Por Carlos Barragán

Cuando me invitan a dar charlas sobre medios de comunicación digo que el problema de los medios de comunicación es el capital o el capitalismo. Algún académico sabrá corregirme. Porque el capital es la energía ética que hace girar la rueda de toda empresa, y los medios son –fervorosamente– empresas. Hasta 678, cuando era atacado por la derecha y por los confundidos de siempre por estar financiado por el gobierno con dinero del Estado, se defendía con argumentos capitalistas y empresariales. Decíamos que en realidad 678 era una productora y una empresa independiente, que estaba contratada por el canal estatal, que la productora pagaba nuestros sueldos, y que con la venta de publicidad daba ganancias al canal. Todo eso era y es verdad, pero siempre sentí que como respuesta no era correcta, aunque parecía conformar nuestras conciencias. Porque, si la información es un derecho de los ciudadanos, no debe estar atada a la rentabilidad. Porque el capital nunca va a financiar un medio que defienda los intereses de los trabajadores contra los intereses empresarios. Para ser más claro, qué empresa va pagar para que un tipo diga que las empresas saquean al laburante y funden naciones. Ninguna va a poner plata para que un tipo diga que los trabajadores tienen que ganar mejor y que sus derechos deben ser respetados, y que como contrapartida el Estado debe tener más control sobre el capital, sobre sus ganancias, sus negocios y su manera de hacer circular, fugar o esconder el dinero. Ninguna empresa va a poner plata en un medio que no defienda su interés, que es básicamente el de obtener ganancias ilimitadas, con controles estatales mínimos o inexistentes, y con normas y leyes hechas a su medida.

Por eso digo, y ahí es cuando tengo que juntar coraje porque parece un pecado, que cuando el periodismo defiende los intereses nacionales y populares, está muy bien que el Estado –si tenemos la suerte de que esté administrado por un gobierno que defiende esos mismos intereses– lo financie. Porque los pueblos no tienen auspiciantes, ni elegantes espónsors. Y si alguien piensa que hay un periodismo que no defiende a unos ni a otros, le tengo una respuesta que nunca pensé encontrar: aquí está Cambiemos como un fascio que administra no sólo el Estado, sino también el ámbito privado de la economía –sus medios de comunicación incluidos– que se encargó de seleccionar a los periodistas que no defienden los intereses del capital para dejarlos fuera y lejos de los medios con estructura capitalista. Ni siquiera la familia de AM 750 y Página/12, a pesar de estar bajo la órbita de un sindicato, pero cuya estructura también es la de una empresa, está logrando resistir esa fuerza centrífuga. Y los periodistas y comunicadores que no están dispuestos a proteger los intereses del capital pasan a la economía (medios) autogestiva o cooperativa. Fuera del sistema hegemónico capitalista que los expulsa y los repulsa también. Poner en juego la idea de la libertad de expresión en esta lógica es como discutir con Papá Noel la calidad de sus regalos.

Por eso fueron tan duras las críticas a que 678 en última instancia fuese financiado con dinero del Estado, porque sabían y saben que de esa manera el capital y sus buitres, sus negocios, sus intereses, se quedan sin palancas y botoneras para manipular las voces. Por eso Verbitsky es el último desterrado, y un comunicador más que se pasa a esta especie de semiclandestinidad que son los medios alternativos que a las empresas a las que les interesa el país no les interesa auspiciar. Roberto Navarro, Víctor Hugo Morales, Cynthia García y el desparramo de la gente de 678, los que estaban en Radio Nacional, los de Tiempo Argentino y demás, todos en proyectos económicamente débiles. Aunque, hay que decirlo también, con la extraña fortaleza que dan los proyectos donde la ganancia monetaria no es el objetivo primordial. Cambiemos y el fascio totalizador han logrado este otro blanqueo. Blanquearon a las pymes de desinformación, al estilo Majul, y blanquearon a los verdaderos comunicadores empujándolos a la calle de la economía real, en una especie de nuevos medios de la economía social que es en definitiva la única que los puede sostener. Porque finalmente es el pueblo el que habrá de financiar a las voces del pueblo.

No me animo a afirmar que esto que el gobierno ha logrado sea algo positivo, pero sí que es algo que cambia la historia de la comunicación en la Argentina para siempre. Quizá esta derecha de carnicería homeopática nos esté ayudando a aprender a sobrevivir y a persistir sin el chorro de dinero que el capital nos roba por otro lado. Pero todo esto dependerá de cuánta persecución, sangre y represión ilegal estén dispuestos a invertir en su nueva gran unión temporal de empresas que ellos llaman el país.