Por Federico Rodrigo* y Sebastián Novominsky**

El pedido de la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados a los rectores de las Universidades públicas del país para que informen la cantidad de estudiantes extranjeros/as que cursan en sus casas de altos estudios pone de manifiesto algunos de los elementos principales de la ideología económicamente neoliberal y culturalmente conservadora con la que la alianza Cambiemos imagina lo público. La preocupación por el excesivo costo de las instituciones –en este caso, educativas– funciona aquí como superficie que habilita el retorno de los temores que despierta en este ideario la amplitud de lo común.

Específicamente respecto a la educación superior, en esta oportunidad vuelve a plantearse la búsqueda de impulsar un cambio de enfoque que mantiene al arancelamiento de la Universidad como horizonte implícito. Recordemos que en este último año observamos a distintos enunciadores mediáticos poner en escena su rechazo a la perspectiva de los derechos humanos en la conceptualización de la educación superior, para destacar desde una lógica burdamente economicista los gastos que conlleva sostener su funcionamiento. En este sentido, es importante recordar los artículos publicados en el diario La Nación respecto de la “utilidad” de los títulos superiores en el mercado laboral, la tasa de graduación de las Universidades públicas y el aumento de la matrícula de las casas de estudios privadas. Complementando esta misma línea argumental, y como antecedente inmediato del pedido impulsado por el legislador de Cambiemos Eduardo Amadeo, encontramos los cuestionamientos realizados en el programa televisivo de Jorge Lanata al aumento de la presencia de personas de otros países en la UBA y los costos que ello implica.

los integrantes de la Comisión de Educación ligan la problematización del gasto educativo con el imaginario xenófobo que se actualizó por medio de la reedición de políticas migratorias policíacas y las declaraciones aberrantes de legisladores descendientes de inmigrantes con amnesia genealógica.

Al igual que en “Periodismo Para Todos”, en esta ocasión los integrantes de la Comisión de Educación ligan la problematización del gasto educativo con el imaginario xenófobo que se actualizó por medio de la reedición de políticas migratorias policíacas y las declaraciones aberrantes de legisladores descendientes de inmigrantes con amnesia genealógica. La preocupación que los motiva es, según afirman, las ventajas que los/as contribuyentes argentinos/as le brindan a los/as estudiantes provenientes de otros países en la realización de sus estudios.

Así, una vez más, los/as extranjeros/as de sectores medios y populares aparecen como objeto de sospecha en la medida en que se apropian de bienes y servicios escasos, limitando el acceso a los mismos de la población nativa. Como es usual en los discursos contrarios a la migración, se los representa como estrategas trasnacionales que, ante la falta de restricciones, se valen de las instituciones locales en el marco de proyectos de vida distantes de los intereses nacionales. Así, estos/as usuarios/as ilegítimos/as de lo público no sólo contarían con beneficios que no merecen, sino que además se burlarían de la hospitalidad argentina. La principal falencia del Estado es, en esta concepción, que no restringe y regula el acceso a lo común, que no limita lo colectivo por medio de la exclusión de ciertos/as indeseables: policiar lo público para preservar la nación, entonces, parece ser el nuevo lema que defienden quienes sostienen posiciones privatizadoras.

Al mismo tiempo, no nos llama la atención que un Gobierno conducido principalmente por personas que realizaron su trayectoria educativa en el ámbito privado desconozca completamente el modo de funcionamiento de las instituciones de educación superior y sus potencialidades y limitaciones. La reivindicación de la propia ignorancia es, como sabemos, condición para la supremacía de los prejuicios y los temores sin fundamento. Por este motivo, queremos destacar que considerar este crecimiento fuera de un contexto en el que todas las variables vinculadas a la educación superior han tenido un desarrollo exponencial no sólo es un grave error interpretativo, sino que además encierra una falacia.

Hay por detrás una mirada sesgada

En el período 2003-2015 se crearon catorce universidades nuevas, en el sistema público aumentó la matrícula en un 33% y el crecimiento en los/as graduados/as fue de un 93%. El presupuesto universitario se duplicó, pasando del 0,5% del PBI a más de un 1%; además, si consideramos el crecimiento en pesos del PBI en esos años, el salto es de 2.000 a 40.000 millones. En un momento de expansión, jerarquización, repatriación de científicos y duplicación de la cantidad de metros cuadrados totales disponibles a partir de 850 obras realizadas, ¿cómo no suponer que nuestro país se vuelve a transformar en un polo de atracción en educación superior para la región y el mundo?

La internacionalización de la matrícula genera redes estratégicas para el desarrollo de la ciencia y la tecnología y promueve el reconocimiento de nuestro país en la formación de recursos humanos de alta calificación.

Es necesario destacar que la composición de los/as estudiantes extranjeros/as es variada, con procedencias diversas: Europa, Asia, Estados Unidos, Canadá, y por supuesto un porcentaje importante de Sudamérica. Esta internacionalización de la matrícula genera redes a mediano plazo estratégicas para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, ubica graduados/as de nuestras Universidades en diferentes lugares del mundo y promueve el reconocimiento de nuestro país en la formación de recursos humanos de alta calificación.

Resulta sorprendente que personas referenciadas abiertamente en el ideario liberal no logren visualizar que el libre desplazamiento de las personas habilita conexiones internacionales e incentiva procesos de reformulación de las agendas científicas que resultan en grandes aportes a nuestras Universidades. Sólo por citar algunos ejemplos desde las ciencias sociales, los estudios comparados sobre políticas de comunicación en América Latina, sobre los procesos de construcción colectiva de memoria(s) en torno a hechos traumáticos como las dictaduras militares o el conflicto armado colombiano, o los estudios sobre las dinámicas migratorias, encuentran en la llegada de colegas de otros países un aporte fundamental y palpable.

Quienes conciben la nación como una patria chica y temerosa que no trasciende las fronteras de sus prejuicios y temores infantiles vuelven nuevamente a cuestionar la amplitud de lo público.

En síntesis, quienes conciben la nación como una patria chica y temerosa que no trasciende las fronteras de sus prejuicios y temores infantiles –las fronteras sociales, culturales y raciales que levantan los muros de las urbanizaciones cerradas donde se sienten en su hogar– vuelven nuevamente a cuestionar la amplitud de lo público. Sólo una mirada sesgada por los intereses minoritarios que defienden no puede reconocer que el intercambio y el tránsito de estudiantes de otros países por nuestras aulas es otro de los saltos cualitativos de nuestro sistema de ciencia y tecnología. Suponer que esto es un problema es no conocer las formas de desarrollo de las Universidades a escala global de las últimas décadas. Haber llegado a ser nuevamente un faro de formación en el mundo con una fuerte presencia en la región es haber recuperado un lugar de prestigio fruto del esfuerzo de rejerarquización de la Universidad pública argentina. Perseguir la presencia extranjera o considerarla simplemente un acto de generosidad no sólo muestra que cuando los Gobiernos son conservadores la xenofobia anula racionalidades, sino que además horada el potencial de un reposicionamiento internacional en el que nuestro país nuevamente había logrado ingresar.


*Profesor de la FPyCS/UNLP, Becario CONICET.

** Director de la carrera Profesorado en Comunicación Social de la FPyCS/UNLP.