Por Paula Di Carlo 

El día amaneció nublado en La Plata y la noticia de la aparición del cuerpo de Micaela nos nubló el corazón. La actividad para visibilizar el acoso callejero convocada a las 16 hs en el centro de la ciudad se convirtió rápidamente en un pedido de justicia por otra mujer muerta. Cada 18 horas, una es asesinada en Argentina. Así, igual de rápido, nos llegó la propuesta de una vigilia en cada plaza principal, en cada lugar del país, por ella, por todas.

Micaela militaba, en tiempos donde lxs que militamos cargamos con la estigmatización de los grandes medios hegemónicos. El papá declaró que la veía poco porque estaba todo el día en el barrio y agregó: “Tengo una tranquilidad rara, porque sé que Micaela nos va a seguir guiando. El dolor tiene que servir para cambiar la sociedad. Más allá de lo que uno sienta, se debe seguir el orden institucional, por lo que no se debe hacer justicia por mano propia. Vamos a vivir para tratar de lograr una sociedad más justa, como pretendía Micaela”.

Hablamos con una, con otra, los grupos de whatsapp explotan de comentarios tristes y enojados. Queremos estar con otras, abrazarnos, llorar y hacer lo que mejor sabemos hacer: transformar la bronca y el dolor en militancia. Mientras preparamos cámara, celular y grabador para salir, conversamos sobre el Programa de Salud Sexual desfinanciado por el Gobierno macrista o el intento de sacar 67 millones de pesos del presupuesto para el Concejo Nacional de Mujeres. Mientras tanto, las organizaciones de mujeres seguimos reclamando formación profesional con perspectivas de género para todas las profesiones, incluyendo abogadxs, fiscales y jueces.

El cielo se va poniendo cada vez más negro y en las redes sociales alguien dice que Micaela no se nos fue, nos la arrebataron. La mató un macho hijo fiel del patriarcado, pero también la mató el juez Carlos Alfredo Rossi que dejó libre a José Luis Wagner –cumplió sólo dos tercios de su doble condena por dos ataques sexuales– y ahora es el principal sospechoso de su muerte. Hoy supimos que un informe del Servicio Penitenciario aconsejaba no liberarlo. Recordamos también a Juan Ernesto Cabeza, detenido por cuatro violaciones y liberado ocho años antes de cumplir su condena. Salió y volvió a violar manejando un remis, igual que en los casos anteriores. O Soledad Bargna, que murió víctima de Marcelo Pablo Díaz mientras estaba con salidas transitorias.

“Que tengan cuidado los machistas, la Iglesia y la justicia patriarcal”, gritan las compañeras mientras la Plaza Moreno se llena de paraguas, pilotos, mujeres y abrazos sororos y tristes pero fortalecidos por cada una de las que estamos ahí, y por todas las demás que están en las calles de Gualeguay, Buenos Aires, Tucumán, Olavarría, San Martín, entre tantas otras.

Lucía, Ángeles, Leonela, Candela, Rocío, Melina, Daiana, y la lista sigue. Alguien se acuerda de María Soledad. Su foto es uno de los primeros recuerdos que tenemos muchxs sobre una mujer asesinada por los hijos del poder. Los culpables libres. La impunidad, la misma que en el femicidio de Liliana Tallarico. La lista es interminable. Y mientras tanto, Higui sigue presa, se defendió de más de cinco varones que la rodearon mientras la amenazaban con violarla y empalarla por lesbiana.

La cronología se repite una y otra y otra vez. Una mujer desaparece, la familia reclama, el Estado no da respuestas, la Policía llega tarde y mal, la mujeres organizadas la buscamos, nos movemos, denunciamos y entre nosotras por lo bajo esperamos que ninguna hipótesis sea cierta. Se repite y sin embargo no nos acostumbramos, ni nos vamos a acostumbrar. Ni a que nos maten, violen, peguen, abusen, acosen, ni violenten. ¿Por qué? Porque nos duele. Porque nuestras voces, pero también nuestros cuerpos, gritan: SI TOCAN A UNA NOS TOCAN A TODAS.

La muerte de Micaela, como de muchas otras, tiene nombre, se llama FEMICIDIO. Nos matan porque somos mujeres, porque creen que tienen el derecho a hacerlo, porque la cultura, la Justicia, el machismo les dan ese derecho. Y sí, claro que nos matan por cuestiones de género, pero eso sólo es posible a partir del incumplimiento por parte de los Estados de los convenios internacionales, la falta de políticas públicas que den respuestas a esta problemática, por la negligencia, el silencio, por la inactividad de prevenir que suceda. Entonces decimos, gritamos, que es también FEMINICIDIO.

La marcha llega a la Gobernación bonaerense, ya es de noche y llueve fuerte. Una compañera dice que el cielo llora. Nosotras también.