Por Carlos Ciappina

Imaginemos un país rico, fabulosamente rico, un país que exportaba millones de toneladas de trigo, lino, maíz, carne, maderas, hacia Gran Bretaña y Europa. Un país con una élite que había hecho de la frase “rico como argentino” un modismo en la mismísima París. Una élite que se vanagloriaba de ser la más “europea” de América Latina, que se consideraba culta, que producía premios nobeles, que se sentía fundadora de la nacionalidad y que, sobre todo, imaginaba que así como estaban las cosas estaba todo muy bien.

¿Y cómo estaban las cosas? Desde la extraña (por inesperada y sospechosa) derrota de Urquiza en Pavón, la élite liberal había desplegado un pronunciado proceso de “pacificación” (léase exterminio y/o represión) de las fuerzas federales, asesinando a los caudillos, destruyendo los modelos de nación alternativos al suyo (la destrucción del Paraguay nacionalista junto con las fuerzas de Brasil, Uruguay y la corona británica), ampliando la frontera agrícola con el genocidio de los pueblos originarios patagónicos y pampeanos, abriendo la inmigración para contratar mano de obra barata europea.

Desde 1861 hasta 1943, van 82 años en los que la élite liberal construyó un país a su imagen y semejanza. Para quienes cuestionaban ese orden, la élite tenía una sola respuesta: la represión. Los obreros anarquistas y socialistas de los talleres Vasena fueron masacrados en la Semana Trágica, y los peones y obreros de la Patagonia fueron asesinados por miles en 1922-1923. Hasta las reformas yrigoyenistas le resultaron intolerables, tanto como para generar un golpe de Estado que le entregó nuevamente el poder político a la élite liberal hasta 1943.

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La Argentina rica y voluptuosa construida a sangre y fuego (literalmente) por le élite liberal reposaba en la miseria infinita de las y los trabajadoras/es a lo largo y a lo ancho del país. El informe Bialet-Massé había descrito para 1902 las situaciones de miseria y sobreexplotación del norte argentino. Los hacheros santafesinos, chaqueños y formoseños, los cañeros tucumanos, los mineros jujeños y salteños; los literatos como Quiroga mostraban la vida miserable de los mensú en Misiones y los autores del folklore profundo relataban las condiciones de vida de los peones de campo; los líderes socialistas, comunistas y anarquistas denunciaban las miserables condiciones de los obreros en Buenos Aires, Rosario y los enclaves industriales extranjeros.

SI ELLOS DISFRUTABAN DE TODAS LAS RIQUEZAS ERA PORQUE LO MERECÍAN, Y SI LOS MESTIZOS, INDÍGENAS E INMIGRANTES DEL SUR DE EUROPA NO POSEÍAN MÁS QUE SU FUERZA DE TRABAJO ERA PORQUE TAMBIÉN LO MERECÍAN. NADA DEBÍA SER CAMBIADO DE ESE ORDEN “NATURAL”.

La élite liberal sólo veía en ello, en ese modo de ser tan despiadado de la Argentina oligárquica, el modo de ser natural de su mundo: si ellos disfrutaban de todas las riquezas era porque lo merecían, y si los mestizos, indígenas e inmigrantes del sur de Europa no poseían más que su fuerza de trabajo era porque también lo merecían. Nada debía ser cambiado de ese orden “natural”.

El 17 de octubre de 1945, ese mundo “natural” se conmovió y cambió al país. Los postergados de cientos de años estaban allí, postergados mestizos y postergados inmigrantes, reunidos en la plaza, pidiendo por la libertad de Perón, el coronel al que sentían como uno de los suyos y al que veían como garantía de que “la estancia” no volviera a cerrar las tranqueras sobre sus vidas y trabajos.

LOS POSTERGADOS DE CIENTOS DE AÑOS ESTABAN ALLÍ, POSTERGADOS MESTIZOS Y POSTERGADOS INMIGRANTES, REUNIDOS EN LA PLAZA, PIDIENDO POR LA LIBERTAD DE PERÓN.

Los jornaleros de los que hablaba Dorrego, el pueblo federal desde Güemes hasta Felipe Varela, los negros y mestizos de Artigas, los gauchos desplazados de José Hernández, los radicales yrigoyenistas de los barrios, los ucranianos, polacos, italianos, gallegos, vascos que se deslomaban en los talleres y fábricas de Buenos Aires, Rosario, La Plata, Berisso y Ensenada. Los históricos desheredados de la tierra más rica del Cono Sur se movieron como una sola persona. Y ese es otro hecho incontrastable del 17 de Octubre.

LA MAYOR MOVILIZACIÓN DE LA HISTORIA ARGENTINA HASTA ESE MOMENTO FUE TOTALMENTE ESPONTÁNEA, NO HABÍA “APARATO”, “BURÓCRATAS”, “PUNTEROS”.

El 17 de Octubre instala también a los trabajadores como demandantes, como sujetos colectivos que tienen algo que decir y que tienen derecho a decirlo. Que elijen un liderazgo, lo reclaman y lo instalan. La política argentina dejará de ser la misma después de ese día: a la política de círculo, de grupitos de elegidos, de clubes, de acuerdos secretos y espurios, el peronismo le opondrá la imagen y la práctica que esa noche (con Perón traído de urgencia de Martín García) se instalará en el balcón de la Casa Rosada: el diálogo directo con los trabajadores, la política masiva, abierta, multitudinaria, donde el que conduce y los/as trabajadores/as proponen y escuchan mutuamente.

El 17 de Octubre también es la fecha en que toda una conducción obrera fracasa: los líderes tradicionales del movimiento obrero de corte socialista, comunista y anarquista no alcanzaron a comprender en su totalidad la dimensión de lo que estaba pasando: formados en categorías de análisis eurocéntricas, le atribuyeron al 17 de Octubre connotaciones protofascistas y privilegiaron mantenerse junto a la partidocracia liberal en el contexto de la inmediata posguerra. Fueron barridos por las nuevas conducciones obreras que rápidamente se organizaron para defender el liderazgo de Perón (y sus propios intereses). En épocas como las actuales, en que el trabajo está amenazado por el poder hegemónico, harían muy bien las conducciones obreras tradicionales en repasar el destino de las conducciones que no se sumaron al reclamo de los trabajadores y permanecieron en el campo demarcado por las élites liberales.

ES LA CLASE TRABAJADORA LA QUE LIBERA A PERÓN.

Porque de tanto interpretar y reinterpretar el peronismo con las anteojeras de la historia oficial o del prejuicio elitista, se ha olvidado un punto esencial del 17 de Octubre: es la clase trabajadora la que libera a Perón. El protagonista del 17 de Octubre tiene un actor central y uno secundario: el actor central es la clase obrera y trabajadora, heterogénea, mestiza e inmigrante, la que ocupa la plaza y toda una ciudad (la de Buenos Aires) que se creía la París de América, renegando de la existencia de los millones de desheredados que con su trabajo construían su magnificencia.

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Los cientos de miles de obreros, trabajadores, jornaleros, varones y mujeres que se fueron reuniendo en Plaza de Mayo el día 16 y que la colmaron el 17 de octubre sacudieron definitivamente las estructuras de la “gran estancia” en que la élite oligárquica, sus partidos políticos afines y corporaciones económicas, mediáticas y educacionales pretendían mantener a la Argentina.

La diferencia la hicieron los casi 500.000 obreros que se movilizaron por propia determinación: era ese “subsuelo de la patria” de Scalabrini que se movilizaba por su cuenta porque entreveía por primera vez en más de cien años que algo podía cambiar efectivamente. Así, el “Día de la Lealtad” adquiere su significación enorme y profunda: ¿es la lealtad del pueblo trabajador hacia Perón solamente? Creemos que es quizás todo lo contrario: el 17 de Octubre es el día de la lealtad del propio Perón hacia los trabajadores. Ese es el vínculo profundo y perenne que une a los trabajadores con Perón. Ellos “hicieron” el 17 de Octubre y, al hacerlo, constituyeron a Perón como líder de las masas movilizadas en la Argentina de la década de 1945. Los trabajadores no entraron solos a la historia política. Lo hicieron junto a las mujeres, los niños y los ancianos, quienes, “subidos” a la nueva etapa de los derechos civiles y sociales que la clase trabajadora abría con su reclamo político, descolocarían totalmente a la vieja partidocracia fraudulenta.

El peronismo se constituirá así como un movimiento masivo con centralidad en la clase trabajadora. Perón nunca dejará de señalar su vínculo especial y único con los/as trabajadores/as. Los obreros nunca dejarán de confiar en ese líder por ellos liberado, pero tampoco dejarán de reclamarle mejorar sus vidas. Y esa centralidad del mundo del trabajo será el elemento “intragable” para la élite liberal y oligárquica.

El 17 de Octubre preanuncia fácticamente lo que serán los diez años posteriores: el espacio, el territorio de la Capital ocupado por los desheredados de la patria. De allí en más, las plazas, los cines, los teatros, los lugares de veraneo, el consumo, la radio, los periódicos, las revistas de deportes, de entretenimiento… en fin, todo el territorio físico y simbólico de una nación reservada históricamente a unos pocos será ocupado por los sectores populares, por su estética, su música, su visión de la vida.

El 17 de Octubre será, por estos dos grandes motivos (entre muchos otros) insoportable para la Argentina tradicional: las patas en la fuente y el pueblo instalando a su líder en el balcón dispararon en la élite, en sus diarios, en sus Universidades y en sus partidos políticos los temores profundos de un retorno de la “barbarie”, leída en clave sarmientina. Así también, el 17 de Octubre funda la oposición despiadada y perenne de la élite liberal al proyecto nacional y popular que se originaba. De allí en más, el peronismo y lo que el peronismo simbolizó y simboliza tendrá que enfrentarse permanentemente con el desprecio, el destrato, la descalificación y finalmente el uso puro y simple de la violencia del poder instituido por la élite liberal y sus socios civiles y militares en las varias dictaduras que se iniciaron con el golpe de la Fusiladora de 1955.

A PARTIR DEL 17 DE OCTUBRE, UN COLECTIVO SOCIAL CRECIENTE CONSTRUYE EL PERONISMO CON LA CONCIENCIA DE POSEER LO QUE LA ÉLITE SE RESERVABA PARA SÍ: DERECHOS A UNA VIDA MEJOR.

Así, el 17 de Octubre funda, al decir de John W. Cook, el hecho maldito del país burgués. A partir de allí, un colectivo social creciente (trabajadoras/es, mujeres, ancianos, jóvenes) construyen el peronismo con la conciencia de poseer lo que la élite se reservaba para sí: derechos a una vida mejor.

A partir del 18 de octubre de 1945 ya nada será igual, y el sueño de un país como una estancia culta y una colonia próspera para un puñado de familias se romperá para siempre, iniciando un largo ciclo en donde la élite oligárquica liberal no podía retomar el poder si no es a través de los golpes militares o la cooptación de partidos populares.

Hoy, el 17 de octubre de 2016 encuentra al peronismo en una encrucijada histórica nueva: por primera vez en toda su historia, la oligarquía (hoy neoliberal) lo derrota en las urnas, en elecciones libres y sin proscripciones. Un nuevo capítulo de la historia peronista comenzó a escribirse y aún no hay un libreto a seguir.