Por Cecilia B. Díaz

La apuesta electoral de Cristina Fernández de Kirchner en el frente Unidad Ciudadana ha suscitado múltiples interpretaciones e interrogantes sobre la capacidad de articulación política a partir de una nueva estrategia discursiva. Sin embargo, hubo coincidencia en señalar el abandono de símbolos de la liturgia peronista por una estética más despojada y horizontal como emergente de una reinvención de CFK. Resulta innegable que tal disposición espacial sorprendió a propios y extraños, pero en lo que respecta al contenido discursivo el kirchnerismo en tanto populismo no ha virado el eje: el antagonismo con el neoliberalismo en cuanto enemigo del pueblo.

Desde 2003, la retórica K ubica al  neoliberalismo como el fantasma que acecha para quitarle al ciudadano hasta su dignidad. En ese plano pueden enmarcarse las principales reformas que el kirchnerismo llevó a cabo en sus doce años de gobierno. Pero este “tiempo nuevo” desafía con un Estado neoliberal que se dedica a “desorganizar” la vida de los sujetos de derecho. De ese modo, investigadores, docentes, estudiantes, jubilados, pensionados, empresarios pyme y cooperativistas subieron al escenario como el atril ampliado de la lideresa.

Al respecto, una interpretación dominante es que Cristina habría dejado el “hiperpersonalismo” para darle lugar a las “pequeñas historias” de los golpeados por el gobierno macrista. Sin embargo, si observamos la trayectoria de sus últimos grandes discursos, lo que se ha alterado es su posicionamiento al frente de los que ella llamó “empoderados”, quienes iban a proteger las conquistas de la última década y discutir las dirigencias. Ese legado de 2015, incluso ya despierto en las militancias inorgánicas y frenéticas del balotaje, intentó alzarse y sostenerse por sí mismo, pero nuevamente este movimiento es el que le reclama la conducción. En ese sentido, lo renovado de esta campaña 2017 no es CFK, sino el rol de los empoderados en un devenir de tensiones de la representación política en una experiencia populista.

Partimos de la idea de que, en la democracia de masas, la representación política no solo cumple con una función procedimental, sino también simbólica. Cuando el lazo entre representante y representado no es lo suficientemente sólido, el sistema democrático pierde legitimidad, como ocurrió en el estallido popular de 2001 con la consigna “que se vayan todos”. Una ruptura que es señalada como el origen tanto del kirchnerismo como del macrismo.

De acuerdo con la teoría de Ernesto Laclau (2005), la representación en el populismo se configura a partir de la relación de equivalencia de demandas y grupos con el significante vacío que es el líder. Mientras se extiende esa cadena identitaria que conforma el polo “nosotros, el pueblo”, el afecto constituye un lazo que aglutina al liderazgo, al tiempo que delimita la frontera con el antagonista que dicotomiza el espacio social. Ahora bien, no sólo el pueblo se identifica con su líder, sino que él habla en sus términos y asume ese lugar democráticamente otorgado.

No obstante, en su discurso de despedida, la líder populista Cristina Fernández de Kirchner delega en los “empoderados” a su sucesor multiplicado en miles. Incluso, el kirchnerismo se muestra incómodo con el mote populista con el que se asocia a la demagogia irracional, por lo cual CFK tiende a correrse de la noción de liderazgo y de pueblo representado: “mis queridos compatriotas, que cada uno de ustedes, cada de los 42 millones de argentinos, tiene un dirigente adentro y que cuando cada uno de ustedes, cada uno de esos 42 millones de argentinos sienta que aquellos en los que confió y depositó su voto lo traicionaron, tome su bandera y sepa que él es el dirigente de su destino y el constructor de su vida, que esto es lo más grande que le he dado al pueblo argentino: el empoderamiento popular, el empoderamiento ciudadano, el empoderamiento de las libertades, el empoderamiento de los derechos” (9 de diciembre de 2015).

El frenesí del balotaje

A pesar de las internas y las tensiones dentro del movimiento peronista-kirchnerista durante 2015, una marea de “empoderados” salió a militar, en los quince días que separaban la segunda vuelta del resultado de las generales, al candidato oficial Daniel Scioli. Pero no lo hizo en términos de ungir a un nuevo líder, sino en el impulso de defender las políticas de Estado llevadas a cabo por los gobiernos de los Kirchner.

Sin duda, la estrategia fue fragmentada, desesperada y creativa, pero al mismo tiempo puso en funcionamiento nuevas organizaciones en distintos niveles y alcances, incluso en sectores poco acostumbrados a la colectivización, como los científicos y becarios. Los empoderados, entonces, salieron al cruce de manera improvisada pero con una fuerza que interpeló a los equipos de campaña de Scioli para jugar con una estrategia explícita y necesariamente polarizadora.

Dentro de esa marea militante es posible distinguir las acciones de empresarios pymes, universitarios, trabajadores del Estado, organizaciones de derechos humanos (aquí incluimos las de la diversidad sexual y el feminismo) y movimientos sociales; actores que constituyeron el blanco de las principales medidas del macrismo en sus primeros meses. Es decir, los empoderados se anticiparon al legado de su líder y se organizaron para reclamar ante cada intento –y hecho consumado– de ajuste y mercantilización.

Con la victoria en las urnas de Mauricio Macri, la despedida de CFK en una Plaza de Mayo colmada y sensible configuró la escena de un legado y de su rol como expresidenta. Allí enunció que los empoderados, a partir de ese momento, “debían ser su propio dirigente” ante la inacción de sus dirigentes (intendentes, gobernadores, diputados, senadores y sindicalistas); mientras que como líder no iba a tener ningún cargo de representación: “voy a estar con ustedes en las calles, militando”. Es decir: no liderar ni conducir la oposición hacia “la vuelta”.

Si bien este discurso puede resultar un impulso de la participación democrática, en términos populistas rompe la representación del pueblo con su líder y, en lugar de dinamizar, atomiza demandas. A diferencia de otras experiencias populistas, Cristina se construye como parte “del pueblo” y no como el pueblo encarnado.

Es que la condición de ese pueblo populista es la coincidencia en el significante vacío, y este no retroalimenta ese lugar, también rompe con la ligadura interna. Entonces, cuando el pueblo se disuelve en subjetividades empoderadas, lo único que queda es la posibilidad de defensa de lo alcanzado y no de nuevas disputas. En otros términos, el empoderamiento es una sutura en la movilización de la demanda.

De marchas y atriles

A pesar de las leyes para la protección de las conquistas sancionadas durante el kirchnerismo, como la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (2009), el Pago Soberano (2014) y universalizaciones de derechos como la Asignación Universal por Hijo, la moratoria de inclusión jubilatoria, entre otras, ante la asunción del nuevo Gobierno y los acuerdos parlamentarios, estas fueron derogadas o vaciadas de relevancia ante las políticas macroeconómicas. Sin dudas, todo dentro de los márgenes institucionales, dado que los propios legisladores que habían accedido a las bancas por los votos al Frente para la Victoria aprobaron los “cambios”, acción que tuvo como consecuencia el daño en la representación política por parte de sus electores.

De tal forma que durante los primeros dieciséis meses de la gestión macrista, la oposición se mostró fragmentada en la representación y heterogénea en las movilizaciones. Esto es: no se lograba vislumbrar acuerdos entre dirigentes, o bien las acciones y los discursos públicos iban por carriles contrarios, al tiempo que la composición de las protestas no podía ser capitalizada por un sindicato, partido o movimiento, porque en efecto el daño de las medidas del macrismo no distinguía pertenencias orgánicas.

En ese sentido, las grandes movilizaciones de marzo de 2017 fueron significativas en tanto no tenían una cabeza, sino una bandera que unificaba los reclamos y el malestar. Fue el caso de la marcha federal docente en nombre de la defensa de la educación pública, presupuesto, paritarias y mayor reconocimiento por parte del presidente, quien manifestó que optar por el sistema estatal educativo era “caer”. Luego, el paro nacional de mujeres que articuló múltiples demandas al Estado que, en línea con el feminismo, no se reducían al género, sino a señalar la creciente desigualdad en amplias esferas de lo social y económico. Esa amplitud dificultó la denigración del oficialismo a algunas de su composición y posicionamiento. Sin embargo, en torno a estos conflictos se evidenciaron muestras de la represión que fueron leídas como advertencia a todo tipo de manifestación política.

En este proceso se destaca el hito de la movilización convocada por la Confederación General del Trabajo (CGT) el 7 de marzo, que resultó en una concentración de sindicatos de diversas líneas políticas, organizaciones sociales de la economía popular y pequeños y medianos empresarios con la exigencia de protección a la industria nacional para defender los empleos y reclamos ante los tarifazos que impiden la competencia. A pesar de la potencia de la convocatoria, los principales dirigentes de la CGT fueron abucheados masivamente ante la vacilación de anunciar un paro general y un plan de lucha obrera frente al ajuste. En un acto más simbólico que concreto, los discursos fueron breves y la presión de la masa alcanzó el escenario y sacó el atril de los oradores hacia el público. En suma, los representados interpelaron a los sindicalistas en tanto no hicieron manifiestas sus demandas. ¿Será una muestra del empoderamiento? ¿O es el síntoma de una crisis de representación ya sin líder referencial?

Unidad Ciudadana: la lideresa cuenta las historias del ajuste

Finalmente, tras meses de reuniones con dirigentes, comunicación virtual y presentaciones judiciales, Cristina Fernández de Kirchner vuelve a asumir un rol protagónico en el escenario político. Decimos “asumir” porque en entrevistas periodísticas explica que si su potencial electoral le permite “frenar” al oficialismo, es razón suficiente para encabezar la boleta del movimiento peronista-kirchnerista, pero con una composición ampliada de identidad.

Esta renovación en las formas de interpelar al electorado suscitó la atención de los analistas, que destacaron la disposición del escenario, las presencias y las ausencias que marcaron una distinción con las características de la llamada liturgia peronista, pero cuyo contenido político no se alteró respecto de 2015. En todo caso, uno de puntos salientes del acto en Arsenal fue que subieron al escenario ciudadanos ignotos representativos de los actores sociales dañados por el modelo neoliberal de ajuste, que no hablaban directamente, sino que CFK resumía su historia y sus problemas. Una operación exquisita, que se sostiene en la campaña de UC, por el carácter innegable que tienen las dificultades económicas y sociales objetivas, que se combinaban en el carácter emocional que cargaban las anécdotas de la organización familiar (estirar el sueldo) y personal (cumplir los sueños).

No obstante, no es un detalle menor que aquellos actores que se suben a los escenarios fueran becarias, docentes, directoras de colegio, clubes sociales, productores, pymes, trabajadores de la economía informal, estudiantes, jubilados y discapacitados; es decir, los mismos que durante el balotaje alzaron la voz ante el advenimiento del neoliberalismo. Los mismos a los que Cristina nombró como aquellos que habían ganado derechos, a los que “podemos mirar a los ojos”, por ende, los empoderados.

Esa composición luego se replica en las listas del nuevo frente llamado Unidad Ciudadana, que no implica una ruptura taxativa con la tradición movimientista, sino una propuesta de representación parlamentaria con actores más cercanos a esa identidad poco estable de clase media. A lo que se debe sumar una lectura del escenario politizado que es el protagonismo de las mujeres y de caras nuevas de los sindicatos, con mayor llegada a los medios de comunicación y el territorio.

Ahora bien, estos empoderados no son sus propios dirigentes, sus votos dependen de la figura de la lideresa, que es la que articula estas demandas en cuanto quedan englobadas en un nuevo frente. No pueden ser autónomos sin representación. En suma, la unidad ciudadana es Cristina, el significante vacío más lleno de sentido.