Por Gustavo Cirelli

En las horas previas a las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, la desaparición de Santiago Maldonado en la Pu Lof en Resistencia Cushamen derribó los límites tolerables de la prensa corporativa, que ya sin escrúpulos ignoró, mintió, se burló, justificó la represión en territorio mapuche y la ausencia del joven artesano, del que según testigos fue visto por última vez cuando la Gendarmería lo arrancaba del lugar. Es la misma prensa que hasta victimizó al Gobierno, aplicando su lógica obsecuente: duros con los débiles, débiles con los fuertes.

Las respuestas oficiales ante el caso confirmaron que la sociedad se hunde en la impotencia frente a las acciones de un Estado cada vez más opresivo que instala la hipótesis de una amenaza terrorista en tierras patagónicas.

Desde la recuperación democrática en 1983, nunca como hoy un coro mediático avaló atrocidad semejante. Hubo a lo largo de las últimas décadas algún que otro fascista en los medios que negó el genocidio que sufrió el pueblo argentino, pero siempre fueron personajes marginales. En la actualidad, obnubilados de oficialismo, que es en ellos la continuidad de su antikirchnerismo explícito, comunicadores de prime time, precandidatos en campaña y funcionarios, traspasaron la frontera de la racionalidad e intoxicaron a la sociedad con discursos psicóticos. Algunas audiencias son más permeables a tomar como ciertas las construcciones ficcionales de esos emisarios; otras, en tanto, son refractarias al mensaje cloacal. Pero lo cierto es que daña a unos y a otros. La lluvia tóxica corroe a todos por igual.

El ministro del Interior Rogelio Frigerio declaró: “Sería lamentable que con la desaparición de una persona se intente generar algún tipo de ventaja electoral”. Cuando lo “lamentable” para el ministro debería ser la desaparición de Maldonado.

La difusión de la imagen de un joven de barba captado por cámaras de seguridad en Entre Ríos confundió a la opinión pública sobre el presunto destino de Maldonado. Fue una burda operación de los servicios de inteligencia con capacidad intacta para desinformar, y fue, a la vez, abono del que se alimenta la prensa oficialista. Cuando el propio joven filmado, Francisco Maestre, confirmó que era el del video, igual insistieron con que no estaba descartado que fuese la víctima, de la que se desconoce su paradero desde doce días antes de las PASO y se presume lo peor.

Es imposible naturalizar (siempre lo será) que, a menos de 48 horas de una elección democrática, una vez más, masivas movilizaciones en distintos puntos del país tuvieran que exigir “aparición con vida”. La consigna “vivo se lo llevaron, vivo lo queremos” estremece. También las palabras de Sergio Maldonado, hermano de Santiago, que ante una multitud en Plaza de Mayo apuntó contra el Gobierno: “Es grave que el Estado, que nos tiene que defender, siga negando todo”.

Y lo que se niega es la “desaparición forzada” como calificó la fiscal Silvina Ávila de un joven de veintiocho años que residía en El Bolsón y que se había acercado a Cushamen.

Así se llegó a las urnas el domingo 13 con la subjetividad aturdida porque el Estado niega lo evidente, y lo evidente se asemeja demasiado a una postal del horror que se creía superada.

Se llegó a las urnas con el candidato a senador por la provincia de Buenos Aires y exministro de Educación de la Nación, Esteban Bullrich, celebrando que cada día haya más pibes presos. Luego aclaró que no quiso decir lo que dijo. Pero los actos fallidos se tratan en el diván del psicoanalista y no por tevé en plena campaña electoral. Si el inconsciente aflora, no hay coaching de Jaime Durán Barba que lo dome.

Los consejos del consultor ecuatoriano fueron relativamente efectivos para los candidatos de Cambiemos, que no hablaron en campaña del país real que se expresa en góndolas, heladeras hogareñas, farmacias, fábricas y facturas de los servicios. Ni una palabra de la caída de un 25% en el consumo de leche, la peor desde 2001. Ni del descenso de la venta en supermercados en un 2,5%, interanual, según cifras de mayo. O de shoppings, 4,3%.

Aunque le pusieron voluntad. En algún tramo de su proselitismo, tímidamente intentaron mostrar que la economía repuntaba, pero el artilugio se esfumó cuando la oposición señaló que, en verdad, el Gobierno de Macri de 2017 está mejor que el Gobierno de Macri de 2016 pero la comparación no es válida si se pretende exhibir una mejoría con respecto a “ese pasado al que no hay que volver”: todos los valores económicos son peores al resultado de 2015, año que, según estadísticas del INDEC de Macri, la economía creció 2,6%.

Lo que siguió en estos veinte meses fue en picada. La actividad del sector agropecuario a pesar del romance de Macri con la Sociedad Rural, según el INDEC a mayo, está 5,6% debajo de su nivel en igual mes de 2015. En la construcción, 4,1%, y la industria –4,5.

Las estadísticas sobre caída de consumo y descenso de la actividad en sectores centrales de la economía se traducen directamente en un golpe al bolsillo de los trabajadores, en desempleo, en flexibilización laboral e incertidumbre. Ante este cuadro de situación concreto, el diputado macrista Eduardo Amadeo aventuró días antes de las PASO que “la gente teme que a Cristina le vaya demasiado bien y el pasado vuelva”. Otra expresión cuanto menos paradójica. Si a Cristina le va “demasiado bien”, ¿qué “gente” tendría temor?

Con respecto a volver al pasado: la caída del 25% en el consumo de leche retrotrae a 2001. Y la desaparición de Maldonado, a la era de las cavernas. A lo más oscuro de la historia argentina. Al terror.

Pero Frigerio –como ya se señaló– dijo que “sería lamentable que con la desaparición de una persona se intente generar algún tipo de ventaja electoral”. ¿Qué quiso hacer el ministro con su declaración? Intentó generar algún tipo de ventaja electoral sobre aquellos que reclaman por la aparición con vida de “una persona”. Una persona con nombre y apellido. Se llama Santiago Maldonado. Y no aparece.