Lo que puede cambiar la elección y lo que permanece más allá de eso

Conseguir una mayoría electoral favorecería a Macri y Vidal, pero el núcleo de su fuerza no proviene del pueblo, sino de los poderes de facto, y eso no se modifica con votos. Por el contrario, Cristina Kirchner y todas las fuerzas y referentes populares se sostienen solo por el apoyo de las bases sociales. 

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Dentro de una semana, el país políticamente no será el mismo que hoy. Sin embargo, muchas cosas permanecerán idénticas. Esa es la diferencia entre el corto y el mediano y largo plazo. O, también, la diferencia entre lo táctico y lo estratégico, es decir, de los hechos que tienen alcance en el corto plazo histórico respecto de aquellos que se prolongan en el tiempo.

En lo inmediato, no cambiará que Argentina tenga un gobierno de derecha dispuesto a llevar adelante una remodelación regresiva de la sociedad, o sea, “para atrás”, donde los avances sociales, económicos, educativos, institucionales, comunicacionales y de inserción internacional del país sigan siendo destruidos, como viene ocurriendo desde diciembre de 2015.

Ese gobierno podrá tener más peso electoral o menos. No obstante, su poderío es gigantesco porque no está sostenido solo en el voto ciudadano –que le otorga una legitimidad especial, y ese aspecto sí puede ser parcialmente modificado si el oficialismo pierde la elección legislativa en la provincia de Buenos Aires–, sino fundamentalmente en el respaldo compacto, pétreo, monolítico, de las corporaciones locales y de los centros de poder internacional.

Eso es estratégico y a largo plazo. El núcleo de la fuerza de Mauricio Macri o María Eugenia Vidal no emana esencialmente del pueblo, sino de los poderes de facto. No obstante, una mayoría electoral como la que tuvieron en 2015 y podrían revalidar o no en esta elección legislativa –eso es lo que se develará el próximo domingo– les otorga una diferencia cualitativa para que, a través de ellos, el bloque de poder corporativo acceda al control directo del Estado. Nada menos.

Por el contrario, las organizaciones de cualquier tipo que representan los intereses del pueblo, incluidos dentro de ellas y en primer lugar los partidos políticos y referentes políticos populares, solo pueden lograr, por su propia naturaleza, un poder que surge del pueblo. No tienen otro punto de apoyo sustancial que no sea el sostén de las bases sociales. Necesitan sí o sí contar con un respaldo electoral considerable, y si es posible mayoritario, para poder incidir en las disputas de poder y en la determinación del rumbo político de la nación.

Eso es lo que sí puede cambiar en la elección del domingo: la fortaleza que tengan o no las fuerzas políticas populares, y, de modo particular, aquella que tiene predominio por sobre las demás debido a la propia historia reciente, a la legitimidad construida en amplios sectores de la ciudadanía y al vigor y carisma de su liderazgo, que es la fuerza política que encabeza Cristina Kirchner.

A tal punto es gravitante para el futuro inmediato argentino el vigor político mayor o menor que pueda tener la expresidenta de la nación, que es casi la única incógnita significativa que falta develar en los comicios del domingo, y el único elemento de peso que inclinará la balanza para establecer quién ganó o quién perdió en la elección legislativa en la mitad del mandato presidencial de Macri.

Por esa misma razón, o sea, por la incidencia cualitativa enorme que tendrá una victoria o un segundo lugar de Cristina Kirchner en el resultado electoral de la provincia de Buenos Aires, es que todo el peso de las corporaciones está volcado en su contra y el pilar de la estrategia de la derecha es que el voto ciudadano no sea una opinión sobre el gobierno, sino un pronunciamiento “contra” el kirchnerismo.

El accionar propagandístico insidioso de las cadenas mediáticas durante veinticuatro horas, sumado al escarnio ejecutado por los jueces y fiscales más poderosos de la corporación judicial contra ella y decenas de figuras que participaron de su gobierno –con simulaciones de juicio y amenazas de ser encarcelados– son indicadores elocuentes de la importancia que ellos mismos le adjudican a su liderazgo.

Campaña y recursos de poder

Analizados en el estrecho marco de la campaña electoral, los comicios tienen particularidades nunca antes vividas. Una de ellas es que el primer candidato a senador nacional por Cambiemos en la provincia de Buenos Aires es un “pollerudo”, que debe esconderse bajo las polleras –metafóricamente hablando– de María Eugenia Vidal para conseguir votos.

Eso desmiente un mito que, en general, se consideraba una especie de “verdad absoluta” en los ambientes más politizados, el cual decía que “el carisma no se traslada”, que la popularidad o imagen positiva de un/una dirigente era propia de ese/esa dirigente y no podía transferirse a otros/as durante una elección.

Quizás ello pudo ser cierto en circunstancias más despojadas de una controversia profunda y de fondo por proyectos políticos y modelos de país antagónicos, y a raíz de lo cual había competencias por el voto entre candidatos/as que, fuera uno/a u otro/a quien ganara, poco modificaría el contexto general. Pero esta vez los/las candidatos/as de la derecha no tienen importancia, porque la campaña en lo fundamental no la hacen ellos/as, sino las maquinarias mediáticas y la corporación de jueces, fiscales y espías.

La ideología dominante representada en el macrividalismo es la misma que se refuerza minuto a minuto en el sistema de medios, tanto los tradicionales como el de la comunicación digital. En este último subsistema comunicacional, la derecha tiene recursos financieros y manejo de la estructura tecnológica como para imponer su “visión del mundo”. Con ese inmenso poderío detrás puede, por ejemplo, ejecutar a través de perfiles falsos en las redes digitales –habitualmente llamadas “sociales”– su estrategia de mentiras, engaños, simulaciones y estafas informativas que forman parte de la guerra de acción psicológica sobre la sociedad.

En otro ejemplo del peso que tienen los recursos más potentes que actúan sobre la opinión pública, el exfuncionario kirchnerista José López pudo ser filmado mientras llevaba sus bolsos con dinero a las puertas de un convento porque determinados grupos clandestinos manejan los sistemas de espionaje y conocían la información de que eso iba a ocurrir en un preciso momento, y además disponen del personal y la tecnología para ubicar las cámaras de manera apropiada y grabar los videos que les convienen.

Si esos mismos sistemas de espionaje y esas cámaras de filmación fueran utilizados contra otros, por ejemplo, jueces, fiscales, empresarios, banqueros, obispos, jefes de Gendarmería o Policía, periodistas ricos y famosos, figuras populares de la televisión, funcionarios del actual gobierno, políticos de los más diversos partidos, etcétera, también podrían quedar al descubierto grandes delincuentes que permanecen en el anonimato y la impunidad.

Quiere decir que los recursos de poder para forjar determinadas percepciones en el imaginario social son un elemento indispensable para construir consensos y legitimidad, para definir amigos y enemigos, o buenos y malos, y como derivación de ello orientar las preferencias políticas de la ciudadanía en general y el voto en particular.

Contra todo ese poderío se enfrenta Cristina Kirchner en la votación del domingo, y el único recurso potencial que tiene de su lado es el respaldo de sectores de la sociedad cuya adhesión debe conquistar. Si ese respaldo será suficiente para conformar o no una mayoría electoral, es la principal incógnita de la elección.

La conformación del bloque de poder dominante que está expresado electoralmente por el oficialismo macrividalista no habrá cambiado con el resultado del domingo próximo. Y menos aún se habrán modificado sus planes para diseñar un modelo de país opuesto al que había durante el gobierno anterior, y que en caso de concretarse agravarán la actual deriva argentina hacia una sociedad con más injusticia social y menos libertades.

Lo que sí puede cambiar, entonces, es la fortaleza de una alternativa política popular que está en un proceso de reconstrucción –luego de haber gobernado el país durante doce años y medio–, pero que no tiene el éxito asegurado, como no lo tiene nada en la vida humana. Siempre el futuro es una incertidumbre para las personas en su vida privada, y también para la política colectivamente desarrollada.

Pero el solo hecho de ejercer la participación y la movilización políticas por parte de militancias y dirigencias populares es un indicador de fortaleza en sí mismo, por encima de los votos que se obtengan. Las elecciones se ganan y se pierden, y suelen ser dramáticas en su resultado y consecuencias. En cualquier caso, representar los intereses populares seguirá siendo una necesidad y, por lo tanto, un desafío para continuar la lucha. Eso es estratégico y a largo plazo. Permanece siempre, más allá de cualquier resultado electoral.