Elecciones: un país parecido y diferente al de los años noventa

El macrismo representa hoy los mismos intereses que representó el menemismo. Esa vez cooptaron al justicialismo, pero ahora tienen su propia expresión política. En aquel tiempo no había una líder opositora como Cristina Kirchner, y por eso las corporaciones y Estados Unidos ponen todo su poderío para frenarla.

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Por Miguel Croceri

Llega la elección de legisladores nacionales casi en la mitad (en realidad, se cumplirá el 10 de diciembre) del periodo gubernamental que encabeza Mauricio Macri. Así como cada momento de la vida de una persona es distinto de cualquiera anterior, aunque todo lo anterior influye en lo que le pasa, la vida de las sociedades tiene raigambre en lo que ha ocurrido en su pasado, pero nada es igual a ese pasado.

Las clases sociales y corporaciones de diverso tipo que ejercen hoy el mando político de la nación a través de la alianza Cambiemos, así como la articulación de ese bloque de poder local con los intereses de dominación de Estados Unidos, son muy similares a lo que ocurrió en los años noventa. Por eso sus políticas son parecidas y apuntan básicamente al mismo modelo de sociedad que entonces.

Pero en aquel tiempo el administrador del poder estatal era una identidad popular –el peronismo– y ahora en cambio tienen a su propia fuerza política al frente del Estado –el macrismo–, que si bien cuenta como apéndice con otra identidad de origen popular –el radicalismo–, esta sólo cumple un papel residual dentro de la coalición oficialista.

Un repaso –arbitrario, como todos– de rasgos distintivos de uno y otro periodo describen la etapa política y social que vive hoy Argentina, y en particular el proceso electoral:

– Por primera vez, el bloque de poder dominante gobierna a través de un presidente que es su directo representante, y elegido por una mayoría (exigua pero real) de votos. Durante la mayor parte del siglo XX habían gobernado mediante dictaduras. En los años noventa lo hicieron con los votos del peronismo y con la estructura del Partido Justicialista que sirvió a sus intereses, es decir, con la cooptación de una identidad política popular pero prostituida por su propia dirigencia, y convertida así en un aparato de legitimación del saqueo del país y la destrucción de derechos de las mayorías.

– También por primera vez la gobernación de la provincia de Buenos Aires es ejercida por una persona que reúne al menos tras características nunca antes combinadas entre sí: es mujer, es de derecha –otras interpretaciones prefieren denominar “neoliberal” o “conservador” su perfil ideológico– y al mismo tiempo posee una conexión afectiva, estética y emocional con amplios sectores de la población que constituyen un gran capital político para ella, para la coalición que integra y para los sectores corporativos dominantes.

– El aparato mediático encabezado por la cadena Clarín integra el mismo bloque de poder que los gobiernos nacional, bonaerense y de otras provincias. Junto con las corporaciones económicas, judiciales y del espionaje, entre otras, son parte de una misma unidad ideológica y de defensa de intereses, que actúa con objetivos esencialmente idénticos, aun con sus contradicciones, disputas intestinas, peleas por personalismos y divisiones internas de diverso tipo.

– El resultado de más de un año y medio de gestión de un Gobierno legitimado en su origen por un pronunciamiento electoral y sostenido en los hechos por todos los poderes de facto no tiene ningún atractivo sólido para el conjunto de la sociedad. No tienen nada bueno que mostrar en términos de las condiciones de vida de la población, sino todo lo contrario.

– En la presidencia de Carlos Menem, en cambio, el Gobierno de entonces y el bloque de poder que lo respaldaba –básicamente el mismo de ahora, salvo que en los principales cargos públicos había dirigentes peronistas bajo la conducción económica de Domingo Cavallo y no, como hoy, ejecutivos de grandes consorcios empresarios– tuvieron a la sociedad magnetizada con el “milagro” de la estabilidad. Hacia mediados de la década, el menemismo había logrado eliminar la inflación, después del trauma de la “híper” que conmovió las estructuras económicas y provocó un tembladeral político y social y un desastre humanitario. Es un tema ignorado cuando se analiza aquella época, pero el arma que tuvo el poder dominante para conquistar la voluntad electoral mayoritaria hasta las reelecciones en 1995 de Carlos Menem y de Eduardo Duhalde incluidas, lo que actuó como bálsamo sobre una sociedad herida por el trauma de la hiperinflación, fue –y en ese tiempo la palabra sonaba mágica y acallaba cualquier otro argumento– la “estabilidad”.

– Tanto durante el menemismo como ahora, la masacre económica y social contra la gente común era y es ocultada por las grandes cadenas mediáticas. Hacia mediados de la década de los años noventa, un/a desocupado/a ni siquiera era un sujeto socialmente reconocido. Sólo conocían ese drama quienes lo sufrían en persona. El resto de la sociedad ni los/as miraba. Recién en 1996, los estallidos populares en localidades como Cutral Co (provincia de Neuquén) y Tartagal (Salta), donde la privatización y extranjerización de YPF habían arrasado con todo, las víctimas más damnificadas por la política oficial tuvieron alguna visibilidad pública. Aun así, todavía hubo que esperar cinco años más hasta ese diciembre de 2001 en que el modelo económico estalló completamente.

– Hoy, la oposición al Gobierno y a los poderes de facto tiene una líder: Cristina Kirchner. En los noventa no había una figura semejante. Al mismo tiempo, esa líder debe relegitimarse socialmente. Ella completó su periodo de gobierno con una popularidad muy alta y fue despedida por una Plaza de Mayo multitudinaria, lo cual nunca había ocurrido con presidente alguno del país. Pero, simultáneamente, la fuerza política que ella encabezaba y el candidato presidencial al que dio su apoyo perdieron la elección. Además, los ataques de la corporación judicial y la acción psicológica de las corporaciones mediáticas sobre la opinión pública desgastan su figura y la obligan a disputar el apoyo de la sociedad en condiciones de extrema adversidad.

– Al existir una líder política que simboliza el enfrentamiento con los poderes de facto, estos actúan para frenarla, y para ello descargan todo su poderío. La ofensiva contra Cristina es total, y siempre está abierta la posibilidad de que se decidan a privarla ilegalmente de su libertad, tal cual pregonan continuamente la cadena Clarín y otros referentes mediáticos y políticos del ultra-antikirchnerismo, como Jorge Lanata, Margarita Stolbizer y Elisa Carrió. Aquí hay una diferencia con los años noventa. En ese momento las corporaciones judiciales y mediáticas eran parte del poder, pero al no existir una organización y/o figura política que desafiara al sector dominante, no necesitaban apuntarle a ningún/a dirigente o fuerza política de forma específica.

– En el auge de lo que se denominó “neoliberalismo”, una etapa del capitalismo globalizado que abarcó casi todo el planeta en los años noventa, Estados Unidos dominaba completamente el tablero mundial. Los mercados manejaban la economía y en cada país había Gobiernos aliados que administraban el poder estatal (casi no había excepciones. La oleada incluía toda Europa, donde habían implosionado la Unión Soviética y los regímenes socialistas del este continental. China recién empezaba a emerger como superpotencia. Cuba era una excepción, una isla no sólo territorialmente sino también por su sistema económico, social y político, que resistió la oleada mundial a costa de sacrificios heroicos para su pueblo). En ese tiempo, de cierta forma el poder imperial norteamericano “hacía la plancha”, tenía todo bajo control. En cambio, hoy está en una contraofensiva activa y violenta para eliminar a los Gobiernos contrarios a sus intereses que aún quedan en Suramérica, fundamentalmente el de Venezuela, y para impedir que vuelvan al poder líderes como Lula Da Silva y Cristina Kirchner. Juegan todo su poderío en esa estrategia, y por eso el Gobierno argentino actual y toda la derecha local tienen el mayor respaldo internacional que pudiera imaginarse.

Un debut histórico

El primer capítulo de la disputa electoral de este año empezará a develarse dentro de una semana en las primarias, y después se abrirá un periodo de incertidumbre hasta la elección general, cuando se produzca el resultado final.

La ciudadanía se expresará con el voto el 13 de agosto y el 22 de octubre. Pero los poderes de facto “votan” todos los días, debido a que ejercen su cuota de poder de forma incesante, en cada instante de la vida de la sociedad.

En ese mes y medio, en esas diez semanas entre ambas elecciones, los “mercados” –es decir, los grandes capitalistas, que concentran el poder económico– “votarán” con el aumento del dólar y de los precios; la corporación judicial y del espionaje “votará” con nuevos ataques políticos disfrazados de procedimientos legales contra Cristina Kirchner y otros integrantes de su espacio; y los cárteles mediáticos “votarán” con su habitual descarga de propaganda ideológico-política enmascarada de periodismo o entretenimiento.

Ellos manejan el Gobierno, la economía, el sistema judicial y los medios más poderosos. Las fuerzas populares, como siempre, tienen la posibilidad de representar a las clases sociales víctimas de la injusticia y la dominación, y un requisito indispensable para encarar esa lucha es la organización.

La disputa seguirá en las instituciones del Estado –Gobiernos nacional, provinciales, municipales, parlamentos de cada jurisdicción, estructuras judiciales, etcétera–, y también en los infinitos lugares de la vida colectiva. En las organizaciones de la sociedad civil, en las calles y en todos los ámbitos de expresión pública, entre ellos el espacio de los medios de comunicación tradicionales y de la comunicación digital.

Pero hay una particularidad histórica, algo que nunca antes había ocurrido. Por primera vez, un Gobierno de derecha –que no es aquel de los noventa que cooptó a la dirigencia y a la identidad peronista, sino el de ahora, con su propia representación política– está desafiado a legitimarse electoralmente.

El país “gobernado por sus propios dueños”, o sea, por las clases sociales y corporaciones representadas por el Gobierno macrista, debuta frente al voto del conjunto de ciudadanas y ciudadanos.