No fueron trolls… fue la protesta social en las calles del país

Los mensajeros pagados con fondos públicos por el Gobierno de Macri para desprestigiar, estigmatizar, denostar a todos aquellos que no van en su dirección no están dando los resultados esperados porque las redes sociales no pueden impedir que la gente muestre públicamente su descontento.

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Por Gabriela Calotti

Esta vez no fueron trolls pagados por el PRO con el dinero público. Esta vez, durante tres días consecutivos, fueron decenas de miles de ciudadanas y ciudadanos que salieron a las calles para decirle al Gobierno de Mauricio Macri y de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires que rechazan el magro 18% ofrecido a los docentes; que la clase trabajadora en su conjunto está cansada de pagar el ajuste que le impone Cambiemos desde hace quince meses, y que las mujeres de este pais no vamos a soportar ni una muerte más por violencia machista y exigimos un presupuesto acorde a las políticas de género impulsadas en los ultimos años.

El lunes pasado, más de 70.000 personas, maestros en su mayoría, pero también padres, alumnos y ciudadanos de a pie, participaron de una movilización convocada por la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (Ctera) y por los gremios de docentes bonaerenses frente al Ministerio de Educación de la Nación, que decidió no abrir la paritaria nacional en el sector, que servía de parámetro para los acuerdos salariales del resto del país. Al día siguiente, entre 150.000 y medio millón de personas, según diversas estimaciones, respondieron a la convocatoria de la CGT, confiando que allí la mayor central obrera del país anunciaría la fecha de un paro general.

El broche de oro de las protestas callejeras llegó el miércoles, con una masiva movilización esencialmente de mujeres que en el Día Internacional de la Mujer gritaron “Con vida nos queremos”, convocadas por el colectivo #NiUnaMenos.

Las amenazas procedentes de los servicios de inteligencia contra él y su familia que recibió por mail Roberto Baradel, dirigente de SUTEBA y uno de los principales motores de la protesta docente, que incluyó una huelga que se extendió durante toda la semana, no frenaron la decisión de los maestros de salir a la calle, aun con la perversa advertencia de la gobernadora Vidal de que descontará los días de paro, unos 650 pesos como mínimo por día, pese a la segunda intimación de una jueza platense para que devuelva lo que descontó en 2016.

La rapidez con la cual los dirigentes de la CGT terminaron el acto del martes en un escenario instalado en Diagonal Sur y Moreno, de espaldas a la Plaza de Mayo, quizá para evitar que los trabajadores quisieran llegar hasta la Casa Rosada, fue sorprendente. El acto previsto para las cuatro de la tarde terminó bastante antes, mientras había aún columnas que no podrían bajar de la autopista a la 9 de Julio.

Varias organizaciones allí presentes, entre estas la poderosa Unión Obrera Metalúrgica (UOM), se retiraron reclamando a los gritos la fecha de un paro nacional, constató este medio. Pero, para ocultar ese reclamo creciente, armaron un episodio violento en el palco. Los tres dirigentes de la CGT, Schmid, Acuña y Daer, se fueron raudos en sus autos de lujo y en algún momento intentaron ocultarse en un edificio cercano.

El corolario fue el 8M, con decenas de miles de mujeres marchando por numerosas ciudades del país como cierre de una jornada de protesta con bocinazos, cortes, banderolas color violeta colgadas en edificios públicos. Curiosamente, un día antes y tras la masiva movilización, varias mujeres fueron reprimidas y detenidas brutalmente por la Policía porteña “con el único objetivo de disciplinar al movimiento de mujeres, lesbianas, trans y travestis”, denunció el colectivo #NiUnaMenos.

Mujeres, hombres, maestros, trabajadores, camioneros llegados desde Trelew, Rosario, Mendoza y Salta, por citar algunos, activistas feministas, madres, adolescentes y dirigentes de diversos espacios sociales, políticos, gremiales y estudiantiles, no dudaron esta semana en salir a la calle en carne y hueso para enfrenar la “realidad virtual” de la alianza Cambiemos.

Acorde con la definición de la palabra troll, que viene del noruego y significa “ser sobrenatural, monstruo maligno que vive en los bosques o grutas según la mitología escandinava”, el Gobierno de Macri y su ejército de trolls en las redes sociales desprestigia, desvirtúa, tergiversa, engaña, miente, mientras sigue adelante ciegamente con su política de ajuste y tarifazo en una transferencia de recursos extraordinaria del conjunto de la población a una minoría rica y poderosa que es su aliada.

“Un espacio virtual no puede construir por sí solo una protesta o un movimiento social”, advertía hace unos meses la argentina Yanina Welp, investigadora en ciencias políticas en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

Sin embargo, es muy probable que, con el tiempo, el poder de los trolls y de las campañas de propaganda y/o de imagen del macrismo no resulte eficaz para esconder la real realidad.

En catorce meses de gobierno de Cambiemos cerraron 2.900 pequeñas y medianas empresas, que son las grandes impulsoras de la economía del país. Cerró también la única fábrica de llantas del país dejando a 170 trabajadores en la calle, y la histórica cooperativa láctea SanCor, que había sido rescatada por Néstor Kirchner con el apoyo del entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, anunció el cierre de cuatro de sus quince plantas y el despido de unos quinientos trabajadores por el impacto de las recientes inundaciones en la zona y por la caída del consumo.

Aunque la irrupción de las redes “genera una tensión entre lo virtual y lo territorial”, nada suplanta la presencia de la gente en las calles que “le pone cuerpo a su demanda”, decía Welp durante una charla en Buenos Aires. “La gente no sale a la calle si no cree que el objetivo es importante”.

Según un sondeo de la consultora Opina Argentina para Diario Popular, la imagen negativa del presidente-empresario trepó en febrero al 53%. Y aunque las encuestas no son infalibles, sí suelen ser un termómetro del humor o del ánimo social, que por estos pagos se está recalentando.