La ciencia de Fidel

La ciencia de Fidel

La ciencia cubana: portadora de futuro y política de Estado.

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Por Silvia Montes de Oca

Agricultura, Ambiente, Antropología, Biotecnología, Clima, Energía, Geografía, Informática, Investigación, Medicina, Meteorología, Sociales. Así están listados los links de la sección Ciencia y Tecnología de la edición digital del diario cubano Gramma. En la portada aparecen noticias desactualizadas, de 2014. Pero en el extremo superior derecho, el de mayor visibilidad en el orden natural de la lectura, aparece una frase de Fidel Castro dicha al cumplirse el primer aniversario de la revolución, en 1960: “El futuro de Cuba tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia”.

No debe haber quedado idea sin pensar ni transmitir para Fidel. “En muchos aspectos que determinan el futuro, nuestro país está ocupando posiciones destacadas; en tecnologías de vanguardia, que determinarán el futuro desarrollo de Cuba, contamos con instituciones como el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, o como el Centro Nacional de Investigaciones Científicas”.

“Las nuevas tecnologías de las comunicaciones han dividido al mundo entre los conectados y los no conectados a las redes globales. Conectarnos al conocimiento y participar en una verdadera globalización de la información que signifique compartir y no excluir, que acabe con la extendida práctica del robo de cerebros, es un imperativo estratégico para la supervivencia de nuestras identidades culturales de cara al próximo siglo”, decía Fidel en los noventa del siglo XX. Un contrapunto interesante entre esta visión y las condiciones materiales y de posibilidad que ofrecía el bloqueo. El bloqueo a una isla.

Uno de los testimonios que llegó –conocida la noticia de su muerte– fue la carta enviada por la brigada de profesores de la Universidad de Ciencias de la Computación (UCI) que se encuentra cumpliendo en estos días una misión en Luanda, la capital de la República de Angola, en África.

“Desde aquí, expresamos todo nuestro apoyo y fortaleza para la Patria, para el colectivo de la UCI, para nuestras familias y el más firme compromiso de continuar su obra, apegados a su hermosa definición de Revolución, desde esta trinchera indestructible de la cultura, la educación y la solidaridad, cumpliendo con excelencia la noble tarea que nos corresponde en este minuto”.

Además del bloqueo, a Cuba la atraviesa la meteorología. Saben de sequías, inundaciones y el paso de huracanes. También en los noventa, Fidel Castro se adelantaba a alertar sobre la emisión de los gases de efecto invernadero y su impacto en el cambio climático. Basta recordar su intervención en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio ambiente y Desarrollo, el 12 de junio de 1992, celebrada en Río de Janeiro.

A la sombra del embargo económico, crecieron centros de investigación genética, tecnológica y biotecnológica y la idea de una ciencia aplicada, puesta a resolver problemas vinculando disciplinas. “La Facultad de Informática y Matemática, sin detener la activa participación en el gigantesco proyecto de informatización de la Fábrica de Níquel Comandante Ernesto Che Guevara, ha permitido a los investigadores de las ataxias hereditarias aplicar métodos matemáticos y computacionales para diagnosticar a los enfermos”, se lee en una crónica periodística reciente. O el saldo positivo del proyecto ejecutado por profesores y alumnos de Ciencias Agropecuarias “con el fin de determinar las capacidades de producción de alimentos para la transferencia tecnológica de policultivos y métodos de lucha contra la sequía en Holguín, una de las quince provincias que integran la isla”.

La lista de los desarrollos científico-tecnológicos es larga. No se puede inferir que la principal barrera para el crecimiento de la isla se haya naturalizado y se asuma con resignación. Hace nada más que dos meses, la comunidad científica cubana exigió “el cese del injusto y dañino bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por el gobierno de Estados Unidos contra nuestro país, y la eliminación de todas las acciones desestabilizadoras e injerencistas, como premisa indispensable para lograr una colaboración plena y en condiciones de absoluta igualdad entre ambas naciones”. Reunidos en el histórico Paraninfo de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC), los científicos aprobaron una declaración en la que expresan que “ese cruel cerco ha sido y es un importante obstáculo para el desarrollo de la ciencia en la Mayor de las Antillas”.

Según se señala, “el bloqueo prohíbe a las instituciones científicas nacionales adquirir en el mercado norteamericano equipos, materiales y otros medios para la investigación, o comprarlos a subsidiarias de compañías radicadas en terceros países o a cualquier proveedor, si aquellos contienen más de un 10% de componentes de patente o fabricación estadounidense”.

“Tal indicación implica la imposibilidad de acceder a muchas tecnologías de avanzada, el encarecimiento y la demora en los suministros, además de múltiples dificultades para adquirir repuestos y recibir servicios de posventa”.

Como esboza la declaración de la ACC, “el bloqueo limita también de múltiples formas el intercambio científico y tecnológico entre instituciones académicas y empresas de los dos países, y el desarrollo de proyectos conjuntos, mientras que la no posibilidad de usar el dólar estadounidense entorpece la transferencia a Cuba de fondos procedentes de fuentes internacionales, que con frecuencia son retenidos por los bancos so pena de ser sancionados por el gobierno de Estados Unidos”.

Tras el pronunciamiento, para el doctor en Ciencias Rolando Pérez, del Centro de Inmunología Molecular: “la colaboración en el campo del control del cáncer, y sobre todo la presencia de fármacos cubanos contra esa dolencia en ensayos clínicos en instituciones norteamericanas, puede tener un impacto favorable en la opinión pública de EE.UU. Ello puede contribuir a que esta se movilice y ejerza presión en el Congreso del país norteño pidiendo el fin del bloqueo”.

“La ciencia cubana tiene el potencial de ser escudo y lanza en esta dura batalla que conduzca al levantamiento definitivo de tan inhumana práctica”.

Dos meses atrás, ni Pérez ni sus colegas de ciencia sabían que el presidente electo de Estados Unidos sería Donald Trump. La única certeza que no es sorpresa y se ha convertido en variable portadora de futuro ya cumplió cincuenta y siete años de vida y es el eco de esa frase el que viene trazando camino: “El futuro de Cuba tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia”. En más de medio siglo, no hubo viento que apague esa llama. No lo habrá.


 

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