Por Carlos Ciappina 

Hace tres semanas un fantasma recorre los despachos del poder político presidencial en nuestro país. Son los cantitos en las canchas y otros lugares públicos. El cantito no es nuevo, pero esta vez está dirigido exclusivamente al señor presidente de la república. Pese a que su construcción sea políticamente incorrecta y su mensaje bastante machista, a nadie se le escapa que está destinado pura y exclusivamente a Mauricio Macri, sin ninguna intención de salpicar a ningún otro miembro de la familia presidencial.

Uno podría preguntarse: ¿porqué preocupa tanto al presidente que se grite en las canchas, los teatros, los cines y los subtes?

El Poder Ejecutivo Nacional ha transitado sin dar señales de preocupación represiones brutales (como a los maestros, los trabajadores de Cresta Roja, etcétera), desapariciones forzadas (como la de Santiago Maldonado) y asesinatos por parte de las fuerzas del Estado (Nahuel en la lucha mapuche y el caso del policía Chocobar). Hay por día innumerables marchas, protestas, ha habido paros masivos, y sin embargo el gobierno nacional no se ha mostrado particularmente perturbado por estas expresiones de lucha (y las ha reprimido despiadadamente sin aparente costo político, al menos por ahora).

Tampoco lo han perturbado excesivamente las posiciones y debates que ha dado (los pocos que ha permitido) la oposición. Es más, hace apenas cuatro meses, al gobierno “le fue bien” en las urnas.

Sin embargo, todo esto ha sido puesto patas para arriba por el famoso cantito MMLPQTP.

¿Porqué tanto temor?

Cuando miramos la evolución de las democracias en América Latina, se nos hace cada vez más evidente aquel planteo de Noam Chomsky sobre la democracia liberal en general: ¿las repúblicas que eligen la forma de la democracia liberal lo hacen para liberar a la ciudadanía o para contener el proceso de democratización? Para Chomsky (y muchos otros más), el origen de la democracia liberal representativa (que, no olvidemos, se formaliza en Estados Unidos en forma bastante elitista) está en el interés de las clases propietarias por detener y encauzar las demandas verdaderamente igualitarias del pueblo.

Ese interés por controlar se asentaba (y se asienta aún hoy) en dos grandes principios rectores: la calificación del voto (o sea, que voten los que “deben” hacerlo) y el principio de representación (el pueblo no gobierna ni delibera sino por medio de sus representantes).

Estos dos principios rigen las democracias occidentales desde los inicios del siglo XIX y son -con la excepción actual de Cuba, que ha elegido la democracia popular no liberal- el modelo de las repúblicas latinoamericanas.

¿Qué quiere decir esto para el poder hegemónico en América Latina?

Que lo que llamamos sistema democrático (uno, entre los muchos posibles) está “mediado” de modo tal que las aspiraciones y demandas populares se “tamizan” en quienes votan (el voto sigue siendo optativo en varios países de la región, y hasta no hace mucho había restricciones para el voto femenino y de algunas etnias particulares), y, si eso no alcanza, lo “tamizan” los partidos políticos representados en el Parlamento.

El sistema está armado para que nunca, de ninguna manera, las decisiones graves e importantes que pudieran afectar al poder económico-social de las élites en América Latina las tome el pueblo en instancias de participación directa o de democracia ampliada.

Y es allí, en ese exacto punto, en donde el “cantito del verano” ejerce toda su potencia política y genera los temores y las broncas en el elenco presidencial.

Porque allí, en ese cantito expresado en el lugar popular por excelencia (las canchas y los diversos hinchas de fútbol), las plazas, los subtes y trenes, los cines y teatros, allí, donde no hay “mediaciones” políticopartidarias, ni mediáticas ni distinciones de origen y de clase, allí la expresión contra el nombre y apellido del presidente de la república no puede ser mediada ni conjurada.

En ese pequeño resquicio libre, el poder siente (creo yo que correctamente) que el cantito dirigido a una sola persona, expresa mucho, muchísimo más que un enojo futbolero. Expresa el rechazo profundo y visceral por las imágenes, las poses, los decires y las políticas de un presidente que se torna rápidamente antipopular.

¿Es nueva en nuestra historia esta situación? Claro que no. Recordemos que en la resistencia peronista se cantaba la marcha peronista en las canchas (lo que enfurecía a los gobiernos de turno, los dictatoriales y los pseudodemocráticos); recordemos también el enorme impacto político de la Juventud Peronista y Montoneros abandonando la Plaza de Mayo en 1974 (es imposible no pensar en el impacto político que tuvo “ver” que durante un discurso de Perón la plaza quedaba medio vacía). En otro contexto podemos mencionar el traspié público (visto por millones de espectadores ya ofuscados y hastiados) del expresidente De la Rúa en la TV y el desgaste de un gobierno que llevó a cabo una política muy similar a la actual.

Entonces, hay momentos, contados momentos, en donde la expresión popular logra “saltar” el obstáculo expresivo que la democracia liberal representativa impone y muestra su enojo tal cual es. Las mediaciones políticas se caen, la expresión de descontento no es encuadrable en ningún partido político y las respuestas del poder no pueden aprovechar la compartimentación de la organización popular que las democracias liberales burguesas tan bien utilizan.

Puede ser una expresión momentánea o puede anunciar nuevas tempestades. Pero una cosa es clara y de allí la ofuscación presidencial: para eso que llamamos el pueblo, la responsabilidad de la hecatombe cotidiana que se está viviendo comienza a tener un nombre y un apellido: Mauricio Macri.