Por Julián Axat

Time present and time past

are both perhaps present in time future,

and time future contained in time past.

T. S. Eliot, Four Quartets

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Hace un día que estoy en San Miguel de Tucumán. Vine a presentar un libro de poesía que recoge la escritura de José Carlos Coronel, “Aquello que no existe todavía”.[1] De nombre de guerra “Julián”, el “Negro” Coronel, se lo conoce como a un militante fascinado por la escritura de Cesar Vallejo, se presentaba levantando el brazo en alto y diciendo “poeta”. Proveniente de Tucumán, nacido en 1944, había estudiado derecho, partícipe de los procesos de radicalización en torno al Tucumanazo, activista cultural, nacionalista católico, ingresó a FAR, luego estuvo preso en Devoto desde 1970 a 1973 cuando fue amnistiado. Más tarde pasó a Montoneros donde fue asignado a distintas zonas de Buenos Aires.[2] Pero lo que aquí interesa no es tanto la historia de militancia de Coronel, sino el momento de su caída el 29 de septiembre de 1976 en capital federal. Las circunstancias son bien conocidas.

El libro que editamos y presentamos en Tucumán rescata los manuscritos y cuadernos que quedaron dando vueltas en manos de sus dos hijas Lucía y María Coronel. Junto a mi álter ego y poeta Juan Aiub, hace tiempo asumimos la tarea detectivesca de buscar y rescatar toda literatura a medio camino, todo fragmento del pasado que el terrorismo de estado se haya tragado de nuestros padres; el trato de tesoro generacional a estos manuscritos perdidos u olvidados es consecuente con el acto de justicia poética de revalorizar la palabra con el que soñamos rediseñar nuestras propias palabras o las del futuro. Pues tal vez –así lo creímos o ilusionamos- en un puñado de versos pueda residir el enigma de una fuerza extraordinaria, la potencia de un misterio generacional que aun no hallamos. Nuestro Aleph o nuestro santo grial…

Pero como decía, lo que me interesaba no era tanto Coronel, sino su evocación para evocar a otra figura. Hace poco menos de tres semanas recibí un llamado de la Facultad de Periodismo de la UNLP, en el que me pedían colaborar en una futura compilación sobre la figura de Rodolfo Walsh. No sabía qué escribir, ya estaba por rechazar el ofrecimiento cuando apareció el viaje a la tierra del poeta Coronel, entonces apareció Walsh. De esto trata lo que sigue a continuación.

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Ya mencioné que José Carlos Coronel cae el día 29 de septiembre de 1976; es uno de los militantes montoneros muertos en el enfrentamiento ocurrido la esquina de Yerbal y Del Corro, en el barrio de Floresta de la Capital Federal. En el mismo episodio muere la hija de Rodolfo Walsh, Victoria Walsh (“Vicki”), junto a otros tres hombres más. La hija de Vicki, una beba de pocos meses, milagrosamente es la única que se va a salvar y, más tarde, será entregada a la familia.[3] En la “Carta a mis amigos”,[4] Walsh es el cronista del suceso:

“A las siete del 29 la despertaron los altavoces del Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el secretario político Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto: El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba, nos llamó la atención porque cada vez que tiraban una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía… He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo, por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines, empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo. A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego… De pronto –dice el soldado– hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase, en realidad no me deja dormir. -Ustedes no nos matan –dijo–, nosotros elegimos morir. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros.”

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Mi viaje a Tucumán está atravesado todo el tiempo por lo epistolario. La pluma de Walsh narra el episodio de aquel 29 de septiembre de 1976 como observador omnisciente. La historia que cuenta aparece todo el tiempo como escondida en el relato de las hijas de Coronel que se aferran a esas palabras como a una tabla de naufragio. Lucía, la más chica es médica recibida en Cuba, vivió diez años allá y ahora está trabajando en Córdoba, pero con un proyecto cubano de medicina social. Lucía es fresca, divertida, está tan fascinada con los poemas del papá que decidió tatuarse un fragmento sobre su espalda.

En algún momento del viaje, la tabla de naufragio comienza a hundirse, de pronto somos conducidos a las circunstancias relatadas en la Carta entrecruzada a la idea de “versiones”. Pues aun cuando el final de su padre esté relatado por Walsh, me toma por sorpresa, una sensación de distanciamiento.

Lucía me cuenta que esa noche del 29, el cuerpo de su padre fue trasladado junto a los otros cuerpos a la Morgue, y rechazado por los médicos del lugar que olían algo raro. El certificado de defunción de Coronel reza “muerte por arma de fuego”. Su abuela ya fallecida que fue quien le contó, viajó a reconocer el cuerpo de su hijo a Buenos Aires, y cuando llegó vio que el cuerpo tenía un disparo de arma de fuego en la sien. Sin embargo Lucía me transmite como una sensación de descreimiento de lo que su abuela pudo haber visto, y termina diciendo que también se trata de “una versión”. Pero esa versión no ha sido develada aun, los restos de Coronel fueron trasladados al cementerio municipal de Tucumán, y nunca se llevó a cabo una autopsia legal que de precisiones sobre la causa de muerte. Le preguntamos a Lucía al respecto, y nos dice que en realidad nunca se animaron a realizar la exhumación, aunque siga siendo una duda latente que las inquieta. Asimismo menciona “otras versiones”  las que no serían desconocidas por el entorno de Rodolfo Walsh, acerca de la existencia de un testigo que, no es el conscripto, y que vio dos cuerpos que fueron hallados en la parte de atrás de la casa, los únicos en posición de haberse quitado la vida disparándose en la sien. Según la versión de este testigo, se trataría de dos hombres, y no una mujer y un hombre, como sugiere el conscripto sobre el que se basa el relato del escritor a sus amigos.

Si bien los cuerpos fueron identificados más tarde, no se sabe en qué posición fueron hallados cada uno de ellos dentro de la casa (no habría un acta o documento policial o judicial que lo corrobore). En la lógica de esa versión, los dos masculinos (entre los que tranquilamente podría haber estado Coronel si se sigue la versión de la abuela) serían los responsables de la célula, por lo que estaba previsto un escenario de escape por atrás rápidamente; mientras, los restantes combatientes ocuparían sus posiciones defendiendo el frente, unos arriba, otros abajo.

No es claro el lugar donde fuera hallado el cuerpo de Vicki Walsh, como tampoco lo es claro el de ninguno de ellos; pero en la versión de ese otro testigo, una mujer no se quitó la vida a sí misma, fueron dos hombres. Salvo en la versión del conscripto, la “otra” versión que me refiere Lucia hace suponer que Vicki Walsh recibió un disparo del enemigo y no que se suicidó. Para el conscripto Vicki se encontraba en la terraza, mientras que su hija (la hija de Vicki de pocos meses) había sido encontrada dentro de un armario. Al menos resulta algo llamativo que la madre ocupara una posición en la planta alta, y no en un lugar cercano a su pequeña hija.  El problema es que -en esas hipótesis-, toda la Carta se desmorona como castillo de naipes, y con ello la conocida frase “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”.

La pregunta es si Rodolfo conocía otra versión que controvierte la suya basada en los ojos del conscripto, o si tuvo en cuenta el margen de que apareciera con el tiempo ese otro testigo (como parece que apareció).

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“Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”. Me pregunto si un cronista preciso, cuyo método es la duda metódica y la precisión de Operación Masacre para juntar testimonios, es posible que flaquee y surja en el deseo de creencia desde las palabras de un único testigo.

Está su hija y su nieta, es la crónica del final de su hija y una necesidad (épica) para su nieta única sobreviviente. “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”. Quizás allí radique la clave, ese deseo de creencia, más que deseo historiográfico investigativo o judiciario. Es decir, sobre un suelo movedizo de versiones que podrían contraponerse la Carta como despedida, dolor de un padre, el giro literario sobrante, pero no el efecto performático que resalte las caídas de los otros compañeros, que incluye al mismo Coronel, o a Paco Urondo, y por extensión a toda una generación que asume la vida, pero desafía a la muerte.

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Lucía me cuenta que cuando su padre cae, su mamá María Cristina Bustos, estaba en Capital federal escondida con ellas, y quedan a la deriva. Entonces decide acudir a Rodolfo Walsh escribiendo una carta. Desconocemos si ella habría leído la Carta a mis amigos. La carta es el medio (o el fin). Le pide al escritor algún tipo de ayuda. Enseguida Walsh intenta ponerse en contacto con ella, a través de distintos compañeros y con el fin (conjetural) de darle cobijo en San Vicente o bien buscar la manera de sacarlas del país.

Ese contacto finalmente no se produce, aunque en esa instancia de acercamiento comienzan a suceder las distintas caídas de compañeros cercanos, y tarde o temprano, el día 14 de marzo de 1977 la de María Cristina con Lucía de pocos meses (María en ese momento, justo era cuidada por otros compañeros). Ambas son llevadas a la ESMA donde Lucía queda en cautiverio varios días, y luego es dejada en la maternidad del Hospital Elizalde, con una nota con sus datos. La familia Coronel enseguida recupera a Lucía y viajan a Jujuy, donde serán criadas por un tiempo por los abuelos paternos.

Nada más se sabrá de María Cristina; sí que fue vista por sobrevivientes de la ESMA. La carta enviada a Walsh nunca se recuperó, pero Lucía intentó reconstruir a través de Lila Ferreyra y Patricia Walsh, alguno de sus trazos que hablaban de la esperanzas de una vida junto a sus hijas. Al parecer, Walsh se sintió sumamente conmovido por la carta, su preocupación era acompañar a la compañera de Coronel, aquel militante caído junto Vicki, quizás creyendo que se trataba del otro que, ante el final, pronunciara la misma frase.

El juego de las cartas que van y vienen. Rodolfo es capturado el 25 de marzo de 1977, once días después que María Cristina y Lucía.

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Vuelvo a lo mismo. Si hay otra versión testimonial en la que Vicki es asesinada, y no se suicida, entonces hay un contenido de la Carta a mis amigos que se desmorona, y es el épico: “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”. Frase que podría haber sido pronunciada por Coronel. Imaginamos que Walsh no tuvo certezas, pero en una de esas imaginó lo mismo que insinuamos.

La charla con Lucía me lleva a leer la Carta varias veces, tratando de entender esa desfiguración épica (en este viaje ya me obsesioné con la carta). Walsh escribe, “para explicarles cómo murió Vicki y por qué murió.”. Acá la carta es un ensayo auto y extra-explicativo, de tipo pedagógico, de tipo moraleja, es una enseñanza, una traslación de epopeya.

Después de contar el operativo trasladando su ojo, al ojo del soldado omnisciente, dice: “Mi hija estaba dispuesta a no entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Es decir, no era un rapto de locura o desesperación, su hija y sus compañeros, entre los que encontramos a Carlos Coronel, hay una lógica de la racionalidad instrumental del acto que Albert Camus, denomina con premeditación literaria levantar la mano contra sí, un ejercicio controlado de auto-justiciamiento, evitando lo inevitable en ya en las manos del enemigo. Pues  “Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros: la tortura sin límite en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral, la delación. El quiebre, es la delación como último escalón de la degradación moral de un cuadro formado […] Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era hablar, sino caer. El sacrificio del hombre nuevo, es el sacrificio cristiano en el cuerpo militante. Llevaba siempre encima la pastilla de cianuro –la misma con la que se mató nuestro amigo Paco Urondo–. Urondo un poeta amigo, a diferencia de Coronel que si bien Walsh menciona al pasar, seguramente desconocía de su pasión por la poesía. “con la que tantos otros han obtenido una última victoria sobre la barbarie…”.

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El viaje a Tucumán está terminando, escribo en el taxi yendo para el aeropuerto. Estuve solo dos días, y en esa breve estadía, convivimos en casa de “La Turca” René; reconocida militante por los derechos humanos, sobreviviente del operativo en el que cayera Paco Urondo en Guaymallén. Recién antes de salir estuvimos con Lucía y Juan tomando mate en el parque de atrás de la casa, la presentación del libro de poemas de Coronel fue emotiva, estuvieron además de sus hijas como anfitrionas, sus amigos de Hijos, casi toda la militancia de Tucumán. Se leyeron los versos a viva voz. Rubén Elsynger, compañero de los primeros tiempos en Tucumán hizo una extensa semblanza del poeta hasta llegar al operativo del 29 de septiembre. ¿Encontramos a José Carlos Coronel? Yo en realidad siento que gracias a Coronel cada vez más me acerco a Rodolfo Walsh.

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De pronto me doy cuenta que estoy en las mismas pistas que mi compañero, el cineasta Nicolás Prividera, quien quiso llevar a cabo la película sobre el operativo en la calle del Corro, y se quedó en el intento. Ese intento devino los films M y Tierra de los Padres. Suelo polemizar con Nicolás en lo que él llama –hegelianamente– la “Historia” usando mayúsculas, sus apuntes me sirven para re-pensar la Carta desde otro lugar. Nicolás se mete dentro de la Carta a discutir con Walsh, algo que nosotros intentamos infructuosamente más arriba, pero él lo pretende hacer desde la “H”, el especial lugar que significa ser Hijo frente a la Historia (tomo sus apuntes para el rodaje que solo pocas personas conservamos):

“Pensar en el suicidio como última victoria me hace entenderlo como la aceptación del camino sin retorno que habían tomado. Los que fueron fieles –hasta el fin– con la consigna de ‘Libres o muertos’… En cuanto a los otros, los que firmaban esa (y otras) sentencias pero eligieron la vida. ¿Qué decir de esta carta, contemporánea de ese texto? No puedo decir que el dolor lo cegaba: Su estilo es límpido, como siempre) he reflexionado sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino (Curioso cambio temporal: Los que mueren, tenían otro camino: Tenían, pero han elegido el único que no tenía retorno). La respuesta brota desde lo más profundo de mi corazón (Y entonces es el corazón el que responde, mas allá de la meditación) y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero (Otra vez los caminos, equivocados todos, porque) el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado (Justo y Generoso son categorías que no pueden cuantificarse, pero razonado… Aunque es claro que la enumeración conduce precisamente a ese término: No está puesto ahí por casualidad, devuelve a la muerte al espacio de la entrega, al martirio). Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. (Aquí la alegoría cristiana es transparente, y me hace desconfiar tanto como si le hubiera antepuesto un ‘volveré y…’). Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya (Elegir la muerte se confunde con “dar la vida”, y funciona como un modo de arrebatarles la muerte a los asesinos, de imaginar –con ayuda de la Épica– la muerte digna del héroe), y en ese orgullo me afirmo  y soy quien renace de ella.” (Eso dijeron después las madres: “Fuimos paridas por nuestros hijos”, afirmaron. Y eso lo entiendo: Transformar esa inversión –que el hijo muera antes que el padre– en conversión…). Walsh también eligió su camino (marcado entre cartas escritas para quien no podía leerlas –su hija, la Junta–: cartas del porvenir). El camino tenía un solo destino. No podía irse ni dejar de escribir, porque eso hubiera sido huir, y él quería dar testimonio (pero el diario era demasiado íntimo: prefería las cartas. Un modo de hablar por todos sin renunciar a su propia voz)…”[5]

A diferencia de la ensayista Beatriz Sarlo,[6] quien directamente habla de la Carta como mecanismo de “la voluntad de estetizar la muerte” por medio del uso de la violencia; Prividera en su dialogo dentro de la Carta, reconoce el único destino posible de Walsh a partir de la muerte de Vicki; la propia encerrona que se juega a sí mismo en un testimonio final lúcido, como la tercer carta, la síntesis epistolar de la tríada que conforman el punto de inflexión de su escritura, al punto de unirse escritura y vida. La resistencia de Vicki no puede ser leída como un canto a la épica tanática, más cuando es Walsh quien realiza esa crítica a su propia organización.[7]

La Carta a mis amigos es un transito, una antítesis, entre tesis (Carta a Vicki) y síntesis (Carta a las juntas). El transito es un proceso de ascesis personal, un renacimiento (la muerte de Vicki “fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace en ella”);[8] no una operación premeditada en el campo del arte y la política, que, en todo caso, serán éstas como campo específico la encargadas de cincelar el mito del escritor comprometido luego de su desaparición.

Como dijimos, la Carta a mis amigos, no puede ser entendida sin la otra carta, Carta a Vicki.[9] De ella solo extraigo esta frase: Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad…”, y la comparo con la que Walsh coloca en boca de su hija “nosotros elegimos morir”. Se duda si la primera carta es del 24 o 29 de diciembre de 1976, es decir, al cumplirse tres meses de la muerte de Vicki. La segunda fue rescatada de la ESMA por un sobreviviente. La imagen que percibo es la de aquellos que mueren en la noche o aquellos que mueren en la luz.

Percibo un deseo de “creer” en formas de encontrar un final. Como padre (perseguido sin margen de elección) y el del hijo (en el mínimo margen de elección). Dos formas generacionales de morir, dos formas trágicas y dos épicas diferentes ante el enemigo. La alucinación que describe sueño final de la carta a Vicki parece una imagen tomada de T.S. Eliot: Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad”. En esa alucinación (un hombre en el tren le anuncia algo).

 Walsh es como el Ángelus Novus, parado frente a las cenizas de la Historia nacido desde las cenizas de su hija;[10] él tiene la certeza que nunca podría sobrevivir a su hija, se siente condenado aun cuando pueda extender o proyectar su permanencia en el mundo, ya no como militante o escritor, sino como hombre. La carta a Vicki ensaya un dialogo con los muertos y es anticipatorio, a través de la alucinación revela su propio final. El “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”, más allá de la idea de versiones contrapuestas o abiertas, yo la entiendo como parte de una necesaria creencia para poder sostener su despedida, y no como acto de especulación en la fundación del propio mito.

Es la literatura que asume forma de vida, y no una mera posición formal esteticista que queda solo como literatura.  Algo así me dice Juan Aiub, en un mail titulado “Walsh a través de Coronel”. Dice: “Es como si en RW siempre se hubiesen disputado el cronista y el poeta y recién ante la cercanía de la muerte, el poeta aparece en la carta, paradójicamente para desaparecer. Las licencias poéticas con la muerte de su hija, le abren las puertas de la percepción de su muerte…”.

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Con la Carta a Vicki, Walsh muere alucinado (como poeta). La Carta a mis amigos, lo revive en su hija como acto de pura entrega sin especulación o retorno (“Pudo elegir otros caminos… pero el que eligió el más justo, el más generoso, el más razonado”). Para dar paso a su acusación catilinaria, la Carta abierta a la Junta (el acto intelectual más brillante producido durante la dictadura.

Al momento de desaparecer este proceso del escritor se borra para dar nacimiento a un mito que lo excede, receptado por la academia, los organismos de derechos humanos, los seguidores de Walsh en la literatura y en la crónica. Las contradicciones o perplejidades, tratan de volver a interpelar los hechos sobre el que se apoyan la(s) carta(s), no para refutar un sistema de versiones que Walsh da por sentado (Vicki suicidándose) y que –como vimos– está lleno de zonas oscuras. Se trata de abrir una hermenéutica que devele el misterio que contiene como final vida fundida como obra, algo así como la deconstrucción del ready made Walsh no querido.[11]

La pregunta que me hago en el final de este viaje a Tucumán, es la misma que se hacen las hijas de José Carlos Coronel o la que se hace mi álter ego Juan Aiub sentado a mi lado en Aeroparque (acabamos de aterrizar en Buenos Aires). Los detectives salvajes recogemos versiones como pistas sobre las que descansan leyendas y mitos de escritores o poetas a medio hacer. Por eso los buscamos o ahí reside el deseo de búsqueda. Coronel tiene un verso que nos interpela como generación y me recuerda al legado de Walsh por fuera del mito del escritor desaparecido y su obra: a vos te hablo que te quiero tanto / mata a tus padres yo te daré el poema”.[12] Muere Coronel y Vicki, renace Rodolfo. Muere Rodolfo y nacemos de las cenizas de la Carta abierta. Nos toca profanar, des-hacer el mito sobre el vacío. Deconstruir sobre el suelo de versiones y silencios, fragmentos, diarios y biografías. Tal la tarea del detective sobre las pistas aun perdidas o halladas. Encontrar lo humano en el artificio y viceversa. Escribir sobre Rodolfo Walsh ya no volviendo al Rodolfo Walsh pasteurizado. Trazar el recorrido desde el lugar equidistante, buscando al poeta que Walsh no supo era poeta.

A esta altura estoy bastante ensimismado, y vuelvo a la Carta a mis amigos de Walsh, en el mensaje para Lucía y María y del que se sostuvieran por mucho tiempo para duelar a un padre que no conocieron, aunque ahora tengan un puñado de poemas en forma de libro. Lucía me contó sobre su trabajo, entonces surge como un destello y salgo de mi ensimismamiento. Ella ya había hablado de sus estudios de medicina en Cuba y de la delegación de médicos cubanos que desde distintas fundaciones hacen medicina preventiva y oftalmológica para gente de la tercera edad en las villas de la ciudad de Córdoba. De lo que no me había percatado era del tipo de trabajo militante que hacía Lucía. Formada en la línea del “Che”, su tarea cotidiana consiste en salir a buscar a sus pacientes entre la gente humilde, y por medio de una sencilla intervención quirúrgica, devolverles la vista. Lo que me llamó la atención es la estadística que maneja; de las personas mayores de 60 años de todo un barrio cordobés, un 70% puede tener todo tipo de problemas de visión, desde cataratas a presbicias, pasando por hipermetropías y astigmatismos, etc. Lucía y su pequeño equipo de médicos hacen el relevamiento inicial, y después practican las breves intervenciones con cirugía láser. De un día para otro, las personas recuperan la vista. Algo que es un negocio para la corporación oftalmológica argentina, y un elevado costo para la tercera edad de la clase media y alta; ellos lo practican como una función social solidaria en forma masiva y gratuita. La tarea es casi anónima, invisible, de hormiga. El gobierno argentino apoya, pero sabe que la corporación médica no quiere largar su negocio, por lo que Lucía y su equipo se mueven en silencio, pero llevan más de 36 mil intervenciones. El resultado es tomado como un milagro, cantidad de gente mayor entregada a una visión borrosa del mundo, naturalizada a ver con un ojo; o, simplemente postrada por haber perdido la vista, vuelven a nacer.

La función del poeta es abrir las puertas de la percepción. La función de dar luz, “iluminar”. Eso seguramente lo sabían José Carlos Coronel y Rodolfo Walsh que habían leído a William Blake y a Rimbaud. Lucía con 37 años, cumple la función de la poesía. Y ese es el legado de su padre. Tal vez un legado parecido, así de simple y así de ascético, debo buscar en Rodolfo Walsh.


[1] Libros de la talita dorada, colección Los Detectives Salvajes, 16. El libro fue presentado en la librería Paco Urondo, San Miguel de Tucumán, 25 de abril de 2014.

[2] Sobre la historia completa de Coronel véase Palabras de Rubén Elsinger, 25/4/2014: http://coleccionlosdetectivessalvajes.blogspot.com.ar/2014/04/texto-sobre-jose-carlos-coronel.html

[3] Sobre el destino de la niña, lo cuenta el propio Walsh en la Carta a Emiliano Costa, yerno de Walsh y en ese momento detenido. “Al morir Vicki la niña quedó en manos del ejército. Después se la dieron a tu padre. Vicki quería que estuviese con nosotros. Hoy eso no parece posible sin desatar un conflicto familiar cuyas proyecciones son difíciles de calcular…”. Rodolfo Walsh, Ese hombre y otros papeles, Seix Barral, 1996, pp. 242/243.

[4] Rodolfo Walsh, ob. cit, pp. 243/246.

[5] Restos, un hijo de desaparecidos en búsqueda de su Historia. Texto inédito.

[6]  Beatriz Sarlo. “Una alucinación dispersa en agonía”. En Punto de Vista, n° 21.Agosto de 1984, pp. 1-4.

[7] Como dice su biógrafo Eduardo Jozami “Walsh reclamaba inútilmente a la conducción de Montoneros el abandono de la estrategia militarista, por eso creyó en la necesidad de la violencia –como buena parte de la militancia de la época–para enfrentar una política que desde 1955 se apoyaba en la activa presencia de las Fuerzas Armadas en el gobierno y la represión, pero los textos citados de su correspondencia a la conducción de Montoneros muestran que en su razonamiento la política ocupaba el lugar central”. Y yo agrego, que en esa perseverancia, mal podría estetizar la muerte de su propia hija justificando un sesgo hacia la violencia, cuando la criticaba como desvío militar, en un viaje sin retorno funcional el espiral del terror.” Véase Rodolfo Walsh, Ese hombre y otros papeles, Seix Barral, 1996, pp. 241/242.

[8] Sobre el proceso de ascesis, véase Daniel Link, Negatividad, Clases literatura y disidencia, Norma, 2005, p. 303.

[9] “Querida Vicki: La noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Estábamos en reunión cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé con ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo. Después les dije a Mariana y Pablo: ‘era mi hija’. Suspendí la reunión. Estoy aturdido. Muchas veces lo temía. Pensaba que era excesiva suerte no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados. Sí, tuve miedo por vos, como vos por mí, aunque no lo decíamos. Ahora el miedo es aflicción. Sé muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas. Me quisiste, te quise. El día que te mataron cumpliste 26 años. Los últimos fueron muy duros para vos. Me gustaría verte sonreír una vez más… No podré despedirme, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizás te envidio, querida mía. Hablé con tu mamá. Está orgullosa en su dolor, segura de haber entendido tu corta, dura, maravillosa vida. Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad. Hoy en el tren un hombre me decía: ‘Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año’. Hablaba por él pero también por mí…”

[10] María Moreno es quien mejor ha analizado esta relación edípica, del padre que renace de la muerte de la hija, véase “Poner la hija”, Boletín de la Biblioteca del Congreso de la Nación, 120. Buenos Aires, 2000.

[11] Celina Artigas, encargada de recopilar los textos que vayan en un futuro libro sobre Rodolfo Walsh, me escribe un mail y me pregunta cómo vengo con lo mío. Me copia una cita del escritor Juan Forn, en la que dice algo que viene como anillo al dedo a lo que estoy escribiendo: “si esperamos más elocuencia aun de su figura (digo, más elocuencia de la que ya hay en la suma de páginas que escribió a lo largo de su vida) hará falta alguien que dialogue con la leyenda hasta deconstruirla, intentando hasta donde pueda reflejar el propósito que tenían los actos de Walsh antes de que se amplificaran épicamente, a la luz de lo que le sucedió después, y mostrando todas las facetas (no sólo las etapas sino las facetas) de esa milimétrica evolución, incluyendo especialmente las que plantean más contradicciones o perplejidades. Es fácil decirlo, por supuesto: por esa misma razón (la distancia que va del dicho al hecho), el gran libro que tantos esperamos sobre Rodolfo Walsh aún no ha sido escrito…”. Irlandeses detrás de un escritor, Suplemento Radar, Página/12, 22712/2002.

[12] En “Aquello que no existe todavía”, la talita dorada, LDS, p. 37.