Por Víctor Ego Ducrot*

(Agepeba) Miguel Barnet, insoslayable intelectual y escritor cubano, autor de Biografía de un cimarrón (1966) entre tantas búsquedas de la narrativa, la poesía, el ensayo y la etnología, fue entrevistado el domingo pasado por TeleSur. La conductora del programa le pidió que definiera a Fidel en una palabra. “Iluminado”, dijo. Y calló. Nada más había por decir. O sí.

Buenos Aires. 26 de noviembre. Muy temprano, casi de madrugada. Murió Fidel, dijo la pantalla del celular. El café hirviente quedó solo, para siempre. Los míos se congelaron. Luego, no recuerdo otra vez que mi escritura haya tenido que atravesar las lágrimas para poder verse. La información fue breve, lacónica. Su título: ¡Viva Fidel, Viva Cuba! No quería despertarla porque no podría hacerlo sin que mis palabras fuesen esas, murió Fidel. Antes de cruzarnos con destino al infinito, ella, mi escritora preferida como la he invocado en incontables textos periodísticos, entonces de urgencia, pues tan sólo así, sin más, me permite citarla; ella, repito, y yo mismo, ya habíamos trazado nuestras pertenencias a aquel mundo de Fidel que celebramos y del cual moriremos orgullosos. Nos abrazamos y lloramos, porque lo amamos; porque, sin decirlo, constatábamos la certeza despedazada de aquello que la ciudad que habitamos, el mundo sobre el que andamos y muchas de sus palabras y gestos ya no nos pertenecen, la certidumbre de cierto extrañamiento. Murió Fidel. Ahora sí llegó a su punto final nuestro siglo XX. Nos enjugamos. Leímos aquellos versos de Juan Gelman: “Dirán exactamente de Fidel/ gran conductor el que incendió la historia etcétera/ pero el pueblo lo llama el caballo y es cierto/ Fidel montó sobre Fidel un día/ se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte/ pero más todavía contra el polvo del alma”. Calentamos un café nuevo para nosotros. Solos.

Una semana antes, los estudiantes que cursan conmigo Historia del siglo XX en la UNLP eligieron que volviera a referirme a la Revolución cubana. Les había solicitado que, a título de casi última clase teórica de 2016, propusieran ellos el tópico sobre el cual ensayar algunas últimas reflexiones: se puede decir que, casi desde el 1º de enero mismo de 1959, la Revolución partió aguas en orden a sus intérpretes y ni que decir respecto de quienes la abrazaron y quienes la odiaron. La mayoría de todos ellos, cientos de miles, millones, a lo largo de la segunda mitad de la centuria pasada y en lo que va de la actual, incurrió en la misma falta, en no poder diagnosticar la naturaleza, la ontología de ese proceso histórico y quedar atrapada entonces en las acaloradas discusiones que provocan su infinidad de atributos, complejos y muchas veces contradictorios. Cuba fue la última colonia de España en América pero a su vez el primer y hasta ahora único país de nuestro continente que logró completar su emancipación nacional y social. La Revolución cubana es a la vez independentista, derrotó al anexionismo contra el cual batalló José Martí, y el más profundo movimiento plebeyo victorioso que registra nuestra región, con un invariable perfil internacionalista y solidario, lo que le dio carácter y volumen de fenómeno global. Es una síntesis portentosa de vertientes culturales y políticas, de sincretismo y razón; y el interprete y dilucidador de ese complejo tablero se llamó Fidel Castro, de ahí su liderazgo como ninguno; y de ahí la persistencia en el ser del proceso que decodificó y resemantizó.

Entonces, tiene razón Barnet al caracterizar a Fidel como un “iluminado”, sobre todo porque la calificación del presidente de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) no remite a un sentido mágico, religioso o mítico, a ninguna luz divina, sino a una derivación superadora del Iluminismo, de la Enciclopedia, de la Modernidad. Y pienso en Alejo Carpentier y su novela El siglo de las luces: “Las palabras no caen en el vacío (ZOHAR). Esta noche he visto alzarse la Máquina nuevamente. Era, en la proa, como una puerta abierta sobre el vasto cielo que ya nos traía olores de tierra por sobre un Océano tan sosegado, tan dueño de su ritmo, que la nave, levemente llevada, parecía adormecerse en su rumbo, suspendida entre un ayer y un mañana que se trasladaran con nosotros. Tiempo detenido entre la Estrella Polar, la Osa Mayor y la Cruz del Sur –ignoro, pues no es mi oficio saberlo, si tales eran las constelaciones, tan numerosas que sus vértices, sus luces de posición sideral, se confundían, se trastocaban, barajando sus alegorías, en la claridad de un plenilunio, empalidecido por la blancura del Camino de Santiago… Pero la Puerta-sin-batiente estaba erguida en la proa, reducida al dintel y las jambas con aquel cartabón, aquel medio frontón invertido, aquel triángulo negro, con bisel acerado […] Ahí estaba la armazón, desnuda y escueta, nuevamente plantada sobre el sueño de los hombres, como una presencia –una advertencia– que nos concernía a todos por igual”.

Entonces, tiene razón Barnet. Y pienso en Paradiso de Lezama Lima, la novela y toda su cubanía: “No, no era la noche paridora de astros. Era la noche subterránea, la que exhala el betún de las entrañas trasudadas de Gea. Su imago reconstruía un cangrejo rojo y crema saliendo por un agujero humeante. ¿Se había despedido de Fronesis? ¿Se volvería a encontrar en el puente Rialto en el absorto producido por la misma canción? ¿Cerca estaría Foción en acecho? Esas preguntas pesaban como un tegumento de humo y hollín en cada una de sus pisadas. Sentía dos noches. Una, la que sus ojos miraban avanzando a su lado. Otra, la que trazaba cordeles y laberintos entre sus piernas. La primera noche seguía los dictados lunares, sus ojos eran también astros errantes. La otra noche se teñía con el humillo de la tierra, sus piernas gravitaban hacia las entrañas terrenales. Bajaba los párpados, le parecía ver sus ojos errantes describiendo órbitas elípticas en torno al humillo evaporado o el animal carbunclo”.

“El iluminado” habrá sabido que Simón Rodríguez también tuvo razón: “o inventamos o erramos”, estampó el intelectual de la Revolución de “Nuestra América”, a quien el 19 de enero de 1824 Simón Bolívar le escribiera: “usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló […] No puede usted figurarse cuán hondamente se han grabado en mi corazón las lecciones que usted me ha dado, no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que usted me ha regalado”.

Fidel inventó. Por eso sus enemigos, el monstruo, el monstruo y sus entrañas, parafraseando a Martí, la derecha, las oligarquías, los enemigos del pueblo lo odian; porque inventó y no erró en la naturaleza del ser revolucionario que los errores entre los atributos, que a él tanto lo enfurecían, en este intento de ensayo breve no tienen lugar ni tiempo. ¡Hasta siempre, Comandante!


Periodista y escritor. Director de AgePeBA.