Por Ana Carbonetti*

Si pueden extraerse dos significantes sobre los que se ha reorganizado el proyecto neoliberal son “mujer” y “pobreza”. Incluso, si realizáramos el ejercicio de conjugación de un término con otro, la resultante sería el sujeto histórico más golpeado por los vaivenes de la política: las mujeres pobres.

Así, transversal a todos los Gobiernos, incluso a los populares, las mujeres pobres suelen ser el frente de batalla, dispuestas como escudo humano para cubrir a otrxs, sin mucha más opción que el cuerpo y el destino clasista que les tocó en suerte (mala, para ellas).

Pero, antes de bucear en la tormenta de nuestro propio análisis, dejemos algo en claro: no da lo mismo un Gobierno popular que uno conservador. Para las mujeres, el anterior era un Gobierno de conquista y de disputa, pero siempre de avanzada. El actual Gobierno es de trinchera, de defensa y resistencia, de retroceso. El carácter transversal de las violencias a las que haremos mención estará referido a las estructuras patriarcales sobre las que se sustenta el capitalismo.

La cacería 

Hay algo que las mujeres no pudimos prever de este Gobierno y fue la cacería. Sí, la cacería. Esa búsqueda, casi a ciegas, instintiva, primitiva, de una bestia sobre una presa frágil, desprovista de armaduras, para luego ser devorada. Y así las manadas se anotician del peligro y de los riesgos de salir a la intemperie, a los terrenos extensos de la jungla donde manda otro; con o, no con x, porque el que manda, el jefe, el patrón, siempre es macho y es blanco.

pastedGraphic.png El caso Emilia Uscamayta Curí

Enero de 2016 arrancó con Emilia Uscamayta Curí muerta. O, mejor dicho, asesinada. “La corrupción mata”, dice un cartel que exige justicia por Emilia. Los puedo ver en las marchas, en la Facultad, en las mesas de las organizaciones políticas que acompañan la causa.

En 2017, un día después del Paro Internacional de Mujeres, el Concejo Deliberante de La Plata se mostraba reticente a que se desarrollara un reconocimiento a la lucha impulsada por Eugenia Curí, la mamá de Emilia. La jornada finalmente se realizó en calidad de sesión extraordinaria impulsada por el FpV.

Como ya lo señaló en otras ocasiones Contexto, la figura de Emilia Uscamayta Curí se convirtió, en el transcurso del último año, en un símbolo de lucha contra la impunidad del poder empresarial en complicidad con la negligencia de funcionarios del propio Gobierno municipal y que, hasta el día de la fecha, no posee ningún avance sobre la causa.

Durante la sesión extraordinaria, la concejala Florencia Saintout señaló la necesidad de reconocer la lucha de Eugenia Curí como “el único reaseguro para mantener viva la memoria y combatir la impunidad”. Porque las mujeres también debemos pelear –y aquí se suma el tercer significante– contra el olvido.

Si partimos del supuesto –y a esta altura de la historia ya es una certeza– de que los proyectos conservadores tienden a deshistorizar o, en verdad, a exterminar la propia historia, podemos inferir que aun después de la muerte es preciso que existan quienes vuelvan a parirnos en la lucha.

Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas” (Rodolfo Walsh).

Cuando hablamos de Emilia damos por sentado lo que ya sabemos: Emilia era militante política, de raíces bolivianas, padre aymara, madre quechua. Emilia no era ni tan rubia, ni tan blanca ni tan europea como las muchachas que aparece en las fotos de Facebook del gobierno PRO.

Emilia no aparece en las fotos ni en los programas de justicia del gobierno PRÓfugo de Julio Garro que, luego de su asesinato, sólo pudo decir por Twitter que el Municipio se sentía “damnificado”.

“los jóvenes creen que la noche es un territorio de libertades por fuera del poder del Estado y de los adultos, la diversión nocturna está regulada fuertemente por el mercado. No hay en la noche libertad ni emancipación, sino negocios y lucro que imponen sus leyes con seguridades privadas llamadas patovicas. Son las reglas del lucro transformadas en cultura, sentido común, las que deciden quién entra y quién queda afuera en un bar o en una fiesta. La mayoría de los jóvenes saben de los principios discriminadores de la noche: a qué lugar sí pueden entrar de acuerdo a procedencias sociales, contactos, géneros portados en el cuerpo, y en qué lugares les está vedada la entrada. Cuáles son los sitios para unos y cuáles para otros. Y los jóvenes de sectores populares tienen absolutamente claro qué tan violentas pueden ser las consecuencias de pasar la raya” (Florencia Saintout en Página/12, “Una más”).

Así puede organizarse un primer circuito significante macabro: mujeres, pobreza, olvido, clandestinidad, jóvenes, negocio, noche. Circuito que traza las tramas sobre las que se mueve de modo sistemático el neoliberalismo en relación con las mujeres.

Y así van, bajo un programa de gobierno, este elenco de cínicos, alternando entre unos términos y otros pero siempre en el mismo recorrido; la mayoría de las veces acierta en un mismo final de muerte.

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El caso Pamela Macedo Panduro

Pamela tenía veintinueve años, era peruana y murió privada de su libertad el 1° de enero de 2017 en el hospital “Mi Pueblo” de Florencio Varela, donde se encontraba internada desde el 28 de diciembre de 2016. Pamela era militante política de OTRANS y había sido la ganadora de Miss Latinoamérica Trans en 2014.

Había sido trasladada desde la Unidad 32 del Servicio Penitenciario Bonaerense, lugar en el que había estado luego de las reiteradas denuncias que el colectivo OTRANS había realizado sobre su detención en una comisaría de Ensenada que no estaba en condiciones de alojar a ninguna persona privada de su libertad.

“Estuvo más de un mes […] sin comida y sin medicamentos. La compañera tenía una enfermedad crónica y el Estado tiene que dar respuestas porque en definitiva la Justicia fue tan cruel que la terminó matando” (Claudia Vazquez Haro, referenta de OTRANS).

A principio de su gestión en 2016, Julio Garro, en una entrevista en la 221Radio aseguró: “No se me ocurre darle trabajo a un travesti; en todo caso podría ofrecerles ayuda psicológica”; “Si avalo eso, tendría que avalar a los delincuentes”; “Yo he pasado muchas veces por ahí con mis hijas y están los travestis en bolas, es una cosa… Aparte, no es eso sóolo, es todo lo que eso conlleva, la droga, venden droga, a la gente que vive en ese barrio le orinan las puertas de las casas”.

Así el poder político local anticipó, a los pocos días de asumir, lo que vendría después: las razias. La política municipal fue clara en ese aspecto: primero los despidos y la represión, después la persecución, y por último el encarcelamiento y las golpizas desmedidas, sometiendo a las personas trans a condiciones infrahumanas que, como anticipábamos un poco más arriba, terminaron en muerte.pastedGraphic_3.png

Ya lo mencionaba Rapisardi en otra de las notas de este compilado que ensayamos para intentar leer la ciudad neoliberal: el macrismo siempre fue repulsivo en temas de orientación sexual e identidad de género.

Para nuestras sociedades patriarcales, los cuerpos trans, las travas, rompen la veladura imaginaria que esconde la falta, la fragilidad y la finitud. Entonces son cuerpos e identidades negadas, son ubicadas en otro lugar que no sólo no encaja en el orden de lo existente, sino, aun más, son ubicadas –con el impulso del odio a la otredad– en el epicentro de la discriminación.

El discurso del orden encarna en los sujetos a través de lo imaginario, así el poder se produce y se reproduce sosteniendo el sistema social a través de la historia. Las Diana Sacayán, las Lohana Berkins, las Marlene Wayar, las Pamela Macedo Panduro, rompen un sistema discursivo heteronormado.

“Las travas peleamos por tener un trabajo, por tener otras opciones a la prostitución. Queremos trabajar y para nosotras es mucho más que ganar para comer, es también ganar la dignidad”, decía Diana. Las travas, a fin de cuentas, dan pelea contra aquel discurso del orden que las invisibiliza, las torna abyectas, las niega en su mismísima existencia.

Y como igual existen y son esos cuerpos monstruosos los que derriban la falacia construida sobre las sexualidades, que atentan contra la cultura del no placer, del goce obturado, de la censura del sexo como territorio de exploración y búsqueda, se las estigmatiza. Como si para el intendente fuera necesaria cierta representación del mal con el fin de repudiarlo y recuperar la cohesión social.

En términos de Judith Butler, la puja es por demostrar qué cuerpos representarán la democracia. En esta democracia, donde las personas trans como Pamela tienen derecho a recibir un DNI incluso de la mano de una presidenta, los cuerpos trans son reconocidos. Al menos en los papeles. Pero en el orden de lo social ese reconocimiento que da un DNI no es suficiente: Diana luchaba para revertir eso. Pamela y todas las militantes, también.

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Nuestra inscripción en lo simbólico, en la cultura, es violenta, en cuanto nos es impuesta. Pero cuando hay un poder que la refuerza, que la avala y que hasta la legitima desde el desfinanciamiento de los programas, el cierre de los refugios o la banalización de las problemáticas sociales en clave de género, la violencia recrudece.

En noviembre de 2017 el Municipio presentó el Sistema Integral de Atención y Prevención contra la Violencia de Género. En el acto también se presentó la puesta en marcha a nivel local del Plan Integral de Género, un programa del Gobierno de la provincia de Buenos Aires que incluye la línea 144, que se inaugurará con un “call center” local.

En el acto, Julio Garro fue presentado como “el intendente feminista”, y dijo que “todas las mujeres cuentan con este intendente para protegerlas, porque soy padre y soy esposo y las mujeres son un regalo maravilloso”.

El Gobierno de Garro no implementa el proyecto de ordenanza de las consejerías en salud sexual, los protocolos de aborto legal ni la ley de cupo laboral trans. Un 10% de los femicidios de la provincia de Buenos Aires ocurren en la ciudad de La Plata.

La violencia contra las mujeres es el síntoma social de nuestro tiempo. El modelo fundante es la violencia hacia las mujeres, es el modelo de la dominación de un género sobre otro. El síntoma violencia, aplicado a las mujeres, es también parte del entramado de tres órdenes: el orden premoderno, el moderno y el contemporáneo.

Esos tres órdenes, en clave lacaniana, son discursos que ordenan el lazo social. El orden premoderno refiere a estatus, el orden de la modernidad refiere al derecho, lo constituyen ideales de inclusión universalizante que se esconden tras el velo de una supuesta inclusión pero que en verdad buscan la normalización.

La ciudad reiniciando y debajo la obra en peligro es básicamente eso. De eso hablamos cuando decimos que el ajuste es violencia. O cuando hablan de la pesada herencia, de los ñoquis y las feminazis. El que habla es entonces ese orden universalizante, hablan las razias hacia las trans y las razias que se llevan detenidas a mujeres que marchan en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Ni “feliz día chicas”, ni abrazo ni rosas. Somos trabajadoras en pie de lucha.

El feminismo no es una calcomanía que se pega en un auto. Las pibas que mueren en abortos clandestinos no son una cuestión de pañuelo verde. Ser trans no es sinónimo de delincuencia ni narcotráfico. El género no es tema de call centers, es una cuestión de justicia social.


* Militante feminista, trabajadora de la Secretaría de Género y docente de Técnicas de Análisis del Discurso.