El golpe de Estado contra Dilma Rousseff, el gobierno de facto de Michel Temer, el aumento de la represión social, la intervención militar de Rio de Janeiro, el intento de proscripción y encarcelamiento de Lula, el asesinato de la concejal Marielle Franco (y de otros dirigentes políticos) y la agresión armada contra la caravana del líder del PT, parecen no haber marcado aún el límite del retroceso en materia democrática en Brasil.

Camino a las elecciones de octubre, todas las encuestas ponen en primer lugar, con cerca de 40% de intención de voto, al expresidente Luiz Inacio “Lula” Da Silva. La arremetida de la derecha y los poderes fácticos brasileños busca impedir que el líder del Partido de los Trabajadores (PT) pueda competir en carrera presidencial. Para ello han desatado un intento de proscripción y encarcelamiento que está en pleno desarrollo.

Si Lula es proscrito, crecen las posibilidades de quien hoy se encuentra segundo en las encuestas: el ultraderechista del Partido Social Liberal, Jair Bolsonaro, quien tiene cerca del 18% de intención de voto.

Bolsonaro ha demostrado en más de una oportunidad cuáles son sus valores y cuál su pensamiento político, que nada tienen que ver con los valores democráticos. Firme defensor de la dictadura que asoló Brasil (que se extendió de 1964 a 1985), el líder ultraderechista ha negado o minimizado las violaciones a los derechos humanos que se cometieron en esa época oscura.

En una entrevista televisiva, al referirse a la dictadura, dijo: “¡Que época maravillosa! Usted podía salir a la calle con seguridad. La familia era respetada”. En otra ocasión aseguró que el “único error” de la dictadura “fue torturar y no matar”.

Durante el impeachment (juicio político) que materializó el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, Bolsonaro voto a favor de la destitución y dedicó su voto el coronel Alberto Brilhante Ustra, jefe del grupo que secuestró y torturó a Rousseff durante la dictadura.

Al ser confrontado por la diputada del PT María del Rosario sobre la violación sexual a los presos políticos durante la dictadura, Bolsonaro respondió que él no la violaría a ella porque “no vale la pena”.

También ha dicho que “los negros no sirven ni para procrear”; justificó que las mujeres ganen menos por el mismo trabajo porque “se embarazan y pasan seis meses de vacaciones”; ha tendido números comentarios homofóbicos, entre ellos ha dicho que se puede evitar tener un hijo homosexual si se lo corrige a golpes; sostiene que los indígenas no tiene derechos sobre las tierras donde viven; milita a favor de la pena de muerte, y ha planteado que los analfabetos no deberían votar.

Este nefasto personaje que parece una caricatura de mal gusto ha sido elegido diputado en siete oportunidades (desde 1991). En las últimas elecciones se convirtió en uno de los legisladores más votados y se consolida en el segundo lugar para las elecciones presidenciales de octubre de 2018.

La única esperanza para recobrar el camino democrático en Brasil es que la movilización callejera gane, que Lula pueda presentarse como candidato y concretar un triunfo en octubre. La decadencia democrática del gigante sudamericano es enorme. Sólo resta saber si el pueblo le podrá poner un freno.