Por Flavio Rapisardi

Como planteábamos en la nota anterior, “diversidad” y “verde” fueron los dos significantes maestros que articulan las tramas reorganizadoras de la legibilidad de la Ciudad Autónoma (cada vez que se pone la palabra “autonomía” calificando esta ciudad y conociendo sus antecedentes mitristas, y los tamizamos con los reparos de Antonio Cafiero de conferirle carácter absoluto, revalorizamos al “tanito” de los vueltos).

A esta altura del debate (cansa un poco que algunos/as militantes y laburantes de la tiza sigan insistiendo con un debate que mostró ser un callejón de papers) sabemos que la noción de “diversidad” no es más que la píldora digerible de nociones como “disidencia” o “diferencia”. La primera, y en perspectiva del maestro Ernesto Laclau, me suena a separatismo y, ergo, conservadurismo. Por eso no somos pocos/as quienes ya en 1995 (hace veintiún años) explorábamos las interpelaciones críticas de la “diferencia” en el neoliberalismo y los peligros de su uso. Fue Silvia Delfino quien en sus entrevistas inéditas con Stuart Hall y su militancia territorial nos enfrentó a muchos/as a repensarnos desde el activismo para luego contaminar los ámbitos universitarios. Ya en aquellos años donde algunos/as que se autodefinían como “intelectuales”, sin  creer que pagaban una cuota por esta autodenominación, hacían eco de los gritos de Jorge Altamira en el Centro Cultural San Martín donde, verborrágico, acusaba a los movimientos de la diferencia de “fragmentar” el sujeto político. Cuando la “izquierda” liberal argentina tiene que usar la conjunción “y” (Frente de Izquierda “y” los Trabajadores) quedan claras dos cosas: les faltan laburantes “y” no saben cómo articular un exterior que los mira desde la popu.

Siguiendo con la noción de “diferencia”, siempre denunciamos su capacidad crítica cuando se la lee como una forma material en la cultura de vivir la desigualdad: el fantasma it´s alive y recorre el cuerpo político. Pero, también acercándola a diversidad, esa noción folcloriza y se acomoda al microconsenso oenegeril de la hegemonía neoliberal como agencia financiada (por entes nacionales o internacionales) para  realizar políticas que deben ser potestades de cumplimiento efectivo por parte del Estado. Eso sí, en las rendiciones de cuenta ante mecanismos internacionales de protección de derechos humanos, la faena de los grupetes será citada como propia y hasta, quizá, les garpen un viaje.

En la sedimentación de este debate, el PRO hizo de la diversidad de colores, siempre con fondo amarillo (¿Durán Barba no sabe que es el color de la desgracia?), un despliegue comunicacional que acompañó con idas y vueltas en las encrucijadas concretas que les plantearon algunos movimientos.

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En la época en la que Carrió no había abrazado la cruz de su estrategia siniestra y decía ser la “centroizquierda”, fue la que autorizó a su fuerza política a denunciar el uso del color amarillo de la facción PRO como color de la gestión gubernamental. Obvio que son muy pocos quienes en la familia judicial se jueguen a juzgar a un poderoso y muchos menos cuando su argumentación requeriría de una elaboración más allá de la deducción simple del derecho kelseniano que de colores sólo conocía lo de su “land”.

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Dejando de lado la “querella del amarillo”, volvamos al “sos bienvenido” de los múltiples colores y a las encrucijadas de su pseudo pro diversidad.

Hagámonos preguntas: ¿cómo se conjuga la diversidad, el ser bienvenido y el cierre compulsivo de los centros culturales independientes? ¿Cómo justificaría el opusito (de Opus Dei, por las dudas) de “Peter” Robledo que sigan fajando trans en las esquinas de Buenos Aires? ¿Dónde quedó la capacidad de diferencia en los nuevos móviles policiales que ya no indican comisaría ni repartición? Sí, en la Ciudad del “sos bienvenido” te suben a un patrullero y no sabés dónde vas a parar, cuando antes quienes recorríamos Palermo durante el conflicto por el fascismo de vecinos/as “sensibles” y la incapacidad de respuesta del progresismo ibarrista para proteger al colectivo trans, con sólo cuatro números teníamos las coordenadas del rescate y la letra para la denuncia.

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Botones de muestra. Vayamos a un conflicto con el colectivo LGBT en la Ciudad. El macrismo siempre fue repulsivo con temas de orientación sexual e identidad de género, sobre todo de la mano de Gabriela Michetti, la por suerte rezagada quizá por el peso de las bolsas. En las discusiones previas al matrimonio igualitario, Macri, que ya apuntaba sus garras hacia la Rosada, comenzó a ser aparentemente ambiguo. Pero como en temas de derechos no hay ambigüedad, se le notaba el cagazo padre que le tenía al que hoy es el “Santo Padre” y que aun en Roma sigue haciendo piruetas con este tema. Pero, atenti, si Francisco no era primado elegido por vueltas del destino por el condenable Quarracino, hubiese sido entronizado Aguer en el lugar de Bergoglio. Veamos el medio vaso lleno: internas de la Iglesia. El jacobinismo es “turismo aventura”, prefiero al Hegel de izquierda que nos abre el camino de impulsar los movimientos de la historia que avancen hacia la emancipación.

Entre dimes y diretes, el Gobierno de Cambiemos en la Ciudad, en su ala no michettista, apretó el pomo y logró poner banderitas en la marcha del orgullo, pero no le tembló la mano cuando tuvo que clausurar, por ejemplo, el Club de Osos de Buenos Aires. A Macri no le va. Es un empresario de bigotes 80 que sigue pensando que cuando Fredy Mercuri movía el culo con calzas en un estadio lo hacía por cool.

¿Y los migrantes? ¡Ah! Touché . No hay mes en que la tilinga capital no festeje el día de una colectividad. Les ponen puestitos amarillos para  que vendan “sus cositas”, durante una tarde, y en un escenario loas a Perú, los caporales de Bolivia, la cumbia colombiana, zamba do Brasil, falso chivito charrúa, etcétera. Luego, cuando esos puestitos quieren ser puestos en la vía pública, el Código de Convivencia se les aplica como un mini Código Penal: un dechado de inconstitucionalidad. O como hay que escuchar en el discurso de Cambiemos: el trabajo no es un derecho (vade retro Fridman).

¿Jóvenes? Sí, claro. La guerra de almohadones del Planetario, que la pararon porque seguro a alguno se le movió el coagulo. Chicos tan Peter, chicas tan Vidal, escuelita bilingüe de las caras, caritas de mosquitas y uñas de desprecio. ¿No es cultura la cumbia peruana de la 1-11-14? ¿Y los bailes bolivianos de Retiro? No, no califica para la política estética de la diversidad y del bienvenido. Porque, que quede claro, en Buenos Aires sos bienvenid* si no desentonás. Las barreras de un yuta pitufo en una esquina sólo la sienten en el cuerpo pibes rapados, de gorrita o altas zapas.

Imágenes de columnas

En este derroche de amor, el macrismo en su etapa “superior” ya salió a ganar paredes y cualquier superficie para marcarte el discursete, es decir, la conciencia. Veamos la “renovada” estación Retiro del subte línea C. Cada columna tiene un concepto, algo así como una tabla mosaica de principios que debe leerse en su orden. Pasen y vean: “Diversidad”, “Pluralismo”, “Convivencia”, “Encuentro” y “Solidaridad” hacen punta. Ya en la posta de la quinta columneta uno dice “y lo nuestro”: ¡Ojo que aparece! Pero no al azar: “Inclusión”, “Memoria”, “Igualdad” y “Justicia” no cierran el relato porque la columneta final la va de “Respeto”. Claro, “inclusión”, “memoria” y “justicia” con “respeto”. ¿A  qué? ¡Larga lista! Pensemos “incluir respetando la propiedad privada”, “memoria” respetando “a los tiernos y asesinos ancianitos civiles y milicos”, “igualdad” respetando las “desigualdades obvias”. Obra maestra este discurso de piedra.

Buenos Aires, la verde diversa te va a parar en el nombre del “respeto”, con el caduco adagio liberal de “mis derechos terminan donde comienzan los de otr*s”, cuando sabemos que por el contrario, en un país colonial y empobrecido, “nuestros derechos comienzan donde comienzan los de otr*s”.