Por Pablo Torello (desde La Habana)

Esta es una nota que ya fue escrita. Hoy vuelvo a La Habana después de dieciocho años en un nuevo funeral de Estado. Planeo el final de un Fotorreportaje que inicié hace tiempo, pero esa es otra historia que prefiero contar en fotos. En 1998 visite Cuba en los tardíos funerales de Ernesto Che Guevara, que, asesinado en La Higuera, volvía a la isla treinta años después. Esta vez es Fidel a quien su pueblo despide, falleció hace horas.

Ya estoy en La Habana, mezclado entre la gente que aborda los micros para llegar a su trabajo. Cuba está de luto y eso en la rutina diaria del pueblo habanero se deja ver en las banderas nacionales que cuelgan de miles de balcones a lo largo de la ciudad. Cuba es en rigor un país socialista. Y en esa construcción social y política de décadas, el compromiso con el proyecto transformador que bajó de la Sierra Maestra hace más de cinco décadas es algo que se expone y se propone en el trajinar cotidiano. “Ahí llega la ‘guagua’ que te lleva a la Plaza de la Revolución”, me dice un joven cubano llamado Norgue. Se refiere al micro. Subo con él. En el viaje me contará que trabaja por su cuenta arreglando computadoras y luego para avivar la charla habla de fútbol: de Messi y Maradona, pero también de política. “Voy a mi trabajo y por la tarde iré a despedir a Fidel”, me dice. Habla de los Funerales de Honor que el Estado y el pueblo cubano le rinden a su líder. Las exequias se desarrollan durante dos días en el Memorial Martí en La Habana, emplazado en la histórica Plaza de la Revolución. Es el inicio de los nueve días de duelo decretado en Cuba a partir del viernes pasado, luego sus cenizas atravesarán toda la isla marchando lentamente por la Carretera Central. Así recorrerá mil quilómetros a lo largo de todo el país, para que la Cuba profunda del interior lo despida.

En el memorial Martí, la gente hace cola bajo el sol para pasar frente a la urna funeraria en donde están las cenizas de Fidel. La Habana es una ciudad con sonidos, pero en estos nueve días de luto hay veda de alcohol, de espectáculos públicos y está prohibido escuchar música. Por eso el silencio inusual. Más de diez cuadras de cola avanzan lento, ordenada celosamente por el Ejército Nacional. Mientras sigo tomando fotos para aquel proyecto de fotorreportaje, avanzo en la cola que me llevará nuevamente frente a Fidel, como en 1998.

Después de dos días en los que los habaneros pudieron despedir a su líder, los Funerales de Estado culminan con un “acto de masas”, así lo llaman ellos en el protocolo. La Plaza de la Revolución está ahora armada con un palco gigantesco y la concentración popular es inmensa, se extiende por la avenida que se desprende de la plaza y estimo que hay más de trescientas mil personas. Igual, la cantidad de asistentes no es un tema que preocupe a los medios nacionales.

Hay muchos jóvenes secundarios con sus distintivos uniformes del colegio, son varios grupos, de a cientos, en racimos, alborotados. Algunos integrantes del Partido que caminan entre la gente y se indignan, no les gusta “tanta jarana”, me dicen. Buscan a los profesores responsables para ver si los pueden contener un poco. “Es que esto no es una fiesta”, me dice explicándome una señora, “los jóvenes deben tener alegría, pero hoy es un día de recogimiento y profundidad, no de festejo”, sentencia. Es que en la Cuba de hoy confluyen la tradición socialista y revolucionaria y las tendencias de una juventud adolescente que mira y descubre por redes sociales (recientemente aprobado su uso por el Estado) un mundo capitalista que brilla en su superficie. “Sácame una foto para feisbuc” me dice un joven con tonada clasica. mientras posa con una remera de Michael Jordan. Detrás de él, la gigantesca esfinge del Che se asoma.

En el masivo acto hablan los jefes de Estado invitados por el Gobierno cubano. Sobresalen por sus conceptos e impostura Rafael Correa Delgado de Ecuador, Evo Morales de Bolivia y Daniel Ortega de Nicaragua. Hubo otros, de China, Vietnam, Rusia y Sudáfrica, pero la cuestión del idioma y los traductores les quitan épica a los discursos y aburren a la gente. Cierran muy arriba Nicolás Maduro de Venezuela y el presidente Raúl Castro que despide a su hermano muerto.

Las pancartas azules, rojas y blancas tiñen a la multitud. Las fotos de Fidel joven y anciano, activo siempre, se multiplican y viajan sobre las cabezas de la muchedumbre infinita. Un hombre de casi ochenta años me pide que lo entreviste. Lo grabo y le hago unas fotos. Me dice que peleó con el Che. No alcanzo a creerle. En el mar infinito de fotos, nuevamente los colores rojo, azul y blanco siguen desfilando frente a mí. La emoción llega cuando todos a coro empiezan a gritar “Somos Fidel…, somos Fidel…, somos Fidel…”. El grito retumba contra las paredes de los Ministerios que flanquean la Plaza de la Revolución. En ellos las míticas esfinges en hierro del Che y de Camilo Cienfuegos espectan la plaza repleta…, otra vez con Fidel en el centro de le escena. La emoción crece, Rafael Correa dice que “Fidel murió invicto”, Evo dice que “en Cuba los trabajadores son dueños del fruto de su trabajo”, Maduro dice que “si evaluamos los resultados de la economía de Cuba sin hablar del genocidio del bloqueo de Estados Unidos es una hipocresía”. Así van concluyendo estos Funerales de Estado en La Habana, con un acto multitudinario en la Plaza de la Revolución. Correa cierra su discurso diciendo que “hay dos Cubas: una la del norte, la que está en Miami, enferma de odio y de traición; otra la del sur, sin pobres, con el 100% de sus niños y jóvenes escolarizados, sin chicos hambrientos en las calles”.

Pienso en mañana, en cómo organizar el viaje que me permita acompañar por las rutas del interior de Cuba el paso de las cenizas de Fidel frente a ese interior profundo, esclavo hasta que la Revolución lo transformó para siempre. Espero llegar antes del cortejo a Santa Clara, en donde está sepultado Ernesto Che Guevara. Retumba en mi cabeza el grito desconsolado de la docente Taimi Pestana que en medio del acto le grita llorando a quien pase cerca de ella: “En la Cuba de antes de Fidel los negros y pobres eran humillados doblemente, por negros y por pobres”. Grita y llora mientras levanta la bandera… ”Esta bandera se la llevo a mi abuela, que me enseñó a amarlo antes de que tenga uso de razón. Ella era esclava de patrones blancos, y con la Revolución se compró por primera vez unos zapatos cuando tenía diecisiete años. ¿Puedes creer tu que durante diecisiete años sus patrones la habían mantenido descalza?”, me dice increpándome. “Por eso ella es feliz desde que triunfó la Revolución, a ella le llevo esta banderita”.

Mientras tanto, el acto en la Plaza de la Revolución llega a su fin. Escucho el Himno Nacional de Cuba que a mi lado todos cantan a viva voz. Orgullosos, erguidos, firmes. Como si cada cubano perteneciera a un ejército intangible pero presente. Las estrofas hablan de la lucha. La última dice “a las armas valientes, corred a tomarlas”.