Por Carlos Barragán

Esta semana, en la Cámara de Diputados, el jefe del Gabinete de Ministros Marcos Peña Braun tuvo una serie de precisiones que preocupan. “No construimos enemigos internos”, dijo. Pero inmediatamente habló de “la radicalización social en los jóvenes con hechos de violencia muy extrema”. Y lo asoció con “el terrorismo internacional”.

El gobierno del fascio –donde todos los poderes permanentes confluyen atados en un mismo haz (fascio) en esto que quizá podríamos consensuar en llamar la derecha parademocrática, porque, al modo de las fuerzas paramilitares, se sirve del Estado y sus instituciones para arrasar con los derechos de los ciudadanos– sigue su avance.

El fascio ejerce la violencia institucional y después la argumenta inventando violentos que no existen. Pido disculpas por la autorreferencialidad, pero quienes trabajamos en Radio Nacional fuimos los primeros en ser acusados de violentos por el ministro Lombardi. En realidad, ya antes varios compañeros de 678 (más Caballero) habían sido acusados por Clarín de incitación a la violencia, en una demanda penal que podía terminar con diez años de cárcel para los supuestos criminales. El mismo ministro Lombardi días atrás acusó al “cristinismo” que alienta la violencia y a “la violencia loca mapuche” de “poner en jaque a la democracia”. Esta semana, Marcos Peña planteó la existencia de jóvenes radicalizados que utilizan la violencia extrema, socios del terrorismo internacional. Pero no es sólo eso, sino que anunció que el año próximo llevará esa extraña inquietud al G20.

Mientras tanto, la Gendarmería Nacional, después de –según todo lo indica– llevarse a Santiago Maldonado, continúa con sus cacerías a pequeña escala en las escuelas y a mayor escala en Córdoba. Asustando y persiguiendo a alumnos que reclaman por mejoras edilicias y por la aparición con vida del desaparecido, en el primer caso, y persiguiendo militantes sociales en el segundo.

La ministra Bullrich encubre a sus fuerzas represivas mientras los medios de comunicación del fascio inventan mapuches terroristas y falsos paraderos del primer desaparecido del macrismo. Todas estas acciones son como la mesa de Mirtha Legrand, con los platos, cubiertos, manteles y copas dispuestos para el festín de represión, violencia y suspensión de garantías que el fascio necesita para implementar las políticas de ajuste económico y político, un ajuste del cual recién estamos viendo asomar su asquerosa cabeza. Un régimen parademocrático que imperiosamente necesita ese enemigo interno que el ministro Peña Braun con el cinismo necesario dice que que no construye, para inmediatamente denunciar que en nuestro país existe el terrorismo.

En la misma línea, el interventor Buján amenazó a las Madres de Plaza de Mayo diciendo que “por las buenas o por las malas esta semana las vamos a sacar de la casa”. Con la torpe y vulgar brutalidad que caracteriza a los funcionarios del fascio, el interventor consiguió su objetivo. Así actúan los expertos en generar violencia, acorralando a sus presas sin darles más opción que esa engañosa y engañada respuesta: por las buenas o por las malas nos defenderemos. Las buenas al gobierno no le interesan en absoluto, porque las buenas es que cualquier gobierno se encargue de proteger a los organismos de derechos humanos en lugar de amenazarlos. Y no fue un detalle que los funcionarios de Cambiemos se levantaran de una reunión ofuscados con las Madres y las Abuelas que los interpelaban. Fue una señal brutal para que todos comprendamos que no respetan ni respetarán la memoria, ni la lucha, ni el dolor, ni la historia, ni los derechos y las reparaciones que esas instituciones defienden.

No soy el mejor para las redacciones exhaustivas. Quiero decir que hay muchas más señales, expresiones, acciones, amenazas y persecuciones que las que acabo de describir. La política del fascio gobernante es conseguir que haya violencia, y si no lo consigue en la realidad material, para eso tienen la realidad de los medios, la opinión y la percepción social (y cuando no, podrán utilizar la operación fácil del autoatentado). Sabemos que la última dictadura continuó su “guerra contra la subversión” varios años después de haber desmantelado a los grupos armados. Tirándose granadas en las comisarías o simplemente con titulares en los diarios. El poder, cuando está tan concentrado como en el caso de este fascio, compuesto por corporaciones de toda índole alineadas bajo las directivas de los conspiradores para el nuevo orden mundial que resistimos hasta 2015, sabe cómo generar realidad donde no la hay. Los talibanes, Saddam Hussein o el mismísimo demonio de Bin Laden son algunas muestras gruesas de esto que ocurre todos los días en el mundo al cual Cambiemos desespera por pertenecer. Cristina Kirchner lo denunció en la ONU, se lo gritó al oído a Obama y no es delirante pensar que hoy está y estamos pagando ese pecado.

Es preocupante que al describir esta situación uno se sienta un poco paranoico, porque realmente no hay muchas voces que estén denunciando la gravedad de lo que vivimos con la suficiente fuerza. Es como si hubiera una especie de vergüenza en nuestro espacio político que no nos permite denunciar a los victimarios para que no digan que nos victimizamos. A veces siento que es como una especie de gesto ancestral o barrial, que nos indica que hay que aguantar sin quejarse. Pero no estamos en un barrio, ni se trata de si somos guapos o aguantadores. Acá se trata de prevenirnos y evitar un esquema represivo del cual tenemos anuncios todos los días. Se trata de advertirle al mundo que este régimen es peligroso para gran parte de la población. Se trata de que estemos alertas y que no caigamos en ninguna provocación. Se trata de entender que la derecha es violenta y que necesita violencia para alcanzar sus calamitosos objetivos. Entonces, lo único que debemos hacer es no darles lo que necesitan. Denunciar la violencia y ejercer la paz con la mayor firmeza.