La palabra que empieza con G

La palabra que empieza con G

"Todo esto pasó en 2010. Fue un gran año para odiar a los gorilas", dice Roberto Álvarez Mur en este relato.

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Por Roberto Álvarez Mur

La conversación se dio hace años arriba del tren Roca, camino a Constitución, con un compañero de la Facultad. Para proteger su identidad, voy a cambiar su nombre por el de un actor famoso al que siempre me recordó.

Como les dije, me había cruzado arriba del tren a Nicolás Cabré. Era una tarde espantosa de primavera, esas donde el sol y los cuerpos apretados convierten a los vagones en hornos de chapa y plástico. Nico acompañaba a un grupo de veinte pibes que habían copado un vagón y se dirigían a la Capital Federal a una marcha. Nico Cabré me preguntó si yo iba también por ese motivo. Pero yo estaba yendo a laburar.

—Igual, vos sos medio gorila, ¿o no?

—¿Cómo “gorila”? –respondí.

—Gorila, man, gorilón. Digo, por las cosas que decís en clase.

Le pedí que me explicara eso de gorila, si tenía que ver con mi manera de caminar o la forma de mi boca. “Los gorilas son esa gente que odia lo popular, ya sabés, que tienen los valores de los oligarcas. Gorilas, man”, me dijo Nico Cabré.

—¿Por qué pensás eso?

—Cuando hacés esos comentarios sobre los políticos. Y cuando te quejás a cada rato del país o del barrio. Esa clase de cosas.

Entonces, empezó a darme explicaciones sobre tener conciencia de clase, sobre el individualismo y la alienación del trabajo, sobre pelear por los intereses del pueblo y un montón de otras cosas que me recordaron a la primera vez que vi Matrix: no entendí nada y tuve que verla dos veces más.

Nico Cabré me tiraba palabras como “aparateo”, “conducción”, “rosca”. ¿De qué hablás, Willis? ¿Electromecánica para principiantes? Le pedí que me la haga directa. Me dijo que los gorilas suelen ser gente que desprecia los derechos y a los intelectuales, que están atrapados en la rutina del trabajo, machistas y que quieren que maten a todos los chorros. Gente odiada y descreída del progreso. Miré alrededor. Excepto por el vagón de Nico Cabré y su banda, éramos un tren lleno de gorilas.

Nico Cabré siguió hablándome del gorilismo en la sociedad y la historia argentina. Milicos, policías, sindicalistas, dirigentes gremiales, intendentes del conurbano, taxistas, pizzeros, DT de fútbol del ascenso, periodistas, escritores de best-sellers, madres solteras, profesores de piano. Al parecer, no se salvaba nadie. Según Nicolás Cabré, el gorilismo nos tenía a todos: a mí, a Susana Giménez, a Tévez, a Margarita Barrientos y cualquiera entre medio. Llegamos, a Berazategui, mi ciudad. Quise preguntarle a Nico Cabré por qué éramos así, por qué gorilas y estábamos tan jodidos. Pero nos interrumpieron. Desde abajo del tren, un gordo de mochila y jean gastado nos gritó mientras caminaba por el andén. “¡Vagos de mierda, vayan a laburar!”. Los pibes le respondieron, de nuevo la palabra con G. “¡Oligarcón!”, “¡Facho!”, “¡Andá a hacerle el juego a la derecha!”. A eso siguieron con canciones, hits clásicos con las letras cambiadas por consignas de la izquierda peronista y la Revolución cubana. Cantaron “Arroz con leche”, “La farolera” y “Te quiero tanto” de Sergio Dennis, pero que hablaban de agarrar chumbos y organizar una guerrilla con gauchos chaqueños. El gordo emputecido se alejaba morfando un pancho de la estación de tren y seguía gritando. La gente se asomaba desde otros vagones, veían que no pasaba nada grave y volvían a morir en lo suyo. O directamente dormían la siesta, desmayados por el calor, y ni cuenta se daban de nada. En general, en los trenes pasan millón de cosas y la gente no se da cuenta por el cansancio. O quizás no quieren darse cuenta, de gorilas que son, nomás.

Uno de los pibes que estaba en el vagón con Cabré le revoleó al gordo un libro de Michel Foucault que le pegó justo en la jeta. La frente le quedó marcada con el golpe de “Vigilar y castigar”, edición aumentada con una apostilla de Tomás Abraham. Siempre dudé si esa escena hubiera hecho que Sarmiento se retuerza de indignación, o se hubiera sentido chocho de la vida.

Creí que sólo por estar en la estación de mi barrio debería haber defendido al gordo. Pero supongo que yo estaba del lado de Nicolás Cabré. En definitiva, yo también era un universitario, un intelectual. Pero todavía, evidentemente, no lo sabía. En Argentina, la mitad de la gente es intelectual. La otra también, sólo que todavía no lo sabe.

Mientras tanto, hay gorilas pudriendo todo porque sí. Ladrando como perros al tren. Recibiendo librazos en la frente a diario. Los gorilas no somos ni buenos ni malos, somos incorregibles. La Argentina gorila es incorregible. Contradicciones que caminan, comen y cagan. Lo único que se les puede hacer es electrificar sus barrios, levantarle cientos de escuelas, asfaltar su miles de calles. El gorilaje, hasta ahora, nadie sabe cómo se cura. Quizás el Presidente debería dictar un decreto que ordene la desaparición del gorilismo. Andá a saber.

Por suerte, Nico Cabré me enseñó detenidamente a no ser gorila. A separarme de la barbarie. Debería haber más pibes como él. En el conurbano profundo, arriba de los trenes, enseñando a los monos a ser mejores personas. Educando al soberano. Amaestrando al aluvión zoológico de desgraciados.

Casi llegando al final del recorrido, le pregunté a Nico si no tenía miedo de que los gorilas algún día se pusieran serios, tuvieran deseos y se pusieran las pilas para gobernar el país. Serían un montón y difíciles de parar. Pero no le preocupó en absoluto. Nico Cabré me dio una palmada en el hombro y me dijo que los gorilas no hacen esas cosas. Lo gorilas no se organizan, me dijo, no piensan, no son orgánicos a nada. Sólo son brutos llenos de odio. Sólo pueden llegar al poder a través de las armas, fue lo último que me dijo antes de que nos bajáramos en Constitución.

Todo esto pasó en 2010. Fue un gran año para odiar a los gorilas.

Nico Cabré se calzó una bandera al hombro y fue a marchar por la 9 de Julio con el resto de sus compañeros. Yo seguí con el subte hasta el microcentro, estaba llegando tarde al laburo y sabía que ese mes iban a sacarme el premio. Ese día me quedé pensando en esa conversación todo el viaje en colectivo de vuelta a casa. Tanto me enrosqué con el asunto que me pasé de largo y terminé en Villa España, en la terminal del 98, en plena madrugada. Me enculé porque, a esa hora, los bondis ya no frenan para nadie. Caminé veinte cuadras hasta llegar al barrio. Y aun ahí tenía que cuidarme de las pirañas.

La rutina fue así durante años. Hasta que me echaron por recorte de personal:

Volver tarde del trabajo.

Caminar rápido para poder llegar lo antes posible a casa.

No saber para qué sirve tanto esfuerzo.

Llorar de la angustia antes de dormir.

Ya saben, esas cosas que hacemos todo el tiempo, por mera estupidez, los gorilones.


 

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