Era febrero de 2006 y había ocho grados de temperatura en La Habana, con un viento frío que soplaba duro en el malecón donde estábamos. Lo vi llegar a la Tribuna Antiimperialista que se había instalado frente a la Oficina de Intereses de Estados Unidos, donde flameaban banderas negras, en homenaje a las víctimas de las acciones terroristas contra Cuba. El comandante Fidel Castro Ruz vestía con un antiguo abrigo militar, que aún guardaba de uno de sus viajes a la Unión Soviética.

Ese abrigo muy antiguo, que le daba mayor majestuosidad y austeridad de la que por sí mismo irradiaba, me hizo pensar, brevemente, en aquellos días de 1953 en el momento en que se plantó estando prisionero frente a los que lo juzgaban por los hechos del cuartel Moncada ante los que expuso su defensa, aquella extraordinaria pieza cálida, fuerte, revolucionaria que culminó con la frase: “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”. Esto era a mitad del Siglo XX.

En ese año 2006, del Siglo XXI, se veía con la misma fuerza y entereza habiendo dado tantas y diversas batallas, en esa Cuba revolucionaria, faro y ejemplo en el mundo, creciendo y asombrando. Un país sitiado, una isla en medio del Mar Caribe, a sólo 90 millas del imperio, de la mayor potencia del mundo, que lo había declarado su enemigo y no había podido doblegarlo ni a él ni al pueblo cubano.

Lo vi y lo sigo viendo ahora, cuando no está físicamente, pero está marcando rumbos como siempre, como un formidable ser humano, humanísimo, al que nada de lo que sucediera a los pueblos condenados en el mundo, a los sometidos en los reinos del horror y la injusticia –la inmensa mayoría de la humanidad– le era ajeno. Todas las luchas eran suyas, todos los dolores de los desterrados en sus propias tierras, eran suyos.

Su vida navegaba entre la constante defensa de su patria, golpeada, atacada brutalmente por estar demostrando al mundo que era posible, en medio de las falencias, levantarse con dignidad, no de palabras solamente sino de hechos reales: independencia, educación, cultura, salud para todos, solidaridad, capacidad de resistencia y defensa única en la región, creación permanente, la imaginación, sí en este caso, al poder del pueblo.

Su liderazgo era siempre creador, la solidaridad como alma y fuente de la revolución, el antiimperialismo como la definición de la lucha real contra el capitalismo, contra el colonialismo en todas sus formas. Su pensamiento surgía de la más profunda realidad de Cuba y de Nuestra América y la solidaridad uno de los actos más revolucionarios en cuanto demandaba un ejercicio profundo de saberes, que se ponían a andar colectivamente, sin dudar ni un segundo, compartiendo todo, una sociedad que no entendía la vida sin la justicia y la dignidad para todos.

Imposible definir en palabras todas las facetas que hicieron del comandante Fidel Castro Ruz un líder único no sólo de su pueblo, sino de todos en América y el Caribe, en África, en Asia, en los confines del mundo, hasta donde su voz y su ejemplo llegaban y llegan.

Una personalidad multifacética, pero por eso mismo un privilegiado dialéctico, capaz de verlo todo, analizar cada hecho que sucediera en el mundo, uniendo el pensamiento martiano, los elementos tan propios de la lucha independentista, de los laberintos de la descolonización, con la teoría marxista, logrando en la acción y en la práctica enriquecer, embellecer los caminos de la lucha. Llevó a los hechos cotidianos aquel marxismo latinoamericano, de Mariátegui y tantos otros. Marxismo vivo, no ya en tono eurocéntrico, sino caribeño, americano, cada día más vivo e imaginativo, porque debía responder a una realidad que es mágica. Como decía el general Omar Torrijos: “No existe el realismo mágico, Nuestra realidad es mágica y hay magia suficiente para dar vuelta nuestra historia colonial”.

Todo esto pasó por mi cabeza en aquel día de febrero de 2006 mientras él caminaba hacia nosotros y todo parecía resplandecer a su alrededor. Ese resplandor que da la fuerza de una vida vivida sin descanso y en la lucha. Porque si hay algo que todos podemos decir de Fidel es que desde el día que se paró frente al dictador Batista nunca hasta su muerte dejó de luchar un solo día. No existe en el mundo un liderazgo como el suyo que estuvo en todos los frentes y cuyo legado, es el más perfecto discurso que a través de los años toca cada una de las temáticas de dos siglos y se adelanta, adivinando el caos que preceden a la liberación del mundo y a la derrota final del capitalismo. Ese, que sólo abre las puertas a un infierno en la tierra, en el hábitat cada más destruido por la mano del hombre, por el salvajismo capitalista.

Nunca como en estos momentos es tan necesario recurrir a su legado, a sus previsiones dialécticas, a su sabiduría que lo abarcaba todo, historia, filosofía, literatura, arte, ciencias, economía, geoestratégica, estrategias de sobrevivencia para un país aislado, asediado, rompiendo cada día los campos de concentración del pensamiento, rescatando la memoria, la identidad de los pueblos para poder organizar el futuro de la liberación final.

Ahora que no está físicamente, pero está cada día, cada momento en la dinámica agobiante de este siglo, donde el imperialismo pretende expandirse por todo el mundo y controlarlo, nos fortalece su voz que no se apaga, su mandar obedeciendo la voluntad de los pueblos.

La fortaleza conque cada día logró instalar en el mundo la razón de la lucha por el regreso de los cinco queridos compañeros rehenes del imperio. Fidel vivió y participó de los momentos más importantes para la humanidad. Recuerdo su felicidad –que compartió con el comandante Hugo Chávez Frías– de aquel acto extraordinario, improvisado, de pararse allí de espaldas a la Universidad de Derecho en Buenos Aires, frente a una multitud que lo había esperado toda la vida, en aquel mayo de 2003 cuando mirando los centenares de muchachos que lo rodeaban y envolvían con sus cánticos, sintió que estaba viendo muchos, muchísimos CHE.

Increíble fue ver entonces como las personas que regresaban en buses a sus casas se bajaban para incorporarse al acto y si uno andaba por los barrios de esta ciudad que lo impresionaba, escuchaba su voz en TV en radios. Fidel en Argentina y Chávez y Lula y Néstor Kirchner como anfitrión, también emocionado en unos días que ya son hechos de la mejor historia de Nuestra Patria Grande. Lo que vivió entonces era su propio sueño hecho realidad, más aún demostrando que no era una utopía lejana, sino que sí se podía. Y sabía que el camino iba a ser muy difícil, y que podrían haber retrocesos, pero lo que una vez se demostró que podía ser realidad, siempre renace y cada vez con más fuerza.

Querido Comandante; hay una sola forma para recordarlo y es la resistencia cada vez más activa contra el caos que siembra el imperio en el mundo ante su profunda decadencia. Un caos criminal que no es sino el reflejo de su propia degradación, de su desesperada carrera para cumplir su sueño mesiánico de dominar al mundo entero.

Usted es nuestra muralla construida de sueños y de luchas, de amores y corajes, de solidaridad cada día más necesaria para construir la resistencia, que nunca podrá ser sin la unidad. Ninguna lucha de liberación –que es en lo que estamos ahora comenzando de nuevo– se hace sin unidad, sin conciencia de qué es lo que estamos enfrentando.

“Una de las razones por las que yo fui martiano y una de las frases más bellas que en mi vida leí de Martí –y he leído muchas frases bellas de Martí y me han causado un infinito placer muchos de los pensamientos martianos– fue una frase que decía: ‘Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz’…”. ¡Qué pensamiento tan clarividente, qué humildad, qué modestia! Eso es lo que tenía Martí. Tú no ves nunca a Martí hablar de su proyección histórica, ni de su imagen histórica. Tú lo ves consagrado a la obra de la Revolución, al pensamiento de la Revolución”, respondió Fidel al comandante Tomás Borge. Fue en 1992 y ya anticipaba lo que hoy 25 años después estamos viviendo.

Con esa luz que nos dio nos alumbramos en los renaceres y en los oscuros momentos donde parece que no hay salidas, pero Usted querido Comandante de las auroras nos abrió el camino, que cada día debemos aprender a andar. HASTA LA VICTORIA SIEMPRE…