El macrismo encabeza a una derecha cada vez más radicalizada

Poner a la comunidad mapuche en un lugar de enemigo interno y pactar con el gobierno israelí de Netanyahu muestran al régimen gobernante en una política peligrosa para las libertades y para la paz. El alerta de Cristina Kirchner para evitar una “fase autoritaria” sugiere una reflexión en sentido contrario.

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Por Miguel Croceri

El gobierno de Mauricio Macri definió entre sus enemigos internos al pueblo mapuche, y al mismo tiempo le dio un lugar preferencial entre sus amigos externos –políticamente hablando– al gobierno beligerante y violento del primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. Esos dos datos de la realidad muestran el perfil gubernamental de una derecha cada vez más radicalizada.

Tomadas ambas como indicadores de un cuadro general, la primera de esas decisiones políticas constituye un ataque inhumano y antidemocrático contra una comunidad originaria que forma parte de la sociedad argentina con iguales derechos a cualquier otra colectividad nativa o de origen migratorio, y la segunda posiciona a Argentina en un lugar agresivo, guerrerista, armamentista, provocador y antipacifista de las relaciones internacionales.

Combinadas una y otra, y observadas conjuntamente, se trata de dos medidas de gobierno contrarias a al menos dos de los valores que más debería preservar una nación hacia dentro y hacia fuera: la paz y las libertades.

Hasta ahora, la derecha encabezada por el macrismo pero que representa a –y forma parte de– un bloque dominante donde están todos los poderes fácticos del país y del exterior –la totalidad de las corporaciones locales, y además los centros de poder internacionales donde Estados Unidos ae Israel ocupan lugares relevantes– avanza con paso firme hacia la reconfiguración de Argentina, que, en caso de concretarse, desembocaría en un modelo de sociedad con más injusticia social y menos libertades públicas.

Mucho de eso ya han hecho cuando todavía no llegaron ni a la mitad de un mandato presidencial. No es seguro que vayan a concretar sus objetivos, pero tampoco es seguro lo contrario. La disputa continúa, y la elección del próximo 22 de octubre será importante para definir con cuánto respaldo social cuenta la derecha para seguir con su ofensiva.

Existen bases sociales movilizadas, activas y resistentes, pero que al menos por ahora no cuentan con la acumulación de fuerza política suficiente para frenar los ataques –entre otros motivos, porque tienen a todas las corporaciones o poderes fácticos del otro lado, o sea, en contra–, y que sin embargo complican y dificultan el plan de devastación nacional.

El lugar que ocupa la desaparición de Santiago Maldonado en el imaginario social, en los medios de comunicación y en la disputa política no es el que suponía el gobierno. Sus cálculos indicaban que todo iba a ser rápidamente ocultado, que el crimen quedaría impune, y que el costo político sería nulo. No fue así.

Hasta en alguna parte de su propio electorado –que es una minoría relativa pero sólida y muy considerable, si se tiene en cuenta el alto porcentaje de votos que el oficialismo obtuvo en la elección primaria en provincia de Buenos Aires, Capital Federal y otros distritos importantes– se advierte el rechazo a la idea de que pueda haber personas desaparecidas en el país.

Irán y Corea del Norte

Haber sido el único país de América Latina que recibió a un primer ministro de Israel en los casi setenta años de existencia de ese Estado en Medio Oriente podría haber dado lugar a interpretaciones muy distintas si se hubiese tratado de un gobernante israelí que hubiera promovida la paz en su región, y en el mundo en general, y fuera un dirigente respetable. Todo lo contrario de Benjamin Netanyahu.

“Netanyahu, un experto en represión, acusado de violación de derechos, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad contra el pueblo palestino. Un hombre ansioso por promocionar la industria de armas y de tecnología para el espionaje israelí. Un hombre que encontró en Macri su socio perfecto”, definió el periodista Héctor Bernardo en una esclarecedora nota publicada por diario Contexto del pasado miércoles 13.

Argentina es un país que casi nunca debate públicamente los temas de política internacional en general, ni siquiera los que involucran las relaciones de nuestro país con el resto del mundo. Contribuye a eso la banalidad de un sistema mediático hipermercantilizado, donde solo es noticia lo que tiene audiencia y esos temas en general no cumplen el requisito. A ello se suma la frivolidad de una dirigencia política que se somete a las reglas del espectáculo mediático y tampoco hace nada por plantearle a la sociedad la importancia de esos asuntos.

Así, en este caso como en cualquier otro, las gravísimas implicancias del pacto Macri-Netanyahu son ajenas al conocimiento generalizado de la población. De entre los pocos medios que sí abordan seriamente la problemática de las relaciones exteriores de Argentina, el diario Página/12 publicó un análisis minuciosos del periodista especializado Martín Granovsky, con información de máxima importancia (enlace con el texto del día 13).

Allí se revela, por ejemplo, que el gobierno de Israel quiere sumar a Argentina en su estrategia internacional contra Irán y Corea del Norte. Lo cual (aunque esa nota no lo dice así) significa que nuestra patria quedaría expuesta a ser parte de las estrategias de violencia, guerra y terrorismo imperial que comanda Donald Trump desde Estados Unidos, del cual Netanyahu es uno de sus aliados fundamentales.

Nada más alejado de la paz y la libertad que cualquier ser humano anhela para sí mismo y para sus congéneres. Nada más opuesto a los intereses nacionales, populares y democráticos del pueblo argentino. El rumbo radicalizado hacia la derecha de la coalición política, empresarial, mediática, judicial, del espionaje y corporativa en general que gobierna nuestro país, es un peligro para toda la sociedad, aun para los votantes del oficialismo.

“Miedo a una fase autoritaria”

En otro lugar de la escena política, en plena construcción de una alternativa para que ese peligro no se agrave y pueda revertirse cuanto antes el recorrido devastador, la semana pasada Cristina Kirchner volvió a dar una muestra –de las muchas de los últimos meses– de estar advertida sobre la gravedad de las perspectivas que enfrenta el país.

En primer lugar, por haber resuelto ser entrevistada desde un medio informativo ultra-antikirchnerista y por un periodista serio pero opositor. El portal de noticias Infobae es una de las múltiples plataformas periodísticas que reproducen el discurso de derecha radicalizada de la coalición gobernante. Luis Novaresio tiene un perfil liberal demócrata, es respetuoso y posee adecuada formación intelectual. En este caso, los intereses respectivos de la entrevisada, de la empresa propietaria del medio y del profesional de la información se conjugaron para producir un hecho político relevante.

Y como en todo hecho y, más aún, en toda producción de discurso político y de acción política en definitiva, las interpretaciones posibles son infinitas. Una de ellas, razonable y sostenible aunque también discutible y controversial, es que la expresidenta de la nación y candidata a senadora nacional quiere evitar la radicalización y prevenir males mayores. “Tengo mucho miedo de que, ante una agudización de la situación económica, se ingrese en una fase autoritaria”, dijo en una de sus muchas definiciones trascendentes (el concepto puede recuperarse a las 2 horas 23 minutos del video publicado por Infobae. Los primeros 32 minutos son solo una imagen fija y fondo musical. Luego se desarrolla la entrevista).

Un momento después, continuó. “Creo que es importante que todos podamos colaborar en ese diálogo público, diálogo público y nacional acerca de qué queremos […] Yo estoy dispuesta a hacerlo porque quiero vivir un país muy diferente del que me tocó vivir a mí de joven. Yo viví un país muy enfrentado y muy violento cuando era joven. Y tengo mucho miedo de estar abonando, con estas cosas que estamos viendo, una suerte de huevo de la serpiente. Y no estoy diciendo que este gobierno es una dictadura, no, no, no. Pero no me gustan comportamientos y conductas que creo que se van a agudizar, y creo que van a ser malas para todos los argentinos”.

Lo que piense, diga y haga la expresidenta puede ser objeto de crítica, discrepancia, oposición y rechazo. Como todo en política y todo en la vida. Pero algunos conceptos de su entrevista periodística y los grandes trazos de su discurso y acción políticos, particularmente de este año, sugieren una reflexión y un posible curso de acción para no hacerle el juego a un gobierno y un bloque de poder cada vez más radicalizados.