El recuerdo de Gilda, un botín de representaciones y construcciones mediáticas

El recuerdo de Gilda, un botín de representaciones y construcciones mediáticas

El aniversario del fallecimiento de la artista y la cobertura de La Nación y Clarín. Un abordaje conmemorativo entre mitos y leyendas. 

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Por Cristian Secul Giusti

A veinte años del fallecimiento de Gilda, distintos medios masivos de comunicación realizaron coberturas y menciones que resaltan los trazos artísticos y mitológicos de esta artista que obtuvo, paradójicamente, un reconocimiento masivo luego de su trágica muerte. En función del obituario y la conmemoración, conviene reflexionar sobre el tratamiento mediático desarrollado por La Nación y Clarín, porque dan cuenta de una perspectiva de homenaje que tensiona algunos aspectos del universo popular.

En primer lugar, ambos medios se sirven del aniversario para exponer una alusión a la película protagonizada por la actriz Natalia Oreiro, titulada Gilda, no me arrepiento de este amor, estrenada el pasado jueves 15 de septiembre. Este dato no es menor, porque no solamente manifiesta una ligazón industrial entre el recuerdo y el comercio, sino también expone el éxito que tiene actualmente el film: en su primer fin de semana de cartelera vendió 225.000 entradas en todo el país.

Por consiguiente, tanto La Nación como Clarín exhiben posturas similares en relación con la construcción del imaginario de Gilda y su espectro popular en el día en que se recuerda su fallecimiento: 7 de septiembre de 1996. Por su parte, La Nación enfoca su titular desde la consideración legendaria y movilizadora de la figura de la artista: “Gilda, a veinte años de su muerte, el mito sigue creciendo”. En sintonía, Clarín titula de un modo similar, acentuando una representación vinculada a la resurrección y la desdicha: “El ‘mito Gilda’ revive a 20 años de su trágica muerte”.

Teniendo en cuenta los aspectos trágicos y desventurados del final de Gilda, La Nación hace hincapié en el fallecimiento y en la concreción de un relato póstumo: “Moría la artista, nacía el mito”. Continuando este estadio ficcional, el diario entra en una de las primeras falacias que se explicará más adelante y, vale decir, suele reiterarse en la reconstrucción histórica de la figura de la vocalista: “A los 34 años, en el pico de popularidad, la cantante dejaba tras de sí el aura de una carrera meteórica”.

En un mismo sentido, Clarín sostiene un discurso que busca polemizar con las estigmatizaciones que desprestigian a la música tropical y los modos utilizados por la propia artista para cerrar una grieta social que el medio reconoce histórica: “Sorteado ese estigma, el de la edad para triunfar –tenía 34 años– y el de que le faltaba culo y tetas para la movida tropical –las referentes eran Lía Crucet y La Bomba Tucumana–, la clase media acomodada de Villa Devoto vio a una de ellos convertirse en ‘la abanderada de la bailanta’”.

En este aspecto, es necesario tensionar el discurso propuesto por La Nación y Clarín porque tanto los medios hegemónicos de comunicación en general como los estudios académicos que se acercan a los “fenómenos” del universo de la movida tropical recaen en un constante desequilibrio sobre la figura de Gilda. De hecho, si se ubican diarios de la época e inclusive emisiones televisivas orientadas netamente a divulgar música tropical, se advierte que su reconocimiento no tenía los alcances que se suponen y postulan actualmente.

Esto no quiere decir que Gilda no fuera conocida o escuchada en el ambiente. Era una de las promesas de la escena de la cumbia, tenía una próspera recorrida por boliches y recintos de la movida y había lanzado un disco con una aceptación moderada, aunque importante para su momento artístico: Corazón Valiente (1995). En consecuencia, el reconocimiento masivo y, claro está, mediático le llegó post-mortem, tras la revitalización de su producción musical a partir de la valorización, grabación y regrabación de sus canciones realizadas a pulmón desde comienzos de la década del noventa.

Siguiendo esta línea, La Nación le abre el juego al condimento santificador de la artista, profundizado por sus seguidores, difundido desde el extrañamiento por los medios de comunicación y retomado de un modo icónico por los investigadores y escritores posteriores (como se puede ver en la biografía escrita por Alejandro Margulis: Santa Gilda. Su vida, su muerte, sus milagros).

De la misma manera, Clarín ahonda en la mirada mitológica, destacando la función de “ídola porteña”, su consagración “entre el mito, la música y la leyenda” y también la institucionalización correspondiente: “el Gobierno de la Ciudad rindió tributo a la ídola tropical absoluta con un festival gratuito en Parque Centenario. Hubo más de tres cuadras de fanáticos y familias que tuvieron que escuchar desde afuera del anfiteatro colmado los covers de Fuiste, Paisaje o Noches vacías”.

A partir de ello, resulta necesario poner en crisis el interés de La Nación y Clarín por una artista popular como Gilda. Su figura, sin duda alguna, se encuentra en un lugar cultural preponderante a partir de su fallecimiento y en virtud de las persistentes intertextualidades propuestas por sus canciones y su estética en el mapa popular argentino: su imagen se ha replicado en diferentes trabajos audiovisuales, su obra ha sido considerada por exponentes de otros géneros (rock, pop, folclore) y sus líricas han impactado fuertemente en la construcción política de un Gobierno nacional de raigambre privatista y clasista como el actual.

Atendiendo este último punto, la música de Gilda sirve como puente y como vehículo para acercarse a lo que los políticos cool y neoliberales denominan “la gente”, “el común de los vecinos” y “los señores y señoras de a pie”. Eso está muy bien estudiado en el interior de Cambiemos y, sobre todo, en las entrañas de las operaciones mediáticas dirigidas, cohesionadas y solventadas por el equipo de comunicación de la Administración macrista.

La Nación y Clarín, por lo tanto, se inscriben en un entramado comunicacional que funciona como herramienta posible para enlazar identidades populares con construcciones históricas. El discurso de la información utiliza entonces la cronología y la memoria a su servicio y como método para profundizar una estética mercantilista, de apariencia legendaria y con intencionalidades persuasivas. El caso de Gilda sirve para generar algunos interrogantes sobre la utilidad de su figura y las réplicas que obtiene, por ejemplo, en un universo neoconservador como el de Cambiemos: ¿qué construcciones discursivas refuerza su imagen?, ¿qué estrategias discursivas habilita la utilización de su música?, ¿cuáles son las representaciones que pone en juego el relato mediático sobre Gilda?