Un chispazo, una señal. Diciembre nos dejó la foto de Máximo Kirchner, Leopoldo Moreau y Nicolás del Caño plantándose frente al presidente de la Cámara de Diputados. Ugesto mitad triunfal, mitad de alivio, entre Kicillof con Solá y Facundo Moyano. Dejó una sesión legislativa suspendida por un descontento ineludible que no distinguía un afuera ni un adentro entre calle y recinto. El 2017 fue ese par de horas en que Agustín Rossi podría haber estado discutiendo en la Cámara con Elisa Carrió o estar tirando piedrazos desde avenida Rivadavia hacia la policía, y nadie hubiera distinguido la diferencia.  

Con claroscuros y complejidades, lo que organizaciones militantes, dirigentes políticos, vecinos de barrio y posteos de Facebook gritaron durante tantos meses bajo el lema de “unidad” tuvo sus quince minutos de síntesis y, aun a pesar de todo, el macrismo experimentó lo que más teme: ser vulnerable.

Diciembre demostró que, a fin de cuentas, a esa gigante mole amarilla se le puede hacer un gol. Probó que son humanos, que se equivocan, que no se las saben todas. Que también derrapan. Que ni hasta la más afilada estrategia comunicacional, coaching político o focus group puede evitar que Emilio Monzó se olvide de las formas y lance un manotazo grotesco, como un tío borracho con ganas de pelear en un cumpleaños.  

Diciembre nos dejó a Myriam Bregman asistiendo a Mayra Mendoza ante la agresión con gas pimienta de un policía, a Leonardo Grosso con un perdigonazo en el abdomen, jubilados haciendo piquetes, el quejido incorregible de las cacerolas, de Buenos Aires a La Plata. Nos dejó una generación de chicos y chicas que vivieron una revuelta jodida en Avenida de Mayo, probablemente, por primera vez en su vida. 

Sin embargo, por algún motivo, ninguno de ellos o ellas parecía verse derrotado. Por primera vez en mucho tiempo, diciembre tuvo gusto a revancha.  

Diciembre nos advirtió que, aunque estén bloqueados mil caminos y tantos otros parezcan cerrados para siempre, el pueblo siempre busca algún lugar por donde brotar y ver la luz, como un cauce de agua subterránea estancada por la mugre acumulada. 

Que hay momentos que nadie puede organizar, que no se pueden elegir en urnas ni debatir en asambleas. Que los sociólogos no pueden predecir ni los críticos pueden ningunear. En diciembre sucedió un 2017 que nadie parecía advertir hasta noviembre. Donde las mesas chicas, los acuerdos, las chicanas, las exigencias, las expectativas y las decepciones pasaron a segundo plano y debieron esperar para más adelante. Donde se decidió aquí y ahora. Diciembre nos ayudó, en cierta forma, a cerrar el 2015 

Diciembre nos mostró que con las jubilaciones, los salarios y las AUH no se jodeHizo que dejemos de pensar en las alegrías de 2011, para enfrentemos a los problemas de 2017. Diciembre hizo que el presente se la juegue por lo ganado en el pasado, y no al revés. Nos hizo dejar las obviedades de lado y protegernos de los bastonazos. Diciembre nos trajo ese calor que durante el año parece inimaginable, pero que cuando finalmente llega parece que va a incendiar todo. 

En las últimas semanas, el gobierno aprobó leyes de ajuste fiscal a todas las provinciasafirmó el recorte previsional y envió a un torturador a cumplir prisión a su casa. Pero también tendrá en cuenta, al menos, que nada queda impune por siempre. Que las fantasías de fascismo moderno y republicano como todo proyecto de país tiene límites. Que ninguna popularidad llega por derecha y que ningún ajuste puede justificarse sin el olor ácido de la pólvora y los gases 

Diciembre lanzó un chispazo. Para que se convierta en llama, quizás, es muy pronto todavía. Aun así, estamos advertidos: empieza un nuevo año que invita a que arda el fuego.