Por Miguel Croceri

En Argentina, desde que Carlos Bilardo era director técnico de la selección nacional de fútbol, se incorporó al mundo de ese deporte la palabra “resultadismo” para aludir a que lo único que importa es el resultado. El que pierde, no sirve. Mucho de eso saben las y los platenses, en particular las/los de aquellas generaciones, de las épocas en que tanto se debatía sobre la importancia absoluta o relativa de ganar en un juego deportivo.

Lejos de las discusiones y del folclore futbolero, la noción “resultadista” está muy incorporada como idea básica, esencial, en la cultura política de Argentina, aunque no se use esa palabra. De allí derivan –hasta cierto punto– los habituales “pases” de dirigentes de un sector político a otro para acomodarse del lado del ganador, independientemente del contenido ideológico y/o el proyecto político que sustenta cada uno de tales sectores.

Aunque más en el fondo –por eso la aclaración de que la causa mencionada lo es sólo “hasta cierto punto”– lo que subyace en quienes van y vienen entre diferentes estructuras o alineamientos políticos, lo que practican, es un concepto burocrático de la política: como una actividad para ocupar lugares de poder o, como se suele decir con una metáfora muy clarificadora, para “atornillarse a los sillones”.

Allí se la pasa bien y, según esa concepción, hay que tratar de permanecer de cualquier manera. Después se verá para qué se usa y qué se hace con ese cargo o espacio de poder, ya fuere grande, regular, pequeño o apenas micro.

Pero el “resultadismo” sirve como atajo. Trata de justificarse en que “si no tenés poder, no podés transformar ni cambiar nada”. Esa es una verdad relativa. Porque tener poder para trabajar por intereses contrarios a los que se dice representar desnuda que el verdadero interés es el burocrático, o sea, ocupar cargos para obtener beneficios particulares. Aunque fuera sin “robar”, sino sólo por los beneficios económicos y funcionales, y las infinitas gratificaciones inmateriales que otorga esa condición, empezando por el halago a la vanidad y al narcisismo.

Los legisladores, gobernadores e intendentes que fueron elegidos en las listas del Frente para la Victoria en 2015, en representación del proyecto político liderado por Cristina Kirchner, y que posteriormente respaldaron/respaldan al Gobierno de Mauricio Macri con su desempeño en cualquiera de los niveles –con sus votos en el Congreso, con su discurso público, o con cualquier otra manifestación de la acción política–, constituyen una práctica esencialmente burocrática, de “atornillarse a los sillones”.

Exactamente lo mismo cabe considerar respecto de los dirigentes sindicales que según su discurso defienden los intereses de la clase trabajadora, o al menos de sus representados en una organización gremial, y sin embargo están permitiendo el actual saqueo a los puestos de empleo y al poder adquisitivo del salario que está perpetrando el Gobierno de la derecha (nada nuevo en la historia: ya ocurrió durante el menemismo hasta niveles extremos, y mucho antes, desde los años sesenta, la militancia combativa denunciaba a la “burocracia sindical”).

Una vez constatado ese fenómeno, ya fuere en la política partidaria e institucional-estatal o bien en el sindicalismo –dos ámbitos donde, potencialmente, se construye fuerza alternativa para disputar contra los poderes de facto que están en la economía y en las corporaciones en general–, vienen otras controversias y discusiones acerca de la moral ideológico/política de cada quien.

Por ejemplo, el debate de si los/las que fueron votados/as en las listas del kirchnerismo pero luego apoyaron/apoyan al macrismo son o no “traidores”. Y lo mismo respecto de las cúpulas sindicales funcionales a la devastación de los derechos de las y los trabajadores.

Pero esa legítima discusión es independiente de advertir la propensión en Argentina (también en muchos otros países, pero estas observaciones están ceñidas al caso nacional) de que una gran parte de la dirigencia cuyo poder no deviene de las corporaciones sino del voto del pueblo –ya fuere en elecciones generales, o de elecciones en un sindicato o cualquier otra organización popular– fácilmente se aferran a sus cargos y abandonan la representación de los intereses que los llevaron a esos lugares de poder.

El ejemplo de grandes líderes

Las luchas por los derechos de los pueblos, o sea, las verdaderas disputas de poder para transformar a las sociedades combatiendo las injusticias, tienen avances, estancamientos y retrocesos. Pueden, incluso, sufrir derrotas a largo o larguísimo plazo. Su razón de ser no está dada por el éxito –por el “resultado”–, sino por la legitimidad de sus razones, la nobleza de sus propósitos y la raigambre profunda de los intereses por los cuales se pelea.

En la historia de América Latina deslumbran líderes populares que atravesaron frustraciones electorales, o en otros casos gravísimas derrotas en la lucha armada revolucionaria, antes de llegar al poder. Algunos ejemplos, ocurridos en la segunda mitad del siglo XX o en lo que va del XXI, ayudan a comprender la magnitud y extensión a lo largo del tiempo de los procesos de emancipación o avance social que genuinamente expresan los intereses de las clases sociales subordinadas, es decir, el/los pueblo/s.

Fidel Castro, para conducir la lucha de Cuba hacia el triunfo revolucionario, encabezó una acción armada que intentó ocupar el cuartel Moncada y otras dependencias militares en 1953. Eran 135 combatientes. Seis cayeron en combate, 55 fueron asesinados posteriormente, unos pocos escaparon, y el resto fue hecho prisionero, entre ellos Fidel.

Casi dos años después, el jefe guerrillero fue liberado por la presión popular y se exilió en México. Allí planeó el regreso, y lo hizo en 1956 a través de una pequeña embarcación que cruzó el mar y desembarcó clandestinamente con 82 hombres. La dictadura los estaba esperando. Los combates fueron cruentos, y apenas veinte milicianos pudieron continuar. Desde allí, desde esa brutal derrota en una batalla, formaron el ejército popular insurgente que tomaría el poder el 1° de enero de 1959 y daría vida a la Revolución cubana invicta hasta hoy.

Salvador Allende, quien lideró a principios de los años setenta el proyecto para desarrollar lo que se denominó la “vía chilena al socialismo”, fue candidato presidencial cuatro veces: en 1952, 1958, 1964 y 1970. Derrotado en tres ocasiones, recién en la cuarta accedió al Gobierno.

Hugo Chávez encabezó en 1992 una sublevación de militares demócratas y nacionalistas contra el régimen corrupto y partidocrático de Venezuela, pero perdió y fue encarcelado. Tras ser liberado organizó una nueva fuerza política y en 1999 llegó a la presidencia. Allí sufrió todos los ataques de la reacción de su país y del Imperio norteamericano, y estando en el Gobierno fue hecho prisionero durante el golpe de Estado para derrocarlo en 2002. El apoyo de los sectores leales de las fuerzas armadas y de una mayoría popular activa y organizada logró salvarle la vida y liberarlo. El golpe fue abortado, y el presidente volvió al poder dos días después.

Lula Da Silva debió intentar cuatro veces, por la vía electoral, antes de llegar a ser presidente de Brasil. Perdió en 1989, 1994 y 1998. En 2002 logró el triunfo y fue reelegido en 2006. En total, cinco veces candidato.

También Evo Morales perdió, en 2002, en su primer intento por alcanzar mediante el voto ciudadano la presidencia de su país. Recién ganó en 2005 y posteriormente fue reelegido dos veces más, luego de refundar el sistema político mediante una nueva Constitución que creó el Estado Plurinacional de Bolivia.

En Argentina, donde las fuerzas populares y revolucionarias fueron derrotadas militarmente mediante el terrorismo de Estado que perpetró un genocidio a mediados de los años setenta, la resistencia contra la dictadura la encabezó el movimiento de derechos humanos. Varias y varios fueron y son sus líderes, y diversas las organizaciones que lo integraron e integran.

Pero si un símbolo se puede tomar, es el de las madres de desaparecidos. Apenas catorce de ellas se reunieron heroicamente en Plaza de Mayo el 30 de abril de 1977, y así nació la lucha que nunca termina. Las Madres –ya con mayúsculas, porque se constituyeron en una organización popular que las hizo singulares, históricamente únicas más allá de cada una personalmente– hicieron propio el principio de que “la única lucha que se pierde es la que se abandona”.

Honestidad política

Como se puede apreciar en un puñado de casos de la historia contemporánea, las verdaderas disputas de poder en defensa de intereses legítimos no van en busca de los resultados inmediatos. Mucho menos de la comodidad de los sillones del poder y de las ventajas que ello depara.

Nadie está obligado a ser héroe como los/las nombrados/as en los ejemplos descriptos. De hecho, por más que haya millones de casos en la historia de la humanidad –tanto los que son reconocidos públicamente como los anónimos–, los héroes son, por definición, una ínfima minoría. Todos las/los demás son –somos– personas comunes, y cada cual puede brillar más o sobresalir menos en la dinámica de la acción política.

Sin embargo, aun la más modesta o el más modesto dirigente popular o militante está obligada/o a actuar políticamente con honestidad. Es elemental exigirle a cualquiera de ellas/ellos, si es que proclama representar intereses populares, y más aun si accede a un cargo público en nombre de esas causas, que sea consecuente con el mandato recibido y que mantenga la coherencia ideológica.

En cambio, el “resultadismo” de que hay que llegar a ocupar cargos públicos más allá de con quién y para qué esconde una trampa burocrática fatal. Con ese tipo de justificaciones y pretextos, dirigentes de diferentes procedencias políticas, pero especialmente en nuestro país del peronismo y del radicalismo, han prostituido los orígenes populares de ambas fuerzas.

Los llamados “años noventa”, que fueron en verdad una “década larga” y sus consecuencias terribles se manifestaron en el estallido del país a fines de 2001 y durante 2002, muestran que se pueden ocupar cargos públicos en nombre de identidades políticas de raigambre popular, pero desde allí ser funcionales a proyectos políticos que llevan a la ruina del pueblo y a la devastación de la nación.

Esa es una lección histórica para no olvidar, en tiempos en que volvió la tentación de aliarse con el que parezca ganador y arreglar de cualquier forma para estar en una lista de candidatos, con prescindencia de la ideología que contenga una determinada expresión política y de los intereses que se representen en ella.

Los/las burócratas, que hagan su juego. Pero los/las militantes y demás ciudadanos/as honestos/as están –estamos– desafiados a no caer en la trampa.