Por Carlos Ciappina

Días de profunda tristeza son estos por la muerte de Fidel Castro, estadista cubano y latinoamericano que lideró (junto a otros y acompañado por el propio pueblo de Cuba) la Revolución cubana.

¿Qué podemos agregar a todo lo que se ha escrito y sentido en estos últimos días? ¿Qué más podemos decir sobre Fidel y su extensa y prolífica vida?

Me propongo señalar aquí un aspecto no tan explorado ni desarrollado sobre Fidel y la Revolución cubana: Fidel es un líder nacionalista cubano y, en ese entendido, forma parte de la tradición de los libertadores latinoamericanos y de los grandes líderes nacionales de nuestro continente: Bolívar, San Martín, Sucre, José Gervasio Artigas, Francisco Solano López, Emiliano Zapata, Sandino, Juan Domingo Perón, Getulio Vargas, Lázaro Cárdenas, Omar Torrijos, Velazco Ibarra, Hugo Chávez. Una lista que puede extenderse, pues nuestra América es pródiga en líderes nacionales y libertadores.

Fidel es (nótese que utilizo el presente del verbo ser, pues “él ha sido” lo dejaría en un lugar del pasado terminado, que nunca será verdad), sobre todo, un personaje martiano, y como tal, antes y primero que nada, un líder nacional.

Fidel (y cuando digo Fidel digo, obviamente, el colectivo nacional que él lideraba) se propuso completar la obra de José Martí. Obra que al poeta y periodista le imposibilitó ver terminada su propia muerte en batalla y la posterior injerencia de los Estados Unidos en la guerra contra España, que terminó en una independencia “a medias”: la Isla sería, a partir de 1898 y hasta 1959, un virtual “protectorado” (por no decir “colonia”) norteamericano.

Fidel vino así a finalizar (siguiendo las ideas de Martí) la emancipación nacional junto a la emancipación social. Construir por fin una nación y un Estado nacional en la Cuba que, hasta él, le pedía permiso a los Estados Unidos hasta para ponerle el precio al azúcar.

Difícil tarea la de construir una verdadera nación en América Latina. Una verdadera nación es aquella que posee el goce absoluto de su soberanía económica, política, territorial, de política exterior y de organización interna. En los doscientos años de independencia, los Estados Unidos se han reservado ese derecho (el de ser una nación) y los países de América Latina han sido, salvo escasos períodos de nuestra historia (y de la mano de líderes populares), semi colonias (cuando no colonias lisa y llanas) sujetas y obedientes a los dictámenes de Gran Bretaña o los Estados Unidos en la mayoría de los casos.

La nación que Fidel comenzó a construir allá por 1959 se decidió tercamente a serlo. Ejemplos de su actitud sobran: tras la primera Reforma Agraria (1959), Estados Unidos (aliados de los terratenientes cubanos y norteamericanos) inicia las acciones de agresión abierta y encubiertas contra territorio cubano; Fidel responde restableciendo relaciones con la URSS (1960). Estados Unidos amenaza con invadir la Isla; Fidel responde confiscando las compañías petroleras Texas, Shell y ESSO (junio de 1960). El senado norteamericano reduce la cuota azucarera en 700.000 toneladas; Fidel responde confiscando todas las empresas de capital norteamericano en la Isla (agosto de 1960).

La Organización de Estados Americanos, siguiendo los dictados de Estados Unidos, inicia el aislamiento de Cuba de las cancillerías de América Latina (excepción hecha por México). Fidel comienza a reunirse en Cuba con líderes revolucionarios de América Latina y del mundo.

Contra la misma obstinación nacional se estrellaron los norteamericanos en abril de 1961, cuando invadieron la Isla en Bahía de Cochinos. Tuvieron que retroceder. Y ante la mayor crisis misilística del siglo XX, Cuba hasta se dispuso a sacrificarse totalmente (Fidel le pidió a la URSS que si se invadía la Isla utilizara el armamento nuclear) en aras de mantener su independencia y soberanía.

Frente a cada presión, injerencia y hasta invasión, Fidel reaccionó (acompañado por su pueblo) doblando la apuesta, no resignando en nada la soberanía cubana y comenzando a construir un ejemplo que el resto de América Latina comenzó a mirar con admiración.

La perspectiva de un Fidel furibundo comunista, aliado a la URSS con el perverso objetivo de instalar el comunismo soviético en toda América Latina y permitir la destrucción de “Occidente” y sus valores “tradicionales”, sólo cabe en las afiebradas elucubraciones de la CIA y en las conveniencias discursivas que convenían a la instalación de dictaduras de la seguridad nacional en América Latina. Dictaduras feroces que desarrollaron planes sistemáticos de desaparición de personas, asesinatos, torturas y exilios forzosos, como método de preservar estructuras sociales profundamente inequitativas y desiguales. Dictaduras que necesitaban que todo/a aquel/la que pensara o actuara en nombre de la equidad y la justicia ingresara a la categoría de “comunista soviético”.

Siguiendo el camino inverso a las repúblicas oligárquicas y a las dictaduras pretorianas, el proyecto nacional cubano se propuso mejorar las condiciones sociales y disminuir las inequidades económicas. Fidel se encontró así con una disyuntiva de hierro: o el proyecto nacional se proponía afectar la estructura económico-social tradicional cubana, con sus terratenientes nacionales y extranjeros, sus empresas norteamericanas, y así ganar sustento económico-social, o el proyecto nacional negociaba con las burguesías cubana y norteamericana, sin afectar el nudo de la desigualdad en la Isla e iniciando un camino de retorno a la Cuba semi colonial.

Prontamente quedó claro que no habría nación en Cuba si no se profundizaba el proyecto revolucionario. Esa es la raíz de la profundización que Fidel inicia en 1961. ¿Se copiaron los modelos soviéticos? ¿Se desarrollaron las rigideces culturales stalinistas? ¿Se prohibió totalmente la propiedad privada? ¿Se desangraron generaciones de trabajadores/as para lograr una industrialización forzosa?

Ninguno de estos pasos fue dado. Lejos de las rigideces totalitarias soviéticas, la Revolución cubana fue, bajo la inspiración de Fidel, un ámbito de renovación cultural, literaria y musical; un espacio de avance científico-tecnológico (en especial en áreas claves de educación y salud); un intento de estatización y nacionalización que garantizó condiciones básicas de nutrición y trabajo para la gran mayoría. El socialismo cubano era y es eso, socialismo cubano. Un camino propio que se entronca con las tradiciones igualitaristas latinoamericanas.

Este carácter nacional no le impidió (sino todo lo contrario, favoreció) a Fidel buscar alianzas y apoyos en otros proyectos nacionales latinoamericanos: lo veremos en el Chile de Allende, en la Argentina de Cámpora y Perón, en el Perú de Velasco Alvarado, en la Nicaragua del Frente Sandinista, en el México del PRI. Cuba, de la mano de Fidel, no exigía puntillismo ideológico, entendía como natural que cada país latinoamericano buscara su propia fórmula nacional, siempre y cuando la misma se basara en luchar contra el imperialismo y reducir las inequidades sociales. Era la condición previa a la unidad e integración latinoamericana.

Cuando se derrumbó el muro de Berlín y colapsó la Unión Soviética (arrastrando consigo a todos los países “socialistas” del bloque soviético en Europa y Asia), las usinas conservadoras de Europa y Estados Unidos anunciaron el ansiado fin de la Revolución cubana. La creencia en una Cuba como prolongación de la URSS no los dejó ver que aquí, en América Latina, la experiencia cubana no era el resultado de la imposición de los tanques soviéticos sino el anhelo nacional, popular y revolucionario de un pueblo que se aferraba a su propio ideario nacional. Y cuando mejores aires soplaron luego de la oleada neoliberal de los ochenta y los noventa, Fidel no dudó en reunir y acompañar los proyectos nacionales latinoamericanos que de la mano de Lula, Evo Morales, Rafael Correa, Chávez, Mujica, Ortega, Néstor y Cristina Kirchner expresaban (y expresan aún) diferentes modos de búsqueda de afirmación nacional y popular. Sin dogmatismos y sin pragmatismos: en un difícil camino de búsqueda en donde el mundo real es confrontado desde las convicciones profundas y donde los logros están delimitados por las posibilidades de cada contexto histórico.

¿Comunista? ¿Pragmático? ¿Posibilista? ¿Inflexible? Ninguno de esos atributos. Fidel es un gran estadista, con convicciones profundas y con infinita paciencia política y capacidad de perseguir el mismo objetivo en contextos cambiantes: y su objetivo permanente fue construir la nación cubana, libre, soberana y justa, junto a la gran nación latinoamericana. Una gran nación, resultado de los logros de cada una de las patrias “chicas”. El nacionalismo de Fidel no es el nacionalismo chiquito y pusilánime que las élites neocoloniales impusieron sobre cada uno de nuestros países. Un nacionalismo de banderas y símbolos que la propia élite contradecía con cada acto de coloniaje. Un nacionalismo desconfiado y receloso de las demás naciones latinoamericanas, aunque confiado y entregado a los imperios de turno.

El nacionalismo de Fidel es el nacionalismo ancho y generoso de un pueblo con derechos; un nacionalismo que entiende que hay una sola nación latinoamericana compuesta de muchas repúblicas y todas, al fin, libres del peso imperialista y de las profundas inequidades que agobian a nuestros pueblos. Un nacionalismo solidario con las naciones oprimidas; que ve en nuestras repúblicas de América Latina una confluencia y no una competencia.

Por eso, pese a los nuevos anuncios apocalípticos de la derecha para Cuba y América Latina, Fidel no se ha quedado en el pasado, nos espera en el futuro.