Por Flavia Delmas

El Arzobispo de la ciudad de La Plata, monseñor Héctor Aguer, hace gala de su influencia en el Gobierno de la provincia desde la tribuna de Clarín y el programa “No se puede vivir del amor” de radio Ciudad. Su posicionamiento medieval al fin ha encontrado recepción política en la modosa gobernadora Vidal. Podríamos definir sus opiniones como parte de una comedia si no afectaran la vida y el buen vivir de cientos y miles de personas, así como el avance de las políticas públicas y el acceso a las normativas y convenciones internacionales. La comedia se vuelve tragedia.

El monseñor cree que los feminicidios son “rachas”, es decir, fenómenos casuales, que encuentran su principal argumento en la “desaparición del matrimonio”: no bastan las estadísticas de la Corte Suprema o de la ONG la Casa del Encuentro, presidida por Fabiana Tuñez hasta su asunción al frente del Consejo Nacional de las Mujeres; tampoco son válidos los estudios académicos sostenidos desde el advenimiento de la democracia a la fecha y los avances legislativos; mucho menos las movilizaciones masivas del movimiento #NiUnaMenos.

Para él, los estudios de género desde los cuales se ha podido profundizar en la compleja trama multicausal de la violencia son herejías. El aval al maltrato y los maltratadores se solapan en la supuesta “dignificación de las mujeres en el sagrado vínculo del matrimonio”. ¿Qué debe hacer una mujer que es amenazada, hostigada, torturada, quemada, asesinada por su pareja o ex pareja? Para el monseñor, la respuesta está en el sometimiento: es más importante la institución matrimonial que la vida de las mujeres y sus hijos e hijas.

Coherente con el oscurantismo que profesa, propone recluir a los niños y niñas víctimas de abusos sexuales al seno de la “sagrada familia”, a pesar de que la casuística penal se ha encargado de demostrar que el abuso infantil es causado por miembros del hogar.

Sus temibles palabras se abrazan con las dictaduras en Argentina. Recordemos que el divorcio ha sido una conquista de la democracia, en 1954 de la mano del peronismo, dejado sin efecto por la Fusiladora, y en 1987 por el radicalismo, derecho ampliado por el último Gobierno kirchnerista. La supuesta dignificación de la mujer que la iguala con los hombres, profesada por el monseñor, intenta confundir a quien esté o se haga el distraído o distraída. Habría que advertirle que su aliada, la gobernadora de la sonrisa permanente, se ha divorciado del actual intendente de Morón ni bien asumió la gobernación y que el presidente Macri, por más que ha hecho grandes esfuerzos publicitarios por ocultarlo, cursa su segundo matrimonio y tiene una familia ensamblada.

Tal vez esto poco le importe a monseñor, ya que en 2015 pudo comprobar el alcance de sus influencias: la marcha atrás de la reglamentación de abortos no punibles y el nombramiento de Conte Grand en la Procuración General son apenas dos de sus más visibles conquistas que lo erigen en uno de los lobistas más importantes de la alianza Cambiemos.

Vale la pena subrayar que las causales de aborto legal en Argentina contenidas en el Código Penal rigen desde 1921, y la Reglamentación vetada por Vidal de la mano de su entonces secretario legal y técnico actualizaba este derecho a lo expresado por la Corte Suprema en el fallo FAL de 2012. Como si esto no bastara, las Naciones Unidas han advertido al Gobierno la preocupación por las muertes en abortos clandestinos.

Aguer tiene odios definidos: la homosexualidad y el sexo lo perturban. Recordemos su nota “Fornicación”, publicada en el diario El Día, donde se horrorizaba por las “conductas desviadas” y las relaciones sexuales en los Juegos Olímpicos, a las que se suman ahora su condena al posible y antinatural deseo carnal de seminaristas gays.

En este contexto, cabe preguntarse si la ausencia de preservativos y la no compra de métodos anticonceptivos del Ministerio de Salud de la Nación y la provincia tienen algo que ver con esto.

Nada debe sorprendernos de quien, para cumplir sus claros objetivos, no duda en llevarse puesto al mismísimo papa Francisco recordándole que la doctrina de la Iglesia es inmutable. Su anhelo parece remontarse a los siglos previos al concilio Vaticano I, con las brujas en la hoguera y la sexualidad demonizada.