Por Héctor Bernardo
 
A muchos sorprendió la decisión del Comité reunido en Noruega, cuando se dio a conocer que el Premio Nobel de la Paz 2016 se lo entregarían al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos. El reconocimiento se da en un momento clave, a menos de una semana de que parte del pueblo colombiano rechazara el acuerdo firmado entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejercito del Pueblo (FARC-EP).
 
La esperanza de que este premio dé un nuevo impulso a ese proceso se hizo presente, pero también se hizo presente lo que ese premio ignoró o quiso ocultar.
 
No es la primera vez que el comité reunido en Oslo recibe críticas. El Premio Nobel de las Paz año tras año pierde prestigio. Para señalar solo algunos de los que también fueron galardonados llamativamente se puede nombrar al ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, promotor de las dictaduras centroamericanas y del Cono Sur, al ex primer ministro israelí, Shimon Peres, responsable de la muerte de miles de palestinos, y al presidente norteamericano Barack Obama, quien luego de recibir el Nobel invadió Libia, bombardeó Siria y promovió golpes de Estado en América Latina.
 
En esta ocasión, el Premio al presidente colombiano ignora el oscuro recorrido que el actual mandatario ha tenido como Ministro de Defensa (2006- 2009), durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez.
 
Como señaló el periodista Carlos Aznárez en el portal Resumen Latinoamericano: “solo basta recordar el compromiso de Santos con regar el territorio con cadáveres de campesinos y campesinas, a los que se conoció como ‘falsos positivos’. Hombres y mujeres que ni siquiera pertenecían a la insurgencia, pero que en su afán de extirpar las protestas reivindicativas y sembrar terror, el ejército los secuestraba, les ponía un uniforme verde oliva, les plantaba un arma y los asesinaba. Los medios del sistema hacían el resto identificándolos como ‘subversivos’ o ‘integrantes de las bandas terroristas’”.
 
La entrega del Premio a Santos, quien representa tan solo de una de las partes del conflicto,  ignora el rol de las FARC-EP, ignora el papel de los países garantes, Cuba y Noruega, ignora el rol de Venezuela y Chile como acompañantes, y de tantos otros que trabajaron por la paz en ese país sudamericano.
 
Hoy Santos es quien, desde el gobierno, impulsa el proceso de paz y con las FARC-EP “no los une el amor, sino el espanto”. Frente a ellos están los guerrerista Uribe y Pastrana, que apuestan a continuar este conflicto de manera indefinida o hasta exterminar por completo todo movimiento revolucionario.
 
En diálogo con Contexto, el coordinador de la Comisión de Asuntos Internacionales de Carta Abierta y analista de política internacional, Lido Iacomini, señaló: “Sin dudas, Santos es un hombre de la derecha reaccionaria, que durante su función en el gobierno de Uribe no vaciló en cometer barbaridades. Pero, en este momento, el Premio Nobel empuja el proceso de paz, lo que le da a este reconocimiento un aspecto positivo”.
 
“El reciente triunfo del ‘No’ en el plebiscito sobre los acuerdos de paz, fue tremendamente negativo para los colombianos y para todos los latinoamericanos, pero no ha liquidado el proceso de paz. Es por eso que la entrega del Premio Nobel en estas condiciones sirve, al menos, para que ese proceso de paz continúe y es un golpe para los sectores de la derecha, que quieren proseguir con el modelo guerrerista de Álvaro Uribe Vélez y Andrés Pastrana”, remarcó el analista.
 
Por último, Iacomini aseguró: “Más que una valoración sobre la justicia o no de este premio Nobel, que en realidad pocas veces ha sido entregado con justicia, hay que hacer una lectura política de este reconocimiento. La entrega del Nobel siempre ha respondido a necesidades circunstanciales de las grandes potencias”.