Macri en España: premiar a los opresores y la mentalidad  colonial

Macri le entregó ayer al rey Felipe de la Casa de Borbón el Collar de la Orden del Libertador San Martín y a la reina Letizia de la Casa de Borbón la Gran Cruz de la Orden del Libertador San Martín. El significado histórico de tal entrega retrotrae al país a las épocas de colonialismo.

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Por Carlos Ciappina

En el anuncio del viaje del presidente de la república a España que hacía el periódico La Nación, se sostenía que el viaje tenía como motivo “estrechar los vínculos con España”. A modo de broma publiqué en las redes sociales que esa noticia era riesgosa, pues, teniendo en cuenta los antecedentes cercanos, el presidente podía firmar con el rey la anulación de la Declaración de la Independencia de 1816.

Por desgracia la broma cobró hoy, en el mundo de las representaciones simbólicas, total realismo: sí, el presidente de la República Argentina le acaba de entregar al rey Felipe de la Casa de Borbón la mayor distinción que puede entregar el Gobierno argentino: el Collar de la Orden del Libertador San Martín; y a la reina Letizia de la Casa de Borbón, la Gran Cruz de la Orden del Libertador San Martín.

Entregarle la máxima distinción de la Nación Argentina, bajo el nombre del gran Libertador de América Gral. San Martín, a los representantes de la Casa de Borbón es, como para que se tenga dimensión, algo así como que el Gobierno de Irlanda le entregue su mayor distinción a la Reina Británica.

¿Cuáles son las razones históricas que justifican semejante distinción? Precisamente ninguna. Muy por el contrario, la evidencia histórica demuestra que más que entregar distinciones sería bueno exigir explicaciones y demandar reparaciones por la larga historia de atropellos que la monarquía española desarrolló en nuestros países.

La monarquía Española en general ha sido (desde 1492) la responsable histórica del mayor genocidio que conoce la historia humana: la invasión, conquista y destrucción de las miles de culturas que constituían los pueblos originarios de América Latina y la muerte de decenas de millones de personas, junto con la instauración del sistema esclavista y de trabajos forzados. Esa responsabilidad histórica (comprobada y relatada aun por los propios invasores) se prolongó hasta la liberación definitiva en 1825.

Durante trescientos años, la monarquía española ordenó dominar, esclavizar y convertir (un eufemismo por destruir culturalmente) a millones de indígenas, saqueó los metales preciosos a través del trabajo esclavo y/o forzado de millones de personas (se calculan sólo en el Cerro de Potosí, en la actual Bolivia, 8.000.000 de personas trabajando hasta morir para extraer la plata que servía para pagar las guerras y los palacios españoles).

A inicios del siglo XIX , ese orden destructivo y saqueador fue desafiado por los pueblos latinoamericanos. La independencia fue una lucha feroz y terriblemente destructora precisamente porque la monarquía española, y muy especialmente la monarquía borbónica (la misma casa de Borbón a la que pertenecen Don Felipe y doña Letizia, los condecorados), se opuso tozudamente a otorgar nada ni ceder las atribuciones de su monarquía absolutista. Contra ese despotismo profundo, racista y expoliador, se lanzaron nuestros libertadores desde San Martín, pasando por O’Higgins, Artigas, Bolívar, Morelos, Hidalgo, Sucre, y con ellos los pueblos todos, criollos, mestizos, indígena y negros, buscando la libertad de ese orden monárquico opresor y la emancipación social.

Por si quedan dudas, la monarquía borbónica española logró retener en América a las actuales repúblicas de Cuba y Puerto Rico (hasta 1898), manteniendo en ellas hasta casi el siglo XX la esclavitud y la explotación más sórdida. Millones de esclavos negros fueron consumidos por los ingenios azucareros cubanos bajo el dominio español y todavía la monarquía española invadió México en 1829; Santo Domingo entre 1858 y 1865, y Chile, Perú, Ecuador y Bolivia en el año 1865. Las agresiones de la monarquía española no terminaron, pues, con la independencia, sino que continuaron durante todo el siglo XIX.

¿Hubo alguna vez un pedido de disculpas hacia nuestros pueblos por tamaños niveles de opresión, saqueo y violencia? ¿Hubo algún reconocimiento de esa responsabilidad histórica? ¿Ha habido alguna propuesta de reparar económicamente a los países latinoamericanos por el saqueo durante más de trescientos años de sus recursos naturales no renovables?

Ni una sola palabra. La misma soberbia, el mismo desprecio por los pueblos de América Latina que sus antecesores.

Si hasta han quedado a la derecha de la Iglesia Católica: los tres últimos pontífices han pedido disculpas a los pueblos originarios (Juan Pablo II lo hizo en Santo Domingo en 1992; Benedicto XVI en Brasil en 2007, y Francisco en Bolivia en el año 2015). ¿La monarquía española? Nada. No sólo no hay disculpas, sino que el rey anterior (padre del actual Felipe) pretendía en el año 2007 quitarle la palabra al presidente democrático Hugo Chávez , como si aún existieran los virreyes.

La pregunta obvia es el por qué el presidente argentino le entrega la distinción de los libertadores a los opresores. ¿No sabe historia? ¿No se da cuenta? ¿No tiene buenos asesores?

Le respuesta es mucho menos feliz: nuestro presidente juega en el campo de los opresores. Pero lo hace desde la posición del socio necesario para la opresión. El mensaje es profundo y terrible: ustedes los monarcas representan el orden que a mí me parece deseable, el orden jerárquico de los que más tienen y viven de los que nada poseen.

Macri dobló la apuesta de su anterior ministro de Economía; no pidió perdón sino que premió a la monarquía que nos mantuvo en la opresión y de la que logramos liberarnos después de cruentísimas guerras.

Puesto en la disyuntiva de elegir entre la nación y sus libertadores y pueblos o la monarquía opresora, el actual presidente argentino elige sin dudar la monarquía y, aun más, la premia.

Un desplante grosero a la lucha de nuestros pueblos latinoamericanos y a sus líderes emancipadores. Un mensaje (que también envía todo el tiempo en nuestro país) ahistórico, contrario a la memoria, contrario a la emancipación y contrario a todo lo que se oponga a los buenos negocios, no por casualidad los capitales españoles son la mayor inversión extranjera en nuestro país. Una actitud decidida y calculadamente colonial.