Por Lisandro Gambarotta

La militancia política revolucionaria durante las décadas de los sesenta y setenta en Argentina tuvo diversos frentes de lucha, y la cultura fue uno de ellos. El cine fue una herramienta de trabajo especialmente valorada en determinados sectores para acercarse a las masas y provocar debates de fondo sobre la realidad vigente en aquel momento. Las grabaciones debían ser clandestinas o en condiciones poco similares a un tradicional set de filmación, pero el enorme compromiso de los equipos de trabajo era más fuerte que los impedimentos materiales. Los esfuerzos generaron obras emblemáticas que aún hoy siguen siendo materia de estudio y reflexión para entender la historia de nuestro país. El terrorismo de Estado desapareció a tres realizadores cinematográficos y asesinó a otro, pero sus creaciones artísticas trascendieron la muerte.

Cine de la Base

Desde su infancia, Raymundo Gleyzer estuvo influenciado por las luchas populares. Sus padres eran hijos de inmigrantes rusos y militantes comunistas. Su nombre se lo debe a un guerrillero francés, Raymond Guyot, líder maqui asesinado por los nazis. Su afición, desde joven, por el cine lo decidió a estudiar esa carrera en La Plata, y rápidamente mostró interés por el cine testimonial, siendo su referente local Fernando Birri y a nivel internacional Joris Ivens. Entre los años 1963 y 1966 realizó –acompañado siempre por su esposa, la sonidista Juana Sapire– documentales de carácter etnológico cargados de denuncia. En 1964 filmó en Brasil La tierra quema, en donde desarrolló la historia de las Ligas Agrarias del noroeste de ese país. En 1965 logró un permiso especial y contratado por el noticiero Telenoche de canal 13 viajó solo a las Islas Malvinas, convirtiéndose en el primer periodista argentino que filmó allí.

En 1970 filmó México, la revolución congelada, un análisis histórico y sociopolítico de la realidad de ese país: qué come el mexicano, dónde y cómo vive, en qué piensa, cómo surgió la burguesía y cuáles son sus bases de sustentación son los interrogantes que recorren la obra. Una investigación en profundidad le permitió anticipar en veinte años un conflicto histórico: la pobreza extrema que padecían los indígenas del estado de Chiapas. Las escenas finales retratan la masacre de la Plaza de Tlatelolco, sucedida el 2 de octubre de 1968, donde las fuerzas represivas asesinaron a cuatrocientas personas.

Iniciada la década del setenta, Gleyzer se planteó comenzar a tener una acción política más concreta. Su formación referenciada con el Partido Comunista le generó fuertes diferencias con el peronismo, por lo que decidió sumarse al Frente de Trabajadores de la Cultura (FATRAC), una iniciativa del entonces PRT-ERP. Pese a que el FATRAC duró poco tiempo, él logró consolidar un grupo de trabajo con el realizador Álvaro Melián, el sonidista Nerio Barberis y su compañera de vida Juana Sapire. Junto con ellos realizó dos “comunicados” filmados sobre acciones del ERP, uno en el frigorífico Swift de Rosario y otro sobre la toma del Banco de Desarrollo.

Tiempo después el grupo definió la realización de un film sobre la acción del sindicalismo burócrata y corrupto en la Argentina. Su idea era abrir un debate, construir un discurso cinematográfico que estuviera ligado a las luchas sociales. La imposibilidad de registrar de la realidad ese tipo de hechos los decidió a intentar por la ficción. Entonces adaptaron “La víctima”, un cuento de Víctor Proncet, basado en un hecho verídico: el autosecuestro del dirigente sindical peronista Andrés Framini para ganar unas elecciones internas. Durante seis meses realizaron entrevistas a trabajadores de fábricas, jefes de personal, gerentes, empresarios y se contactaron con los principales dirigentes de la CGT de los Argentinos. Pero les faltaba algo: el testimonio directo de un sindicalista poderoso. Haciéndose pasar por periodistas de la televisión holandesa, lograron una entrevista con Lorenzo Miguel, quien les aportó abundante información y uno de los diálogos más recordados del film: “En política hay que hacer como Palito Ortega, que actúa, después se retira y vuelve”. La filmación se realizó entre los años 1972 y 1973, en condiciones extremas: en la clandestinidad, cambiando todos los días de técnicos y sin apoyo del PRT debido al encarcelamiento de Santucho.

Como su obra lo atestigua, Gleyzer se planteaba desde hacía varios años al cine como una herramienta para la transformación de la realidad, y con Los traidores ya terminada surgió la necesidad de llegar a los trabajadores, de lograr que los films sean del pueblo, por lo que en el año 1973 nació Cine de la Base, un grupo que se encargaba tanto de producir como de distribuir sus propias realizaciones audiovisuales. Ese mismo año realizaron Ni olvido ni perdón, donde explicaron los verdaderos hechos detrás de la Masacre de Trelew, con material inédito para la época.

En 1974 filmaron Me matan si no trabajo y si trabajo me matan, un cortometraje que refleja las brutales condiciones de trabajo en la fábrica metalúrgica INSUD, donde  muchos obreros enfermaron o fallecieron por estar en contacto con plomo. Finalmente, el 27 de mayo de 1976, Gleyzer fue secuestrado de su hogar por un grupo de tareas militar. No sólo se lo llevaron a él, también robaron dinero, discos, diapositivas, libros y un televisor, pero ninguna de las latas con toda su obra. En su honor se declaró el 27 de mayo como el Día del Documentalista.

El Tigre

“Pensar en los Cedrón significa una tal cantidad de cosas que no sabe por dónde empezar. La única ventaja para Lucas es que no conoce a todos los Cedrón, sino solamente a tres, pero andá a saber si al final es una ventaja. Tiene entendido que los hermanos se cifran en la modesta suma de seis o nueve, en todo caso él conoce a tres y agarrate Catalina que vamos a galopar”, reflexiona Julio Cortázar en su cuento “Lucas, sus amigos”, parte de su libro Un tal Lucas, publicado en el año 1979. El escritor compartió, como él cuenta, una gran amistad con los hermanos Cedrón (reconocidos artistas de gran compromiso político) durante los años que estuvieron en París.

Jorge Cedrón –también conocido como ‘el Tigre’, porque “parece que de chico yo era un poco rayado”, dijo alguna vez a la prensa– fue cineasta y debió exiliarse en la capital francesa, donde finalmente murió en 1980 en sospechosas circunstancias, lo que provocó que se considere su muerte como una acción de la dictadura militar argentina en el exterior.

“El Tigre”, como sus hermanos, fue un convencido militante peronista que empezó su carrera cinematográfica en el año 1963 con el cortometraje La vereda de enfrente, donde un muchacho acompaña a otro a iniciarse con una prostituta de la Isla Maciel. Le siguió El otro oficio, un mediometraje realizado en el año 1967 que tiene como protagonista a un muy joven Héctor Alterio, representando a un hombre en busca de trabajo que sufre diversas desdichas. Cedrón desarrolla la problemática planteando sus causas de fondo, jugando con los tiempos del relato, el uso de la voz en off e inusuales ángulos de cámara. En 1970 llegó el primer largometraje, llamado El habilitado, nuevamente con Alterio, junto con Ana María Picchio y Walter Vidarte, entre otros. Ambientada en Mar del Plata, donde el director pasó parte de su vida, la película narra la historia de cinco empleados sumergidos en el sótano de una gran tienda, tratando cada uno de sentirse mejor que el otro gracias a ventajas miserables.

En el año 1971, financiado por el Instituto de Historia Militar Argentina y el Banco Ciudad, realizó el documental Por los senderos del Libertador, un audaz retrato revisionista sobre la trayectoria europea del General San Martín. Cedrón era yerno de Saturnino Montero Ruiz –presidente del Banco Ciudad e intendente de Buenos Aires durante la dictadura de Lanusse–, quien ya le había encomendado trabajos publicitarios para el Banco, y ofició de nexo con el militar para que el cineasta fuera designado al frente del film, donde se retrataron diversos escenarios de España, del norte de África, de Bélgica, Francia e Inglaterra. Las escenas de batalla fueron dibujadas por Alberto Cedrón, hermano del director, por lo cual el film reúne animación y filmación documental. Lanusse la definió como “una verdadera obra de arte”, y “el Tigre” pudo continuar con su verdadero plan: desviar gran parte del financiamiento para la realización de su sueño, la obra que lo consagraría en la historia del cine argentino: Operación Masacre.

“El propósito de hacer Operación Masacre fue, primero, entender yo mismo qué era el peronismo y luego entender en profundidad el significado del movimiento y de la lucha de clases. Aprendí mucho con la película. A veces me encontraba con paredes que no podía saltar, por falta de conocimiento. Pero esto fue un estímulo para aprender”, declaró Cedrón a la prensa años después del estreno de su versión cinematográfica del libro homónimo del periodista Rodolfo Walsh, quien participó en la adaptación. Los fusilamientos de los militantes peronistas en los basurales de José León Suarez en junio de 1956 fueron un hito clave en la historia política de nuestro país. Además de la enorme repercusión que provocó el libro de Walsh, el film pasó a la historia por varias razones: se grabó en 1971 y fue la primera experiencia argentina de cine político filmado en la clandestinidad; sus actores –entre los que se encontraban Norma Aleandro, Carlos Carella y Víctor Laplace, entre otros– y técnicos arriesgaban su vida en cada rodaje; además participó Julio Troxler, quien interpretó su propio papel por ser uno de los fusilados sobrevivientes en la realidad. Tanto esfuerzo tuvo el resultado que esperaba el director: se estrenó, también de forma clandestina, en el año 1972, en barrios, villas, escuelas e iglesias aportando al trabajo de base que los militantes revolucionarios de distintos movimientos gestaban por la época.

Jorge Cedrón se fue de nuestro país el 22 de agosto de 1976, junto a sus dos hijos y su mujer, para exiliarse en París. En el año 1978 fue convocado por el dirigente montonero Mario Firmenich, también exiliado en Francia, para filmar Resistir, una larga entrevista donde el joven líder analizó la represión vigente en Argentina en aquel momento y dio su perspectiva histórica sobre el siglo XX. El último film de Cedrón, también realizado en Francia, fue Gotán, donde, con la participación del cuarteto Cedrón, liderado por su hermano Juan –conocido popularmente como ‘Tata’– representa la génesis del tango en relación con la historia política argentina.

 Ya es tiempo

De fondo suena el tema “Rocky Racoon” de The Beatles, musicalizando un clip de imágenes que ilustran la visita, en el año 1969, del enviado del presidente Richard Nixon a la Argentina: Nelson Rockefeller. Las fotos fijas de los funcionarios del Gobierno de facto de Onganía sonriendo junto a la visita se contraponen por montaje con los retratos del pueblo en las calles saludando a su manera: incendios, bombas y fuertes enfrentamientos con las fuerzas represivas. Este original segmento audiovisual pertenece al film Ya es tiempo de violencia (1969), mediometraje donde el realizador Enrique Juárez presentó un profundo y comprometido trabajo sobre los hechos que provocaron el Cordobazo. Producido en la clandestinidad y sustentado en materiales de archivo de noticieros, extiende también su análisis a otras luchas obreras y estudiantiles de Latinoamérica. El reconocido actor Héctor Alterio participó, como lo había hecho con Jorge Cedrón, en esta caso leyendo una carta que el dirigente sindical Agustín Tosco escribió desde la cárcel, en donde analiza los enfrentamientos entre las fuerzas represivas y los trabajadores.

Enrique José “Quique” Juárez fue parte de la conducción de Luz y Fuerza, fundador de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) y jefe de la “columna norte” de Montoneros. Además formó parte del grupo Cine de Liberación, junto a ‘Pino’ Solanas, Octavio Getino y Gerardo Vallejos, entre otros. Fuerzas del grupo de tareas de la ESMA lo mataron junto a otros de sus compañeros el 10 de diciembre de 1976, al parecer cuando se resistieron a su secuestro.

Szir

Pablo Szir fue publicista, cortometrajista y también formó parte del grupo Cine de Liberación. La militancia desde el cine lo llevó a ser el director de dos realizaciones audiovisuales. El largometraje Argentina, mayo de 1969: los caminos de la liberación reúne varios cortometrajes de diversos directores, quienes desde su propia perspectiva analizaron las causas y consecuencias del Cordobazo para la sociedad argentina, poco tiempo después de sucedidos los hechos. Se formó un colectivo audiovisual alrededor del film y sus integrantes se autodenominaron Realizadores de Mayo. Entre ellos se encontraban Octavio Getino, Humberto Ríos, Eliseo Subiela, Rodolfo Kuhn, Jorge Mártin “Catú”,  los hermanos Enrique y Nemesio Juárez y el propio Szir. Por supuesto, las filmaciones y exhibiciones fueron clandestinas. El otro largometraje de Szir fue Los Velázquez, que hasta la fecha se encuentra perdido. Szir militó en la organización Montoneros hasta que fue capturado el 30 de octubre de 1976.

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Cedrón en la sala Gaumont

Del 20 al 26 de marzo se proyectará en el cine Gaumont una retrospectiva de siete películas restauradas del director Jorge ‘el Tigre’ Cedrón. Además se va a realizar la presentación de la edición –no a la venta, porque el único propósito es la difusión cultural– de estas películas en DVD y en blu-ray.

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El coleccionista e investigador Fernando Martín Peña es una personalidad central para entender y analizar el cine militante de los setenta y sus protagonistas. Escribió dos libros claves sobre el tema: El cine quema, Raymundo Gleyzer (2000), con la colaboración de Carlos Vallina, y El cine quema, Jorge Cedrón (2003).  Sostiene que los films de estos directores y de sus colegas eran herramientas de instrucción política “porque ofrecían contrainformación, estaban pensadas para dar a conocer lo que callaban los canales públicos, los diarios y lo que la censura prohibía. Cumplían ese rol político y militante fundamental”.

-¿Cómo murió Jorge Cedrón?

-Lo matan en la sede de la Policía Judicial francesa de no sé cuantas puñaladas, y después dijeron que se suicidó. Entonces la versión oficial resulta inverosímil, da la impresión de que fue un asesinato, y no hay mucho más que se puede conjeturar.

-Por su amplia y profunda obra, ¿Gleyzer fue el más vanguardista de los cuatro directores?   

-Todo el movimiento de cine militante fue vanguardia, por ser parte de una vanguardia política, con los distintos matices que eligió cada uno según su agrupación. Gleyzer, por ser marxista, se ubicó fuera de los dogmatismos que había en el momento en relación con el peronismo, que no se concebía sin Perón. Hizo Los traidores pensando de antemano que la iba a ver un público peronista, pero no sintiéndose un esclarecido y menospreciando a sus espectadores, sino para mostrar cómo las limitaciones de la doctrina justicialista se expresan por ejemplo en el proceso de corrupción de sus líderes sindicales.