Por Charly González

Las tragedias griegas se representaban en sus inicios en la plaza pública, enfrente a lo que era el templo de Dionisos. Después de mucho tiempo, en el año 500 a.C. se decidió construir el primer teatro en Atenas, para que pudiera ir mucha más gente. El teatro se dividía en tres partes: el anfiteatro para los espectadores, la escena, y la orquesta, un espacio entre ambos para el coro. Lo único que sobrevivió en el tiempo fueron las obras representadas, y muchas de ellas siguen vigentes: “Edipo Rey”, “Antígona”, “Helena”, “Electra”, entre otras.

La selección argentina de fútbol debe afrontar el próximo 5 de octubre, contra su par de Perú, el último partido de local en las eliminatorias para clasificar a Rusia, y justo en el partido más importante los dirigentes de la AFA le solicitaron a la FIFA cambiar de “escenario”. La justificación oficial dice que en cancha de Boca se siente más la presión del público.

Se pueden sacar conclusiones poco serias sobre el tema: la mayoría de los jugadores argentinos nunca jugaron en cancha de Boca; el público que va a ver a la selección va a ver a la selección, nada más, ¿alguién conoce más de tres canciones de cancha para alentar a la albiceleste?; el problema de la selección es futbolístico y se deben buscar soluciones desde el juego.

A los jugadores se les pide garra, orgullo y hasta que lloren cuando cantan el himno: sentido de pertenencia. Pero cuánto puede cambiar su rendimiento un jugador al cambiar de cancha si nunca jugó en ese campo, y quizás la última vez que jugó en el fútbol argentino fue hace más de diez años.

Es interesante tomar como ejemplo la formación que enfrentó a Venezuela el pasado 5 de septiembre para ver cuánto hace que estos jugadores no juegan en las canchas de nuestro fútbol. Un caso es el de Sergio Romero, que jugó cuatro partidos en la primera de Racing y se fue a Europa hace más de diez años. Otro caso, Federico Fazio, que jugó en Ferro durante un año, allá por 2006. Hace once años que no juega en nuestro fútbol. Ever Banega está identificado con Boca, sin embargo jugó sólo 28 partidos, después se fue a España y volvió a Newell’s, donde jugó catorce veces. Hizo un gol. Nicolás Otamendi disputó cuarenta partidos con el primer equipo de Vélez y se fue a Portugal en el año 2010. Ángel Di María dejó Rosario Central hace diez años, luego de disputar 34 partidos y convertir seis goles en el “Canalla”. Paulo Dybala nunca jugó en la primera división del fútbol argentino, vistió la camiseta de Instituto de Córdoba durante 38 encuentros en la B Nacional y convirtió diecisiete goles. Hace cuatro años se fue a Italia. Los casos más emblemáticos son los de Mauro Icardi, que se fue del país con su familia cuando tenía nueve años de edad, y Leo Messi. Si bien el capitán nunca jugó en el fútbol argentino, desde sus inicios en selecciones juveniles demostró futbolísticamente estar por encima de las pequeñas discusiones.

Este análisis no busca dejar en evidencia a los jugadores, sino todo lo contrario, profundizar la discusión. La discusión que se tienen que dar los dirigentes, con Claudio Tapia a la cabeza, pensando en el trabajo a largo plazo, pensando en un nuevo formato de selección, con ideas nuevas e innovadoras que le permitan tanto al cuerpo técnico como a los jugadores desarrollar el mejor fútbol posible. Entender que la selección argentina no puede hacer lo mismo que hace, por ejemplo, la selección alemana (16 de los 22 jugadores que disputaron el último mundial juegan en la Bundesliga), pero puede hacer otras cosas que le dé mejores resultados. El sentido de pertenencia parte desde el juego, desde la organización y el compromiso que puede tener una federación. Los jugadores nunca van a sentir pertenencia si les cambian de entrenador cada tres meses.

Los dirigentes de la Asociación del Fútbol Argentino tienen una gran responsabilidad y deben estar a la altura de las circunstancias. No pueden caer en la idea vaga de pensar que se puede ganar o perder un partido por el simple hecho de jugar en la cancha de River o de Boca. En la tragedia griega, desde la concepción de la obra se sabe que el final es el peor. Sólo será responsabilidad de los dirigentes que la selección no esté transitando los pasajes.