Por Carlos Barragán

“Eh, Barra! ¿Qué somos ahora? ¿La mierda opositora?”, me saludan muchas veces los compañeros. La cita a la Mierda Oficialista es culpa de la memoria, esa manía que tenemos y que algunos coterráneos detestan y otros criminalizan. “¿Qué somos ahora? ¿La mierda opositora?”. Y yo contesto lo mismo cada vez: que siempre vamos a ser alguna clase de mierda. Claro que ironizar con el odio que nos tienen no alcanza para saber qué somos ahora. Qué mierda somos. Y otra vez la memoria, la de aquel fútbol represivo que me sopla que somos “el grupo de inadaptados”, somos estos inadaptados que no quieren ser como ellos quieren que seamos. Somos este grupo castigado por negarse a repetir los mantras de la alegría para gerentes. No aprendemos y no queremos aprender a ser como ellos quieren. Lo que sí aprendemos -porque duele- es que esta educación es obligatoria, y al que no aprende se lo castiga y se lo expulsa. No hay lugar para el que no quiere aprender, y por eso nos preguntamos qué somos. Porque en esta escuela no hay lugar para los burros como nosotros.

“Eh, Barra! ¿Qué somos ahora? ¿La mierda opositora?”. Y la verdad que no. Porque no nos consideran opositores, sino una sub-raza sin otra voluntad que la de cobrar planes y comer choripanes. Y ser un choriplanero no es ser un opositor, es ser un bulto, un consumidor de algo que no le pertenece, de algo que se le quita a la gente honesta, un parásito social y moral. La vara con que nuestros furiosos adiestradores miden nuestras vidas es indescifrable. No hay categorías políticas, sociales ni éticas, no hay historia ni intereses, no hay débiles ni fuertes, no hay derechos ni obligaciones, no hay equidad ni injusticia. Para ellos, nuestros adiestradores, la sociedad se compone de honestos y de corruptos. Dos estados de la materia humana que no tiene tribunal, ley, ni juez que la certifique. Ser honesto o ser corrupto son señales que se inscriben sobre nuestras cabezas con un toque divino, y no hay quien pueda borrarlas. A nosotros, que nos preguntamos qué somos, no nos toca ser los honestos. Nos toca ser los corruptos. Sólo son honestos los que aprenden, y nosotros -tercos- no queremos aprender.

“Eh, Barra! ¿Qué somos ahora? ¿La mierda opositora?”. Y yo no sé qué somos. Capaz que somos lo que no debemos ser. Capaz somos herejes en un mundo que exige una nueva fe. La fe en uno mismo, en la alegría de un desayuno frente al mejor café y bajo el mejor color de pelo. La fe en las rejas de nuestra casa, la fe en el policía, la fe en el mercado y en el rico empresario que nos cuida. Pero nosotros, amigos, somos malos alumnos y no queremos creer en las ofertas excepcionales. Porque sabemos que entre todos somos algo más grande que esa religión que nos domestica a palos y alienación. Y nos preguntamos qué somos, porque sabemos que algo somos. Algo que no es honesto ni es corrupto. Somos algo que nadie nos enseñó a ser. Somos lo que se nos antojó ser. Esa es nuestra fe y nuestra cordura.

“Eh, Barra! ¿Qué somos ahora? ¿La mierda opositora?”. No, porque sólo domesticados nos van a dar un título que nos habilite. Por ahora estamos excluidos de todas las categorías funcionales. Pero no está mal ser un fruto indeseable, una falla del sistema, un error en la matrix. Por eso no nos quieren ni les servimos: somos prescindentes. Y por eso somos algo que no sabemos qué es. Porque no somos sus usuarios, clientes, ni compradores. Somos otra cosa, porque queremos otras cosas y porque sobre todo queremos. Queremos con ansiedad y queremos con amor. Sin lógica nos amamos entre nosotros, y así amamos a quien nos representa y lo que representa. No hay empresa ni corporación que pueda darnos lo que buscamos. No hay mercado para nuestras ambiciones primitivas. Porque lo que somos circula entre nosotros como un aliento, como un espíritu, como un olor que nos llama, como un beso, un llanto y una carcajada. Y somos el insulto por las injusticias que nunca pasan por los tribunales. Somos esa bilis volcánica que sentimos en las tripas cada vez que vemos los atropellos de los adiestradores que odian a los burros como nosotros. Por eso no queremos aprender, y quizá por eso, por todo lo que somos, es que nos preguntamos qué mierda somos. Y somos, compañeros, esta horda de tenaces ignorantes, salvajes que nos negamos a entender el valor de los más perfectos vidriecitos de colores. Los que fabrica la más maravillosa y siniestra máquina de domesticar de todos los tiempos. Eso es lo que somos ahora, una manada de bestias silvestres.