Por Flavio Rapisardi

Lo decimos siempre: “comunicar” es disputar sentido en un campo de fuerzas desiguales. Mientras cierto cientificismo pretende encorsetarnos en el “management” y, por otro lado, el sistema de papers nos empuja al palabrerío vacuo que a muchos permite distinguir, con mucha razón, entre saberes útiles y no, entre “ciencias duras” y “ciencias blandas”; nosotr*s aceptamos el desafío de sacudirnos de ambas modorras e ir a las calles.

Como comunicador*s, pisar tierra y asfalto para intervenir en la denuncia y la transformación de las “tramas” que el renovado conservadurismo latinoamericano viene a tejer como un movimiento por arriba (el sistema concentrado de medios) y las estrategias  “grasroot” (ese pasto-raíz que cubre el suelo de varios potreros) de los consensos onegeriles, el eco monopólico en nuestros tímpanos y los engranajes territoriales que por convicción o necesidad cierran, en nuestro país, con el fenómeno llamado alianza Cambiemos (Macri-Vidal-UCR-Massa).

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Quizá (ojalá) sea un error, pero hay indicios de que estas derechas sin tapujos (que habrá que distinguir de fenómenos como el menemato, Cardoso en Brasil, la alternancia liberal en Venezuela, el entreguismo de las partidocracias latinoamericanas) que han llegado legalmente (no necesariamente legítimamente) esta vez vienen afiladas: no sólo arrasarán según la lógica del capital concentrado y el cipayismo, sino que también se asegurarán un futuro condicionado. Por esto, docentes de la cátedras de análisis del discurso nos hemos propuesto comenzar a salir de casa para la caza: con celulares, lapicera y anotador nos proponemos leer cómo, en palabras del geógrafo cultural británico David Harvey, esa narrativa o relato (en este caso neoliberal) ha comenzado a formar parte de la materialidad de la ciudades, el hábitat donde reside la mayoría de la población. Estos discursos no son para nosotros narrativas explicativas y menos descriptivas, sino que son las “tramas” en las que lo cotidiano, nuestras vidas diarias, siguen su curso. No nos impulsa ninguna intención iluminadora. Vamos a patear usando esa técnica benjaminiana del flaneur, para producir herramientas, esas que sólo se empuñan con varias manos.

 

Ciudad laboratorio: la CABA como el primer experimento urbano neoliberal (Parte I)

La Ciudad de Buenos Aires es un dispositivo que fue pensado sobre la cuadrilla colonial. En el libro El parque y la grilla, Adrián Gorelik recorre históricamente los modos en que ese enorme organismo fue un gigantesco laboratorio de ensayos que incluyeron hasta intervenciones de los socialistas con su arquitectura “obrera” y el hegemónico diseño, no siempre triunfante, de la oligarquía agropecuaria de los De Vedia, Alvear, et al.

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Como bien sostiene Eduardo Basualdo, y Rodolfo Walsh alertó en su carta la dictadura cívico-militar, la soberanía monstruosa del genocidio reorganizador fue la que nos empujó con éxito relativo (necesario pero no suficiente) en la globalización neoliberal: el cambio en el patrón de acumulación se basó en destruir el mercado interno, apertura económica, solventar las empresas (de bienes industriales o agropecuarias) con capacidad de exportación y la reforma financiera. Las consecuencias las conocemos: desocupación, crecimiento de la pobreza, y sigue la lista. Pero, a pesar de no cumplir totalmente con el ideario de Milton y Rosie Fridman tal como Pinochet sí logró (aunque guardándose la exportación de cobre), el primer paso fue dado: cambio de patrón de acumulación y reorganización de los agentes político-económicos.

La socialdemocracia alfonsinista tuvo un primer momento injustamente olvidado con Bernardo Grinspun, quien decretó la moratoria en el pago de la deuda externa y propuso relanzar un proceso de industrialización con los fondos desangrados al pago de la deuda odiosa. La oposición de los “supraestados” como el FMI o el BM y hasta nuestra incomprensión (hablo de los millones de jóvenes que en aquel entonces formábamos parte de la militancia juvenil que estaba en un apogeo, hoy peligrosamente olvidada) habilitó su destitución y el goteo de políticas neoliberales de la mano de Juan Vital Sourrouille con sus planes Austral y Primavera. La coronación del neoliberalismo fue obra de los supraestados con la hiperinflación como acto disciplinante, como política de shock, al decir de Naomi Klein. La ejecución final, la faena faltante, fue obra de la traición inteligente del menemato.

La Ciudad de Buenos Aires nunca fue territorio de éxitos para el peronismo. Salvo en dos ocasiones: la reelección de Perón y la candidatura del Erman González, uno de los padres de la bestia llamada Plan de Convertibilidad. Pero ambos triunfos fueron “legislativos”. No había aún autonomía de la Ciudad. Una vez autónoma, sectores del llamado “progresismo” y el radicalismo que aún no se había arrastrado a los pies de la Internacional Liberal a la que hoy debería pertenecer previa renuncia a la Internacional Socialista, fueron las opciones porteñas.

Fue durante el Gobierno local de Fernándo Dde la Rúa, quien hoy debería estar preso por las muertes de 2001 y los negociados de corrupción del affaire Banelco, quien con la designación del arquitecto García Espil en el área de urbanismo propuso un plan integral que no cumplió porque lamentablemente fue elegido presidente de la Nación. García Espil es el autor intelectual de parte de las reformas urbanas que “reescribieron” la Ciudad desde fines del siglo pasado. Su propuesta más conocida y concretada fue la “peatonización” de varias calles del llamado “bajo porteño”, las luminarias de piso y otras estrategias que funcionaron como “puesta en valor”. Ahora bien, la “puesta en valor” implica circulación de capital y remoción de toda traba: conventillos, casas habitadas por personas sin vivienda, apertura de sendas cómodas para peatones y móviles de manera restringida: vehículos policiales o con estacionamiento en el área. Claro, en la zona hay bancos y financieras: el capital, que como sostuvo Marx no es dinero u oro sino una relación, necesita reaseguros para que clases, grupos y organizaciones se movilicen con comodidad en su maquinaria interminable de multiplicar. Como sostiene Richard Sennet en su libro Carne y Piedra: “Tanto el ingeniero de caminos como el realizador de televisión crean lo que podría denominarse ‘liberación de resistencia’. El ingeniero idea caminos por los que la gente pueda desplazarse sin obstáculos […] Cada vez más se vende una comunidad planificada […] no resulta sorprendente […] que el sociólogo M.P. Baumgartner descubriera que en la experiencia cotidiana la vida está repleta de esfuerzos destinados a negar, minimizar, contener y evitar los conflictos.”

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Cuando Macri ganó la Ciudad de Buenos Aires podríamos decir que abrió un umbral de posibilidades que no leímos en su dimensión: la derecha conservadora, esa que se organizaba partidariamente en los partidos de siglas cambiantes (Partido Demócrata Nacional, Partido Conservador, UDELPA, etc.), volvía, arcaica, residual, pero también emergente, con los aggiornamientos necesarios para avanzar hasta la Rosada.

Macri reescribió la Ciudad. Retomando algunos ejes del proyecto de García Espil, combinó el marketing de la ciudad adjetivada contra la que advierte David Harvey: una ciudad calificada como X será X. En esta tautología que la leemos en un adjetivo incardina la ciudad a un discurso. Buenos Aires, la ciudad de la diversidad en la que estaría bueno vivir (hay contrapruebas a granel), y hoy la propuesta del peromacrista Santilli: Buenos Aires, ciudad “verde”. Estos dos adjetivos forman parte del discurso con el que la Ciudad laboratorio de la derecha macrista aprendió y reaprende (no nos detendremos en los métodos como contrataciones directas, endeudamiento sideral, aumentos brutales de tasas) a construir el consenso, esa ecuación gramsciana de coerción/acuerdo: términos en una relación inversamente proporcional.

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Esta nueva derecha es, me atrevo a decir, menos señorial que la antigua. Aquella fue tan racista, clasista y hambreadora como esta, he allí su ADN. Pero al menos aquella por sus lazos terratenientes que llevó a que Domingo Faustino Sarmiento, el implacable, los calificara como “huele bosta”, necesitaban un país, una “cuasi nación” desde la cual hacer negocios donde los negocios no eran digitales, sino que se cerraban en visitas “in person”, para lo que necesitaban palacetes, cierta urbanidad cómoda al frac inglés. La derecha actual, en cambio, tan atada a la extranjerización económica, sólo necesita de bonitos y acotados paisajes que permitan, por un lado, mostrarse como una bonita sala de transacciones y, por el otro, entretener y aleccionar a “los vecinos” o “la gente” (nunca el pueblo o los laburantes) con sentidos que organicen su vida cotidiana en el relato de circulación “libre”, la sectorización organizadora de “identidades”/funciones (los distritos tecnológicos, las zonas gays, las de la moda, la “Little Lima”, una zona roja pre-Amsterdam, etc.) que permitan a los señores del orden del capital apátrida, y la complicidad chatarrera local, asegurarse control, frenar peligrosos intercambios que fomenten colectivos inesperados y apalear con precisión quirúrgica zonificada, si es necesario, en función de pretextos que pueden ir desde la “inseguridad”, la contaminación visual, la “ilegalidad” de las transacciones de supervivencia o la necesidad de “reordenar”, lo que siempre significa gentrificar. Esta operación de reordenamiento, corrimiento de los sectores populares hacia la periferia, no es meramente represiva, sino que a partir de intervenciones urbanas organizadas en la construcción de resignificaciones zonales materializadas en trazados urbanos, mobiliarios, reordenamiento vehicular y obra de bajo costo con la promesa de la inversión privada. Valga el ejemplo del Barrio de Parque Patricios, el “Distrito Tecnológico”: sólo dos empresas armaron el cascarón de sus oficinas, ya que la apertura de la economía aniquiló el montaje y mucho más la posibilidad de la producción local. Los discursos en las ordenanzas que reorganizan el espacio público y la obra “barata” que “luquea” a Buenos Aires construyen el discurso de esa ciudad que “cambia”: burbujean hacia arriba los precios de la propiedad y la acumulación financiera encuentra, como señala Guattari, un “campo hacia adentro” para reproducirse especulativamente, ya que el capitalismo criollo no puede expandirse ni es productivo: nos convierten en colonia y sólo una obsolescencia planificada en el marco de un consumo global asegura el triunfo político y cultural/comunicacional de los glosadores del imperio. Ni lerdos ni perezosos construyen su hegemonía incardinando nuestras vidas en un relato dominante escrito en la cotidianeidad de la carne y la piedra, con una preeminencia de la dureza que retrasa las formas de escribir más humanas de vivir de manera colectiva.



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