Por Stella Calloni

Aún recuerdo con nitidez aquel atardecer de diciembre, cuando anduve con el paso cansado el breve espacio que nos separaba de un viejo autobús rodeado de soldados estadounidenses que nos iba a conducir hasta el avión. Había dejado atrás las ruinas de la ciudad que amaba.

El otrora bullicioso aeropuerto Omar Torrijos se había convertido en un lugar inhóspito donde se acumulaban restos de basura. Las paredes y el techo conservaban los impactos del bombardeo y del fuego de la artillería.

En los alrededores de la pista de aterrizaje se levantaban las tiendas de campaña de los soldados fuertemente armados. Muchos de ellos llevaban un ridículo casco cubierto de flecos camuflados, que imitaban el color de la jungla. Después sabríamos que estaban construidos con “Kevlar”, un material sintético cuyas 16 livianas hojas tenían la consistencia del acero. No dejaban pasar las balas. Todas sus armas eran nuevas y sofisticadas y se ensayaron sobre la población panameña.

Estaban también allí los comandos vestidos como “rambos” con escotadas camisetas verde olivo, vinchas negras o coloridas en la frente, sonriendo como si acabaran de realizar una gran hazaña.

Hacía sólo cinco días, en la mañana del 20 de diciembre, había sentido la sombra cercana de la muerte. Fue una milésima de segundo, pero no recuerdo haber vivido una sensación parecida. Sucedió cuando caminábamos con un joven fotógrafo por las cercanías del Palacio Legislativo. Imprevistamente nos encontramos con un pelotón de soldados estadounidenses. Alcanzamos a decirles que éramos periodistas, pero esto sólo pareció violentarlos. En ese mismo momento surgió desde un portal, casi a mitad de cuadra, la pequeña y esmirriada figura de un anciano. Entonces los soldados volvieron sus armas y dispararon sobre él, que cayó como fulminado. Nosotros retrocedimos espantados y logramos dar vuelta a la esquina.

Algunas personas, entre ellas una anciana que lloraba quedamente, nos ayudaron a refugiarnos en una casa muy vieja que parecía abandonada. Con un gesto casi instintivo, el joven fotógrafo se sacó rápidamente la camiseta y envolvió su cámara. Había comprendido que los invasores no querían evidencias. Ambos sentimos que habíamos salvado la vida a un precio maldito. Nunca he podido desprenderme de aquella imagen: la pequeña figura del anciano doblándose bajo el terrible impacto de los disparos.

En aquella tensa espera en el aeropuerto reconstruía yo cada escena vivida y recordaba la pasada tarde del 19 de diciembre, tan llena de presagios.

El domingo 17 de diciembre comenzaron a llegar los inmensos aviones estadounidenses que estremecían la ciudad. Aquel movimiento nos hacía pensar que algo terrible podía suceder. Pero después de andar por las calles céntricas adornadas para la Navidad, preferimos imaginar que se trataba de una nueva maniobra de presión sobre el gobierno panameño. Llevábamos ya dos años de maniobras militares que Washington llamaba juegos de guerra.

La Avenida Central era una fiesta aquel 19 de diciembre y, aunque pensaba que nadie podría invadir un país en Navidad, recordé al antillano Frantz Fanon cuando escribía en su libro Los condenados de la tierra: “el colonialismo no es una máquina de hacer razón. Es la violencia en estado de naturaleza”.

Por esa razón había enviado el 12 de diciembre al periódico El Día de México la crónica “El esquema de la invasión a Panamá”, la que algunos consideraron apocalíptica.

En 1976 había llegado a Panamá por primera vez para asistir a un congreso de Unidad Latinoamericana y desde el momento en que caminé por las calles de Calidonia, El Chorrillo, El Marañón, quedé atrapada por la magia que descubría su gente cada día. Nunca acepté que el pueblo panameño fuera colonizado, porque en los barrios la música y la vida se convertían en una increíble forma de resistencia.

Reflexionaba en todo esto mientras agotados y sedientos esperábamos que el Comando Sur autorizara el ingreso del avión de la Fuerza Aérea Argentina en que íbamos a salir del país. Yo no tenía pasaporte, lo había dejado el 18 de diciembre en Migración para un trámite rutinario de residencia.

Al partir, en el crepúsculo, observé el triste paisaje que ofrecía el aeropuerto y pude ver a un grupo de prisioneros, probablemente soldados, que se movían torpemente, con las manos amarradas a la espalda y los ojos vendados, obligados a subir a varios aviones militares que mantenían sus motores en marcha.

Quién sabe que habrá sido de ellos. Seguramente muchos estarán ahora en la larga lista de los desaparecidos. Un tiempo después, en México, trataba de reconstruir toda aquella experiencia, pero me parecía imposible describir los detalles de una invasión, los miedos, los rostros de la muerte, la soledad, la impotencia. Entonces los amigos me sugirieron que reuniera artículos y notas, a través de los cuales había seguido la situación de Panamá día por día, desde 1976.

Buena parte de estos trabajos desaparecieron del departamento donde vivía en la ciudad de Panamá, cuando los soldados estadounidenses lo allanaron en mi ausencia. Sin embargo, la buena voluntad de amigos y colegas hizo posible que recuperara algunas de esas notas, que, intercaladas con testimonios e investigaciones, me permitieron elaborar esta crónica que revela los objetivos reales de la invasión a Panamá.

Ahora es imposible ocultar la verdad. La  apertura de fosas comunes donde fueron encontrados cadáveres amarrados de pies y manos, con los ojos vendados, restos extrañamente calcinados de niños, hombres y mujeres, cuerpos sobre los cuales habían pasado los tanques, mostró la realidad que se quiso ocultar en una gran conspiración de silencio. Este libro sencillo, concebido como una extensa crónica, sólo intenta ser un espejo de esa verdad.