Por Carlos Barragán (a Max Delupi)

Que nadie crea que estos párrafos son producto de un arranque de bronca, de dolor o de indignación. Podría haberme puesto a escribir lo que viene hace varios meses, pero hasta hoy preferí el silencio, que parece la opción más fácil de practicar para algunos de nosotros en estos tiempos. El infalible silencio que nos fue deparado a algunas personas que nos atrevimos a meternos con la industria de los medios. Pero vamos al grano.

Hace unos días volví a escuchar en la radio, en boca de un comunicador a quien le tengo aprecio, un tipo que está muy lejos de ser un chanta, un gorila, un conservador o un irreflexivo, que el programa de Mirtha Legrand ya parece el 678 de Macri. No es la primera vez que lo escucho de boca de gente amiga o amigable. Esta fue la última. Que el programa de Mirtha, o el de Lanata, o el de Fabbiani, o cualquiera de esos productos con que la derecha alimenta a las audiencias, son el 678 de Macri. Tantas veces se dijo como tantas veces nadie objetó la comparación que no es odiosa sino injustamente letal para quienes hicimos ese programa de televisión maldito.

Maldito hasta para quienes simpatizan con nuestras ideas. Tan maldito que siento que estas palabras pueden ser leídas como el patetismo de quien quedó fuera de juego y lo único que le resta es lamentarse. Pero lo verdaderamente lamentable es el éxito de la operación de sentido de la corporación periodística, que logró que personas que si uno les pregunta dirán que 678 fue una gran herramienta política, comunicacional y bla bla bla, tengan esta mirada sin contradicción.

Es verdad que aquel programa defendía a un Gobierno. Lo defendía porque defendíamos nuestras más sinceras convicciones ideológicas y políticas. Lo defendíamos –quienes poníamos la cara ante las cámaras– sabiendo que éramos la oposición a los poderes permanentes, a las corporaciones que más o menos manejan el mundo, a los grandes conglomerados de voluntades hegemónicas que se llaman embajadas, departamentos, servicios, burós y toda clase de negocios crueles que superan cósmicamente nuestra imaginación. Esa sería la primera diferencia entre 678 y estos programa: la relación con el poder real.

El kirchnerismo y nosotros tuvimos ese defecto, no tuvimos ninguna coincidencia con el poder real, el de los apellidos ilustres, el de las trademarks, el de los holdings, el del lobbying, el de toda la mierda que sojuzga a los pueblos del mundo. En cambio, los programas que hoy son nombrados como los 678 de Macri son eso, terminales comunicacionales de la hegemonía global del capitalismo. Defendíamos nuestras ideas y convicciones que no son las mismas que las de Macri. Defendíamos los derechos humanos, la democratización de la comunicación, la distribución del ingreso, la protección a los más débiles, los derechos de los trabajadores, la inclusión de los diferentes, y todo lo que estos programas de supuesta equivalencia defenestran.

¿Cuál sería la equivalencia entre defender los derechos humanos y defender a los genocidas? ¿Cuál sería la equivalencia entre defender la distribución equitativa de la riqueza y criminalizar a los trabajadores que reclaman sus derechos? Yo me imagino cuál es la equivalencia. Es la teoría de las dos voces, como la de los dos demonios. Si una voz quiere que los trabajadores sean esclavos descartables y otra voz quiere que sean personas con derechos, bueno, son dos voces respetables. Y hay que equilibrar la balanza, escuchando las dos voces con el mismo respeto y la misma ponderación. Pero lo cierto es que esa balanza es una trampa, la trampa que intentamos desarmar desde un programa de televisión maldito.

Y de esas dos voces, una voz es la voz del amo. Y a la voz del amo no la respeté ni la voy a respetar nunca. El 678 de Macri –en esto que quiere ser un lugar común del habla de los argentinos–, son esos programas donde al diferente se lo reprime, se lo silencia, se lo manda en cana y, sobre todo, se lo cosifica y se le quitan sus derechos. Se lo ubica con certeza indubitable en el lugar del alien, del monstruo, del que no pertenece a nuestra raza de “gente decente”. Nunca, y fuimos brutales a veces, pero nunca en 678 dijimos que había gente sin derechos, ni que había que controlar quién hablaba. Y para ser sincero, alguna vez yo mismo propuse que los periodistas que degeneran la realidad tuvieran algún tipo de sanción, como para evitar tantas mentiras, y mis compañeros casi me matan por aquello de la libertad de expresión y la democracia.

Esta comparación no es odiosa, como ya dije, es letal. En 678 no se hacían operaciones infames, no se hacían investigaciones falsas, ni se ocultaban los temas importantes con invenciones. Y no podría decir que eso era así por nuestra honestidad –que la hubo–, sino de modo más realista porque fuimos detrás de la agenda que imponen siempre los programas con los cuales hoy se nos compara. Básicamente la tarea diaria era deshacer la mentira que estaba instalando el periodismo del poder. Y no es parecido instalar una mentira a develar una mentira.

No crean que no me siento un poco estúpido al desandar que 678 y Mirtha Legrand no se parecen en nada. Pero a veces parece que la estupidez es una potente herramienta de medición que utilizamos todos, los de acá y los de allá. Y esta batalla que a veces creo que ganamos, la de quitarle a la voz del amo el poder de nombrar las cosas, la perdemos cada vez que nombramos las cosas como el amo nos enseña.

Sospecho que una prueba bastante valiosa de que esto que acabo de describir es así es la ausencia de las voces que hicimos el programa maldito. Porque nuestros falsos equivalentes tienen asegurada su presencia en los medios del poder, que es otra manera de decir los medios del ocultamiento y la mentira, esa condición sine qua non para que el capital sea hegemonía indiscutida. Lamentablemente creo que la mejor prueba de que 678 no fue equivalente a ninguna usina periodística es el costo que pagamos quienes estuvimos ahí.

Lamento tener que volver sobre cosas que ya se dijeron y que pensé que todos comprendíamos. Lamento tener que recordar que esa envenenada teoría de las dos campanas, la de las dos voces, la de ser moderados, escuchar a todos, no tener compromisos, ser independientes y evitar el fanatismo de la ideología, tuvo su momento cumbre cuando el periodismo reunió en un set de televisión a Etchecolatz con Alfredo Bravo. Esa fue la demostración más periodística de ese pluralismo tramposo, en la cual el torturador y el torturado pudieron expresarse en la libertad que da la televisión.

Hoy los derechos de las personas están siendo arrasados, uno detrás del otro. Estos últimos días contamos con Santiago Maldonado, desaparecido por Gendarmería Nacional. Son hechos de una gravedad profundísima. Esos derechos nos los quitan por la fuerza, con la pura prepotencia del poder. Por eso es tan lamentable que sin violencia, sin gendarmes y sin decretos presidenciales nos quiten el derecho a pensar como pensamos y nos encontremos pensando como quieren los enemigos de la felicidad de los pueblos. Pensando que al final 678 no fue otra cosa que el programa de Mirtha Legrand hecho por kirchneristas.

Le dedico estas líneas a Max Delupi, por ser terco y obstinado, tanto que no puede olvidarse de estas cosas y las dice.