Monte Agradable y la Base marítima de Mare Harbour son la prueba concreta de la militarización británica y cuentan con 2.000 soldados permanentes, aviones caza y de transporte militar de última generación y, como ha denunciado Argentina en su momento, buques de guerra y submarinos con armamento nuclear. Al mismo tiempo, el ocupante británico ha comenzado a otorgar licencias de pesca ilegales en el Mar Argentino e iniciado la exploración de la cuenca petrolera en forma unilateral. Viejos procedimientos de depredación típicos del viejo (pero vivo) Imperio inglés.

Una de las últimas movidas del Reino Unido ha sido tratar de lograr legitimidad internacional llamando a un plebiscito sobre la soberanía de los isleños. Obviamente, el 99% se expresó por seguir siendo un territorio de ultramar británico. El plebiscito no ha sido tomado con mucha seriedad por la comunidad internacional pues resulta obvio que los ocupantes de una colonia voten por seguir siendo miembros del Imperio que los estableció en la misma. 

La recuperación de una política de reivindicación de las islas Malvinas

Desde 2003 en adelante, la relación entre la Argentina y el Reino Unido ha tenido nuevos momentos de tensión a causa del conflicto por la soberanía de las islas australes y, por supuesto, la persistencia de la política colonialista del Reino Unido. A partir de la asunción de Néstor Kirchner a la presidencia, la política argentina hacia Malvinas recuperó la práctica del reclamo y la reivindicación en todos los ámbitos internacionales y la confirmación de que Argentina sólo tratará la cuestión con la potencia colonialista en el marco de las resoluciones de Naciones Unidas. A partir de ese momento, se plantearon las siguientes cuestiones: 

-En la primera visita protocolar de Néstor Kirchner a Londres, le planteó (sin obtener respuesta alguna) al primer ministro Tony Blair el reclamo de sentarse a discutir sobre la soberanía.

-Cada discurso ante Naciones Unidas (tanto de Néstor Kirchner como de Cristina Kirchner) ha sido exhortaciones al Reino Unido para que acepte los mandatos de la ONU y se siente a negociar.

-Argentina suspendió el permiso para volar sobre territorio argentino de charters dirigidos a las islas y ofreció a cambio un vuelo regular de Aerolíneas Argentinas desde Buenos Aires. La oferta (que reduciría los costos para los propios isleños) fue rechazada.

-El gobierno argentino viene denunciando desde 2004 la existencia de armamento nuclear en las islas, lo que viola taxativamente el Pacto de Tlatelolco y pone en riesgo la seguridad y el ambiente de toda América del Sur.

-También ha desplegado un mayor control de aquellos buques de pesca que realizan actividades depredatorias en el Mar Argentino con permisos otorgados por la autoridad colonial británica. En 2007, la Cancillería argentina declaró que la ampliación de las licencias pesqueras concedidas por el Reino Unido eran una “disposición ilícita y unilateral” mientras estuvieran sujetas a la discusión de la soberanía.

-También se solicitó a la Unión Europea que reconozca la disputa de soberanía y el nombre de las islas.

-Profundizando esta política de afirmación de derechos, el gobierno argentino finalizó el acuerdo firmado en 1995 para la explotación de hidrocarburos en el Atlántico Sur.

-En 2008, Argentina volvió a protestar ante el Reino Unido por las acciones de exploración y explotación unilaterales del gobierno británico en el área de Malvinas.

-En 2013, y profundizando la política de recuperación, el Poder Ejecutivo Nacional creó la Secretaría de Asuntos Relativos a las Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y los espacios marítimos circundantes.

Malvinas desde hoy y hacia el futuro

El desafío es sostener la causa como una causa nacional y latinoamericana. Las perspectivas desde el nuevo gobierno PRO-Cambiemos son, en este tema, desalentadoras. Hay un franco retroceso: la Secretaría de Asuntos Relativos a las Malvinas fue degradada a subsecretaría. La diplomacia argentina, a partir de 2016, ha ido dejando al costado la política de reclamo firme y sostenido del gobierno nacional y popular anterior. No podría ser de otra manera, pues los intereses de las compañías británicas se entrecruzan con los de varios miembros del Gabinete de Ministros y/o con las empresas que apoyan al gobierno macrista.

Nosotros sabemos que tarde o temprano las islas del Atlántico Sur serán recuperadas por nuestro país. La permanencia colonial británica es cada vez más anacrónica, y los reclamos de los pueblos de Argentina y América Latina juntos son cada vez más consistentes, más allá de retrocesos parciales.