A solo un año de haberse concretado el golpe parlamentario contra la presidenta Dilma Rousseff, el giro de 180 grados que Michel Temer le dio a las políticas de Estado choca con del programa que había sido votado por más de 54 millones de brasileros y revela cuáles fueron los verdaderos motivos del golpe.

El 31 de agosto de 2016, tras concretarse el complot articulado por el multimedia Rede Globo, el entonces presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha (hoy preso por corrupción), la estructura del Partido del Movimiento Democrático Brasilero (PMDB) y el entonces vicepresidente, Michel Temer, se concretó el golpe de Estado contra la presidenta, legítimamente electa, Dilma Rousseff.

Los medios hegemónicos, la derecha reaccionaria y el resto de los sectores golpista trataron de plantear diversos argumentos para justificar la destitución de una presidenta que no había cometido ningún delito ni había podido ser acusada de corrupción.

Al momento de asumir el gobierno, Temer dio un giro de 180 grados respecto de las políticas que se habían implementado durante los gobiernos de Luiz Inacio “Lula” Da Silva y Dilma Rousseff, que habían recibido el apoyo de su pueblo al obtener la mayoría en las elecciones presidenciales de 2015.

El programa de gobierno fue rápidamente descartado, y en su lugar el golpista Temer comenzó a aplicar un plan neoliberal. Achicamiento del Estado, reducción de los programas sociales, privatizaciones, y una reforma laboral y jubilatoria que destruye los derechos de los trabajadores.

Una vez más, una brutal transferencia de recursos de los sectores más vulnerables hacía los más poderosos generó que el desempleo llegue al 13,7%, se le quitó a más de un millón cien mil brasileños el plan Bolsa Familia (similar a la Asignación Universal por Hijo de Argentina) y se congeló la inversión pública en Educación y Salud por los próximos veinte años. La reforma laborar posibilita extender las jornadas de trabajo a doce horas diarias (hasta ahora era de 8 horas diarias), realizar contrataciones de forma discontinua, mantener trabajando a mujeres embarazadas en lugares insalubres, reducir el tiempo de almuerzo a treinta minutos y realizar recortes en los salarios. También reduce el poder de los sindicatos al quitarle valor a los contratos colectivos y priorizar los arreglos directos entre la empresa y el trabajador. A todo esto se agrega una reforma en el sistema de pensiones, que propone elevar la edad jubilatoria a los 65 años.

Por más esfuerzo que la derecha haga para demonizar a las figuras de Lula y Dilma, los verdaderos motivos del golpe son cada día más evidentes y no existe maquillaje mediático que los pueda disimular.