Por Carlos Ciappina

Dijo alguna vez Oscar Wilde que el verdadero deber de alguien que se aproxima a la historia es tener que reescribirla. La Historia (así, con mayúscula) es una disciplina que posee una característica notable: trata sobre el pasado, pero sólo puede constituirse desde la actualidad. Podríamos afirmar que la agenda de la Historia, de su reconstrucción, de sus temas e ítems más interesantes, nos remiten permanentemente a la agenda del hoy, a las necesidades de las sociedades actuales y, en particular, a las necesidades de los actores sociales, sus objetivos de poder o de contrapoder.

Pero ese proceso de reconstrucción desde el presente guarda una relación cercana con una forma espuria de reconstruir la historia: la manipulación de la misma sin ningún apego a los datos y hechos que han podido corroborarse.

Uno de los procesos históricos en los que más pueden apreciarse las demandas y las necesidades de diferentes sociedades es la reconstrucción histórica sobre el nazismo. El nazismo se ha prestado a las más variadas interpretaciones, y también a las más variadas manipulaciones.

En estos días hemos recibido nuevamente una sobredosis de calificación de pronazi a la sociedad argentina (en particular, al período del primer peronismo) a partir de la aparición de material escrito y objetos de valor histórico sobre el nazismo en dos coleccionistas/vendedores privados de objetos antiguos, algunos de procedencia nazi. Los diarios hegemónicos han cubierto profusamente la noticia, que, como siempre ocurre con estos temas, saltó a los medios internacionales.

Por eso, es necesario señalar primero algunos hechos incontrastables sobre el nazismo y en especial su relación con Argentina y América Latina:

  1. El nazismo se constituyó en Austria y Alemania como una ideología racista, supremacista “aria”, cuyos principales autores intelectuales fueron los científicos y teóricos racistas ingleses y franceses de la segunda mitad del siglo XIX. En ese sentido, el nazismo no es más que el paso final de un largo proceso de construcción de un poder racista en Europa, no sólo en Alemania.
  2. El principal objetivo, no el único, de este racismo era el declarado propósito de los líderes nazis de exterminar a los judíos europeos (luego del mundo), a los que culpaban de “debilitar” la raza y la cultura “arias”. En esto, los nazis no eran tampoco originales: las distintas comunidades judías de Europa (oriental y occidental) habían sido castigadas desde hacía siglos, en procesos crueles y brutales: los Reyes Católicos expulsaron a todos los judíos de España en 1492 (y de paso a los musulmanes); los zares rusos admitieron (cuando no promovieron) los pogromos, períodos de “tolerancia” a la masacre de las comunidades judías de Europa oriental y Rusia. Los nazis llevaron (otra vez) el proceso al extremo: asesinaron 6 millones de judíos en una aterradora maquinaria de muerte que prácticamente eliminó a las comunidades judías europeas, en el peor genocidio del siglo XX.
  3. Junto a los judíos, el nazismo persiguió a otras “razas inferiores”: gitanos y eslavos (polacos, rusos, serbios) fueron cruelmente exterminados en campos de concentración en un número no menor a 3 millones de personas. Siguieron igual suerte los discapacitados del propio pueblo alemán y los opositores políticos (en especial, socialistas y comunistas). Todo esto en el marco de la Segunda Guerra Mundial, en donde sólo en la URSS la invasión nazi provocó 20 millones de muertos (la mayoría, civiles rusos).
  4. Muchos se han preguntado cómo fue esto posible, cómo un pueblo educado y moderno como el alemán apoyó (porque lo votó, no una, sino dos veces) al partido Nazi. La respuesta también es un hecho comprobado de la historia: el nazismo contó con el apoyo de los partidos conservadores tradicionales de Alemania, los medios de comunicación de la derecha, los grandes hombres de negocios alemanes, las jerarquías eclesiásticas protestantes y católicas en general; las grandes empresas alemanas y ostensiblemente algunas de las más grandes compañías norteamericanas.
  5. Cuando analizamos estos apoyos de tan diversa índole se derrumba el primer mito manipulatorio sobre el nazismo, para el cual Adolf Hitler fue la encarnación individual del mal, algo así como un genio loco que engañó y manipuló al pueblo alemán, que en un proceso de histeria colectiva lo acompañó hasta la muerte. Por el contrario, debemos decir que Adolf Hitler fue el líder que los partidarios del anticomunismo y del orden capitalista alemán y europeo apoyaron para frenar lo que creían era el inevitable avance de la revolución comunista en Europa. A Hitler lo apoyó el poder económico, eclesiástico y político conservador frente a la Revolución Bolchevique. Sin ese apoyo (nacional e internacional), el nazismo no hubiera llegado al poder.
  6. El segundo mito manipulatorio es el de la idea del “engaño” masivo: nadie sabía que iba a hacer Hitler. No viene mal repasar el libro Mi Lucha, un texto que Hitler dictó estando preso (en condiciones muy cómodas, cabe acotar) en 1924 y que fue el libro más leído y vendido de Alemania durante la década de 1920 y de 1930. Ese texto, plagado de las caracterizaciones más burdas e irracionales sobre raza, territorio y cultura, era una mezcla de darwinismo social con romanticismo alemán y antisemitismo que todos pudieron apreciar “antes” de la elección de Hitler: todo el desarrollo posterior del nazismo, la recuperación e invasión de territorios, la “relocalización” de los judíos europeos y la búsqueda de la pureza racial están claramente descritos en Mein Kampf.

De modo que el nazismo no fue una experiencia “excepcional”, sino el resultado de siglos de racismo europeo, mezclado con el terror de una burguesía alemana y mundial que quería “terminar” con la Unión Soviética. Hitler y los nazis fueron los responsables máximos y los ejecutores de crímenes horribles a escala genocida, pero no los únicos responsables: hay que agregarles a los ideólogos racistas europeos los partidos conservadores alemanes, el capital industrial alemán y el gran capital norteamericano.

La historia posterior a la Segunda Guerra Mundial trastocó drásticamente esta perspectiva. Para esta historia, el nazismo fue un fenómeno excepcional en donde un loco fanático arrastró a toda una nación a los crímenes más horribles. Loco que pudo ser detenido por los ingleses y los norteamericanos (dejando, claro, de lado al verdadero poder que derrotó al nazismo, la Unión Soviética), que salvaron al mundo de un dictador cruel con el cual nada tenían que ver.

Una nueva manipulación

En este punto, en el punto de las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, es donde aparece una nueva manipulación, esta vez, la que afecta los procesos nacionalpopulares de América Latina: en un reflejo de las necesidades estratégicas de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (la búsqueda de homogeneizar al continente bajo su mando en plena guerra), cada país latinoamericano que no se plegaba al bando aliado o que se mantenía neutral o aun contrario a la injerencia norteamericana era tildado de “nazi” o “pronazi”. Lázaro Cárdenas en México, Getulio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina recibieron ese calificativo, y así, quienes habían apoyado al nazismo en sus orígenes (los norteamericanos) se convirtieron en acusadores de quienes no eran nazis ni mucho menos, sólo líderes nacionales latinoamericanos que no aceptaban el dominio norteamericano.

Resulta por lo menos curioso señalar el hecho de que un país como los Estados Unidos, que en 1946 tenía prohibido el matrimonio entre “negros” y “blancos” o entre “amarillos” y “blancos”, prohibía votar a los negros, toleraba y aun alentaba a formaciones terroristas como el Ku Klux Klan (ostensiblemente antisemita y proesclavista) y mantenía férreamente separadas las “razas” en las escuelas y universidades, acusaran a Perón o Getulio Vargas de “nazis”. Justamente Perón, Cárdenas o Vargas, que basaban sus movimientos políticos en elevar a la categoría de ciudadanos a campesinos, indígenas y mestizos (las “razas inferiores” para Hitler y los norteamericanos).

En esa historia manipulada, también la caracterización de nazis se referían al supuesto “antisemitismo” de los líderes nacionalpopulares latinoamericanos. Las cifras y los datos no concuerdan con esta aseveración: Argentina fue al país que más refugiados judíos en relación a la población total recibió en el mundo durante y después de la Segunda Guerra Mundial y Perón apoyó la creación del Estado de Israel (votó a favor en 1948, mientras Francia y Gran Bretaña se abstuvieron, por ejemplo) y fue uno de los primeros países del mundo en establecer relaciones diplomáticas con el nuevo Estado.

Por último, la cuestión de los refugios dados a los jerarcas nazis: si uno lee desprevenido el relato de autores norteamericanos e ingleses (y alguno autóctono también), parece ser que Perón y Getulio Vargas se dedicaron a refugiar a todos los nazis en Argentina y Brasil. Es cierto que criminales y jerarcas nazis encontraron refugio en estos dos países, algunos de ellos como Joseph Mengele (Argentina-Paraguay-Brasil) o Eichmann (Argentina) responsables de atroces delitos contra la Humanidad. Pero esta superabundancia de noticias sobre los nazis “recibidos” en América Latina deja en las sombras lo que realmente ocurrió: los Estados Unidos desarrollaron una oficina secreta para proteger a los científicos nazis y facilitar su traslado a ese país. Más de ¡1.600! (entre científicos y criminales, o ambas cosas a la vez) nazis encontraron refugio en Estados Unidos. El caso más paradigmático fue el de Herbert Von Braun, el inventor de las bombas V1 y V2 que devastaron Londres y que, en vez de ser juzgado, fue trasladado a los Estados Unidos para asignársele el carácter de jefe del Programa Espacial norteamericano (que finalizará con la llegada a la Luna en 1969).

Los descubrimientos, el mismo mecanismo

Volvemos a los recientes “descubrimientos” de parafernalia nazi en Buenos Aires: el mecanismo, no por repetido, deja de ser eficaz. Aparecen las voces que reiteran como loros, y sin ninguna base documental, la vieja manipulación del apoyo a los nazis en América Latina, dejando en las sombras a aquellos países que apoyaron antes y después de la guerra (a nivel de Estado inclusive) a los jerarcas nazis.

Y resulta mucho más llamativo aun que los medios hegemónicos argentinos se refieran profusamente al supuesto pasado nazi de los Gobiernos nacionalpopulares y dejen en las sombras los rasgos nazis de varios de los miembros del Gobierno neoconservador argentino actual. ¿Una exageración?

Sin la menor intención de minimizar la barbarie del nazismo original, hay que decir que este Gobierno nacional tiene rasgos que lo acercan al ideario nazi: ha adherido a las tesis negacionistas sobre el genocidio de la última dictadura militar (1976-1983), tiene ministros de Cultura que admiran el bombardeo de civiles en la Plaza de Mayo y que consideran “su preferido” el golpe militar de 1955, tiene un ministro de Educación que reivindica la llamada Campaña del Desierto (el genocidio moderno de los pueblos originarios de la Argentina) y cuya ministra de Seguridad (que salió en todos los medios hegemónicos como luchadora contra el pasado nazi al cerrar ventas de antigüedades nazis) propone rearmar las fuerzas de seguridad interna para reprimir a migrantes latinoamericanos y las demandas de trabajo de quienes quieren defender sus trabajos.

En fin, otra vez, un nuevo modo de manipulación del nazismo, precisamente de parte de aquellos que más se acercan a los supuestos de aquel terrible movimiento político de la primera mitad del siglo XX. Es necesario aprender a separar la paja del trigo. No vaya a ser que terminemos creyendo que los que más cerca están del fascismo y el nazismo se propongan como los adalides de la libertad actual.