Por Silvia Montes de Oca

Frente a la audiencia convocada en el Congreso Internacional de Comunicación Pública de la Ciencia  (COPUCI 2017, que terminó el último viernes) en la Universidad Nacional de Villa María, en Córdoba, el investigador Diego Hurtado habló sobre cómo repensar las políticas de CyT en la Argentina desde la mirada de comunicación pública, en este caso de la tecnología. Hurtado participó del encuentro un día después de haberse hecho presente en la toma de la sede del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva para solidarse con el reclamo de los científicos, investigadores y becarios, que continuaron con la medida durante el fin de semana.

Hurtado es Dr. en Física por la UBA, Director del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y de la Técnica José Babini e integrante del Grupo CyTA (Investigación y Desarrollo para la inclusión). Desde hace casi cuatro años dirige la Agencia de noticias TSS, Tecnología Sur –Sur, cuya propuesta informativa es interpretar, comunicar y debatir las novedades de impacto social y económico vinculadas a la generación y uso de capacidades tecnológicas, ingenieriles y científicas en el país y en la región. (www.unsam.edu.ar/tss/)

“Lanzamos el sitio con la incertidumbre de si íbamos a tener una agenda para sacar cuatro o cinco notas semanales vinculadas no al último Iphone o a lo que se produce en el primer mundo sino al tipo de tecnología que vienen produciendo países como la Argentina”.

Las respuestas aparecieron en torno a trabajar esta idea que plantea Hurtado de “área de vacancia”, a cómo se debe producir tecnología y qué tipo de tecnología necesita nuestro país.  ”Los de la región, los en desarrollo, y si quieren…los de las periferias. A Argentina se la podría ubicar en la categoría de país semiperiférico con cierta capacidad industrial”, afirmó.

Después de historiar el vínculo simbiótico que une a la ciencia y la tecnología desde dos siglos atrás, consensuó: “Estamos de acuerdo que ciencia y tecnología no son lo mismo. También sabemos que donde está una está la otra. Sin embargo, los países latinoamericanos –que tienen experiencia en impulsar políticas públicas que promuevan la investigación científica–  tienen en las políticas tecnológicas su gran debilidad”.

“Cuando uno va al problema del cambio tecnológico, al crecimiento económico, a la sociedad del conocimiento y al desarrollo (todo aquello de lo que los economistas hablan en sus manuales y donde -en algún sentido-  interviene la incorporación de conocimiento) van a encontrar trabajada la idea de tecnología pero no la de ciencia. Y ya lo decía Jorge Sábato en la década de los setenta. No es lo mismo gestionar ciencia que tecnología. No es lo mismo una política científica que una política tecnológica y esto tiene que ver con el lugar de nuestras economías. A nuestros países se les asigna en la división internacional del trabajo el lugar de productores de materias primas. ¿Para qué quieren conocimiento?  ¿Para qué quieren nanotecnología? ¿Por qué hablan de autonomía si finalmente, si necesitan un satélite, sale más barato comprarlo que hacerlo”.

Entre otros ejemplos, Hurtado mencionó que efectivamente, para la Argentina hubiera sido más barato comprar el equivalente al ARSAT I. “Incluso, hubiera venido con tecnología mucho más avanzada. En los países en desarrollo nos hablan de la necesidad de soberanía tecnológica y producen satélites carísimos que además no representan tecnología de punta. A continuación, recordó que cuando Argentina produce su primer reactor nuclear de investigación y lo pone en marcha, (el RA1, en 1958) fue considerado un logro modesto con un gran potencial a futuro. “Con el RA3, en 1963, la Argentina logra abastecer al mercado local de radioisótopos, ahorrar divisas, generar investigación y producir medicamentos. Y todo eso sin tecnología de punta”.

¿Qué debe promover una política tecnológica en un país como la Argentina? ¿Necesitamos tecnología de punta? ¿Qué difusión hacemos de la tecnología?

“En realidad, cuando uno va a ver qué necesita nuestro país en términos de políticas colectivas, que acompañen sectores de la industria y de la salud, de la defensa, del agro, de las economías regionales  o de la producción pública de medicamentos, es ahí donde vemos que en realidad son tecnologías que ya están desarrolladas en otros países”. Hurtado ubica a la Argentina en lo que Alice H. Amsden – una de sus autoras favoritas – llama “países de industrialización tardía”, donde sus políticas tecnológicas deben impulsar procesos de aprendizaje antes  que la búsqueda de la innovación. ”Primero hay que aprender, acortar la brecha. No solamente en relación a las capacidades tecnológicas sino en lograr que ese proceso vaya de la mano de la matriz productiva, porque de esto se trata. Son procesos sistémicos”- dice Hurtado.

“Cuando uno analiza los casos exitosos de desarrollo tecnológico en la Argentina -que son aquellos que tienen impacto en la matriz económica o en el sector productivo-lo que se ve es que para impactar o producir procesos de escalamiento, nuestros países no necesitan tecnologías de punta. Esto está muy claro en el caso de Japón, en el de Corea y en todos los países del este asiático que vienen detrás de Corea, generando políticas tecnológicas que acompañan al desarrollo económico”.

Analizando el caso de la nanotecnología como uno de los paradigmas de política pública y la evolución que tuvo en el país desde 2004, Hurtado recordó la creación de la Fundación Argentina de Nanotecnología (FAN) y la retórica que dio impulso a su gestación, tras la crisis de 2001. “Se nos decía: necesitamos nanotecnología para mejorar la productividad de nuestra economía. Después de trece años, la nanotecnología no aumentó la competitividad y está muy lejos de hacerlo, aunque tengamos excelentes nanotecnólogos que trabajan en la frontera del conocimiento”.

Como contra ejemplo, Hurtado habló de la centralidad de los proyectos orientados a objetivos y citó los casos exitosos de ARSAT, vacunas y producción pública de medicamentos, entre otros. “Cuando la CONEA dice vamos a fabricar reactores para investigación de escalamiento, en la década del 70 Argentina exportaba a Perú un reactor de investigación. En la década del 80, a Egipto, a Argelia y después a Australia. Hoy, el presidente Macri va a Holanda y puede vender un reactor de investigación porque Argentina -en la década del 50- empezó a producirlos en lugar de comprarlos. El tiempo transcurrido demuestra que fue más barato desarrollarlos en la Argentina. Todas las instalaciones nuevas de la empresa INVAP donde se producen los ARSAT fueron financiadas con la exportación del reactor nuclear a Australia. Además, ahora tenemos un nuevo sector de la economía que le da trabajo a los ingenieros, a los químicos, a los físicos. Si siguiéramos con el ARSAT 3 y 4, además de soja podríamos exportar reactores nucleares de investigación y en una de esas también podríamos estar exportando satélites”.

“No está mal exportar soja, al contrario. Si la Argentina tiene las capacidades y puede destacarse en el mercado global, bienvenida sea la exportación de soja. Lo interesante es que si sólo exportamos soja, tenemos una Argentina para 20 millones y en la Argentina somos más de 40 millones de habitantes. Tenemos que poder darle trabajo a todos ellos. Eso significa industria e implica conocimiento. Entonces, ¿qué tipo de conocimiento necesita la industria? Mi hipótesis es que no necesitamos tecnología de punta sino aquellas tecnologías que nos permitan ir cubriendo nuestras necesidades, inicialmente más básicas, pero después más perfeccionadas. Empezamos con un rudimentario ARSAT I pero el ARSAT 5 lo podríamos estar vendiendo a algún país latinoamericano, recuperar lo invertido y tener una plataforma de satélites nacionales. Eso permitiría a un montón de empresarios argentinos, prestar servicios satelitales con satélites y posiciones orbitales propias. Por eso, los países centrales consideran la posición orbital como una extensión de la soberanía territorial en el espacio exterior”.

“Hoy -continuó Hurtado- hegemonía económica significa valor agregado y valor agregado significa tecnología y conocimiento. La tecnología es conocimiento pero el concepto de conocimiento incluye no sólo al científico, sino al organizacional y a las ciencias sociales trabajando en cómo deben ser nuestras instituciones o cómo deben ser nuestras culturas empresariales”.