“Mi papá esperaba que su hijo volviera con el título de médico y lo trajo al cabo de catorce horas en un furgón, muerto”, aseguró el lunes por videoconferencia desde la Cámara Federal de Bahía Blanca Gladys Noemí Dinotto, al referirse a su hermano Néstor, estudiante de Medicina en La Plata asesinado junto a su novia, Graciela Martini, por una patota de la organización paraestatal ultraderechista católica y peronista Concentración Nacional Universitaria (CNU), que asesinó a un centenar de docentes, estudiantes y trabajadores de la Juventud Peronista y de organizaciones de izquierda en esta ciudad y en Mar del Plata.

Los civiles Carlos Ernesto Castillo, conocido como “El Indio”, jefe del grupo parapolicial platense de la CNU que sembró el terror al amparo del Estado, y Juan José Pomares, alias “Pipi”, están acusados del secuestro, robo, violación de domicilio y asesinato de Carlos Antonio Domínguez, entonces secretario general del gremio del Turf platense, de Dinotto y Martini, y de Leonardo Miceli, integrante de la comisión interna de una tercerizada que prestaba servicios de limpieza en Propulsora Siderúrgica y era militante de la Juventud Trabajadora Peronista.

En la tercera audiencia de este juicio oral y público que comenzó el 15 de mayo a cargo del Tribunal Federal Nº 1, Gladys Dinotto pidió expresamente que los dos acusados no pudieran verla, de modo que ambos tuvieron que permanecer detrás de una mampara de madera.

“Sólo sabíamos que mi hermano militaba con su novia. Cuando mi papá lo fue a buscar a La Plata, le dijeron que se fuera, y que se acordara que tenía otra hija. Teníamos miedo y a mí me dijeron que no dijera nada”, aseguró la hermana de Néstor.

La noche del 3 al 4 de abril de 1976, el grupo de tareas de la CNU platense liderado por Castillo interceptó en Villa Elisa el vehículo en que viajaban Dinotto y Martini junto a Daniel Pastorino y Úrsula Barón, los cuatro militantes de la izquierda peronista. Tras ser sometidos a un simulacro de fusilamiento, fueron llevados hacia Punta Lara y torturados. Pastorino y Barón fueron liberados luego en 2 y 32, pero Dinotto y Martini aparecieron acribillados en la calle 11 de City Bell, en el barrio Los Porteños. Testigos identificaron a Castillo y los liberados a Pomares como integrantes de ese grupo comando.

“Nadie nos va a devolver la vida de los chicos, pero espero que los culpables paguen por lo que han hecho”, sostuvo Gladys Dinotto ante el tribunal subrogante integrado por Germán Castelli, Pablo Vega y Alejandro Daniel Esmoris.

La hermana menor de Néstor Dinotto reconoció que a partir del asesinato de su hermano “la vida familiar cambió mucho”. “No fue fácil. Yo iba a venir a estudiar odontología a La plata y desistí porque me quedó la obligación de quedarme con mis padres en Bahía Blanca”, aseguró esta mujer de 57 años.

Walter Fabián Martini, hermano de Graciela, relató a sus 51 años, con un lujo de detalles escalofriante, el allanamiento de su casa en Villa Elisa el sábado 3 de abril de 1976 por un grupo armado parapolicial que apostó vehículos en la puerta y en la esquina, entre estos un Falcon oscuro. “A eso de las 23 horas empezamos a escuchar gritos afuera. Que abramos la puerta. Mi papá no estaba”, empezó diciendo el único integrante de la familia que sigue con vida.

“En eso empujaron la puerta a los golpes y le habían clavado un hacha”, aseguró Martini, a quien pese a su edad al momento del allanamiento uno de los integrantes de la banda le “gatilló en la cabeza”.

“El único de la familia que queda soy yo. En estos cuarenta años tuve la ilusión de un juicio, a diferencia de ellos, que entraron en mi casa con el juicio ya hecho. Ahora ellos están con la posibilidad de una defensa”, sentenció Martini.

La CNU nació a fines de los sesenta impulsada por un profesor de Historia de esta ciudad, Carlos Disandro, como un grupo universitario de choque de ultraderecha que se convirtió en grupo operativo paraestatal al amparo del gobernador Victorio Calabró, pasando a depender del Ejército. Dos años antes del golpe cívico-militar-eclesiástico empezó a llevar adelante su metodología terrorista.

Aunque a la CNU se le atribuye un centenar de secuestros y asesinatos, sólo un puñado ha podido llegar ante los estrados judiciales en Mar del Plata y ahora en La Plata, a más de cuarenta años de cometidos.

Muchos de los casos no fueron tomados en cuenta para este juicio oral y público, como el del médico Mario Gershanik, cuya hermana, Alicia, compareció el lunes con absoluta claridad y serenidad frente a los intentos de la defensa de desestimar su relato.

“Mi hermano fue asesinado el 10 de abril de 1975 por un acto de terrorismo de Estado cometido por una organización que usaba el aparato del Estado”, afirmó Alicia Gershanik, médica que en aquel entonces debió exiliarse en México junto a toda su familia.

Mario Gershanik era pediatra, sindicalista y “defensor de los derechos de los trabajadores”. Aquella noche había atendido un parto en el Instituto Médico Platense. Además trabajaba en el Policlínico del Turf, hoy en día el Hospital Rossi.

“Mario nos decía que estaba preocupado por el clima que se vivía en el sindicato del turf y porque había trascendido que estaba en una lista negra”, contó su hermana. “El terror se estaba implantando en la ciudad”, agregó después.

Por entonces, su hermano vivía en la casa de sus padres, en 50 entre 2 y 3, donde además tenía su consultorio. Al relatar lo acontecido aquella noche, Alicia Gershanik subrayó la connivencia de esa “banda” con el Estado. “Habían liberado la zona a una cuadra del Departamento de Policía”, aseguró.

Ocho hombres muy armados ingresaron a la vivienda rompiendo la puerta con un hacha, precisó, según le relataría poco después su cuñada, fallecida en 1990, y vecinos que detrás de las persianas vieron el operativo.

“Mario sabía cuál sería su destino si salía de la casa. Fue un ataque criminal y cobarde. Se resistió a que lo llevaran y todos le dispararon con todo tipo de armas. Lo asesinaron de una manera aberrante”, afirmó la mujer, antes de hacer una pausa en medio del más profundo silencio de la sala. “A Mario le seguían disparando aun cuando ya estaba muerto, y le proferían insultos antisemitas”, precisó la mujer que entregó al tribunal una carta de su cuñada relatándole lo ocurrido esa noche.

“Me gustaría saber quién decidió el asesinato. Quienes fueron los autores materiales e intelectuales”, insistió con aplomo, antes de asegurar que con el asesinato de su hermano lograban un cometido que era “infundir terror”, de modo que muchos de los colegas médicos de su hermano emprendieron el camino del exilio.

La testigo aseguró que su hermano le había hablado de la CNU. “Mario conocía y sabía el origen de la CNU desde el Colegio Nacional para desarrollar la ideología del profesor Carlos Disando”, sostuvo. “Mario sabía que cuando aparecían cuerpos era la CNU”, aseguró, antes de precisar que por entonces “se conocían el nombra de Castillo y Pomares. Pero la banda estaba integrada por muchos más”.

Tras los reiterados intentos de la defensa por desacreditar el testimonio de Alicia Gershanik, su abogado querellante, Pablo Llonto, afirmó ante el tribunal que “la CNU no cometió sólo siete hechos (NdR: juzgados en este juicio). El accionar de la CNU es parte central de esta causa”.

El tribunal admitió los testimonios que pueden servir para contextualizar el accionar de la CNU, quiénes integraban el grupo operativo y cómo actuaban al amparo del Estado, y en algún momento frenó la actitud de la defensa en su intento por “presionar a la testigo”.

Al igual que el caso de Gershanik, el asesinato de Horacio Urrera, militante de la Juventud Trabajadora Peronista y empleado del Ministerio de Economía, tampoco forma parte de este juicio.

“No puedo dejar de manifestar públicamente mi descontento. Yo tendría que declarar aquí hoy como querellante y no como testigo”, afirmó su hermano, Mario Urrera, quien criticó el accionar judicial. “La Justicia se ha permitido separar y fragmentar una misma masacre”, afirmó Urrera al referirse al secuestro, la noche del 19 de abril de 1976, de su hermano en un operativo en el que también fueron secuestrados Leonardo Miceli y Carlos Satich.

Los cuerpos de los tres muchachos aparecieron acribillados por la espalda y por el frente flotando en el río a la altura de Sarandí.

Mario Urrera fue categórico al afirmar que “Pomares y varios integrantes de la CNU trabajaban en el Registro de la Propiedad y siempre recibían la visita del Indio Castillo. Son múltiples los relatos de su violencia, amenazaban con armas a los empleados. Eran una patota de choque y siempre estaban amenazando a la gente”.

A sala llena, todos los testimonios fueron saludados con aplausos. La emoción estuvo presente y por momentos también el dolor irreparable. “No podemos estar en la cabeza de quienes cometen un crimen tan aberrante”, había dicho poco antes Alicia Gershanik.

Tras ingresar a la sala, Castillo y Pomares saludaron efusivamente con palmas en los hombros a sus abogados defensores, Fernando Guzmán, Oscar Salas y Christian Romano, quienes intervinieron en numerosas ocasiones para obstaculizar las comparecencias de los testigos o para plantear preguntas prácticamente inútiles y obvias.