Murió la muerte: a las 11.20 murió el genocida Luciano Benjamín Menéndez. Esa frase que H.I.J.O.S Capital publicó en su cuenta de la red social Twitter pinta el final de uno de los máximos asesinos de la dictadura cívico militar. El represor falleció condenado y procesado y mientras estaba siendo investigado en medio centenar de expedientes. Sobre sus espaldas cargó miles de secuestros, muertes, robos de bebés y desapariciones. Nunca rompió el pacto de silencio.

Luciano Benjamín Menéndez murió este martes 27 de febrero a los 90 años mientras cumplía prisión domiciliaria. A diferencia de un asesino de igual magnitud, el dictador Jorge Rafael Videla quien murió en el inodoro de su celda, Menéndez falleció en la cama de un hospital: estaba internado desde el 7 de febrero en el Hospital Militar de Córdoba por afecciones coronarias y biliares.

Pero la situación procesal de Menéndez, según datos de la Procuración de Crimenes Contra la Humanidad, era igual de frondosa: estaba condenado en 16 causas, 14 veces a prisión perpetua, una a 20 años y otra a 12; estaba procesado en 49 causas, en 13 de ellas esperaba el inicio del juicio oral, y estaba bajo investigación en otros 25 expedientes.

Uno de esos procesos estaba en pleno debate oral por los crímenes de lesa humanidad cometidos en Córdoba entre febrero de 1975 y mayo de 1978 en los centros clandestinos de detención del Departamento de Informaciones Policiales (D2) y Campo de la Ribera.

Menéndez fue jefe del Tercer Cuerpo de Ejército y de la llamada Área 311, que abarcaba diez provincias, entre 1975 y 1979. En ese rol fue el principal responsable del “plan sistemático y generalizado de exterminio de la oposición política”, aplicado durante la última dictadura cívico y militar en Córdoba y en otras nueve provincias del noroeste. Impartía órdenes e instrucciones, supervisaba sus resultados y generaba las condiciones para que sean eliminadas todas las pruebas para que sus autores tuvieran impunidad.

Una fotografía tomada por el reportero Enrique Rosito en 1984 pinta al asesino. En la imagen se lo ve cuchillo en mano arremetiendo contra manifestantes que le gritaban “asesino”, mientras es apenas contenido por su hijo.

Pero eso ocurrió con el regreso de la democracia. Antes, junto a Guillermo Suárez Mason y Ramón Camps, había integrado el grupo duro de los jefes de las Fuerzas Armadas que dieron el golpe de estado del 24 de marzo de 1976. Ya era jefe del Tercer Cuerpo, que tenía sede en Córdoba, y en ese lugar creó los dos primeros centros clandestinos de detención del país: “La Escuelita” de Famaillá, en Tucumán, y “Campo de la Ribera”, en Córdoba.

Su curriculum mortae comenzó antes. Era de familia militar -un tío participó del golpe a Juan Perón-, en los ’60 fue alumno de la Escuela Contrainsurgente Francesa y en los ’70 viajó a Estados Unidos para internalizar la Doctrina de la Seguridad Nacional.

Al conocerse su muerte, las redes sociales y los medios se poblaron con su imagen y se multiplicaron los repudios. “Menéndez fue alguien que le dio un golpe al golpe, un hombre responsable del horror, uno de los peores. Se fue con su pacto de silencio y la cobardía de no mirar a sus víctimas”, dijo en declaraciones radiales el hijo de desaparecidos de Córdoba y ex secretario de Derechos Humanos, Martin Fresneda.

Los H.I.J.O.S de desaparecidos lo resumieron en tres palabras: murió la muerte. “A diferencia de sus víctimas, se sabe la hora (de su muerte), el lugar y su familia puede despedirlo. Llegó a ser condenado en cárcel común, perpetua y efectiva, el único lugar para un genocida. ¡30.000 PRESENTES!”, completaron en un tuit.