Las casas de la cima del mundo 

Las casas de la cima del mundo 

Entre la economía del nuevo estado social a la arquitectura neoandina, confluyen senderos de justicia recorridos. Tras la grata visita de Álvaro García Linera a La Plata, una travesía no lineal por los caminos que tres décadas de neoliberalismo despiadado no lograron apagar.

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Por Carolina Muzi 

La blancura de Álvaro García Linera marca un punto de contraste alto, como su compromiso con aquello por lo que pelea desde muy joven: la descolonización y la igualdad en Nuestramérica de colores profundos.

Ha dejado una estela de fervor militante en su paso por la ciudad de La Plata, donde el jueves pasado mereció su premio Rodolfo Walsh y generó una corriente de estímulo multitudinario con dos preciosas charlas un día y al siguiente. Cálido y campechano, nuestro amigo de “espíritu inquieto y pensar andante” se quedó a pasar la noche en los alrededores de la ciudad.

Qué bien sientan los números en los discursos cuando están metidos en ecuaciones de justicia y soberanía. Aquí algunos de los tramos que, tras sus palabras, pasaron a los posteos desde La Plata:

“Hoy el 1% de la humanidad concentra el 15% de la riqueza planetaria; el 8% concentra el 50% de la riqueza del mundo y la mitad de la riqueza creada en los últimos treinta años fue a parar a ese 8%, que ha ensanchado mucho más el abismo. Las 72 personas que hace diez años tenían la mitad de los recursos de 500 millones de personas pobres, ahora tienen mucho más dinero que todo el dinero que poseen juntos esos 500 millones de personas pobres del mundo. Por si fuera poco, el 70% de los trabajadores de las economías más prósperas del mundo han tenido un estancamiento o un retroceso de sus ingresos. Sin embargo, los millonarios de esos mismos países han incrementado en un 1/3 la cantidad de sus ingresos. Las desigualdades aumentan y, según el informe del propio FMI, esta desigualdad planetaria junto con el crecimiento semicongelado va a continuar todavía por veinte años más. Vivimos, pues, un mundo paradójico…”

Al tramo de estadística de la injusticia que Linera cerró con un festejado texto sobre la “socialización de la caza de pokemones, versus la elitización de la caza de millones”, le siguieron los números del continente y los propios, bolivianos. Citó el reciente informe de Naciones Unidas para América Latina, que indica que entre 1993 y 2002 –plena vigencia del neoliberalismo salvaje–, la clase media pasó del 20 al 21% apenas, la clase media baja pasó del 34 al 35%, los pobres aumentaron del 16 al 17% y los extremadamente pobres del 26 al 25%. En general, se puede decir que en estos diez años el continente se estancó: fue una década perdida. En el caso de Bolivia, en esa misma década de vigencia del neoliberalismo las cosas fueron peores. Entre 1996 y 2002, plena vigencia del Gobierno de Sánchez de Losada, de Banzer Suárez, la clase media se redujo del 17 al 13%, las vulnerables del 31 al 30% en tanto que la pobreza aumentó del 17 al 19%. Y la extrema pobreza, personas que viven con menos de dos dólares al día, de 17 al 22%. No cabe duda de que fue una década perdida; para Bolivia, una auténtica catástrofe social. ¿Qué ha sucedido en el continente en esta última década que llamamos de oro, de la vigencia de los Gobiernos progresistas y revolucionarios?”, preguntó.

Según el mismo informe de Naciones Unidas, entre el año 2012 y 2013 en América Latina la clase media pasó del 21 al 35%, los sectores vulnerables del 35 al 38% en tanto que la pobreza se redujo del 17 al 11% y la extrema pobreza, del 24% al 11%. “En el caso de Bolivia, en correspondencia con esta gran transformación social que ha dado lugar a lo que podemos denominar como un nuevo estado social en América Latina, entre 2002 y 2013, en plena presencia de Evo como presidente, la clase media boliviana pasó del 13 % al 31%, los sectores de clase media baja, del 30% al 40%, en tanto que los pobres, del 20% cayeron al 11%, los extremadamente pobres del 14 al 7%, y los ultra pobres del 22 al 5%.

HACE DIEZ AÑOS QUE EN BOLIVIA EL 10% MÁS RICO TENÍA 140 VECES MÁS RIQUEZA QUE EL 10% MÁS POBRE. HOY EL 10% MÁS RICO SÓLO TIENE 34 VECES MÁS QUE EL 10% MÁS POBRE. Y EN LOS SIGUIENTES AÑOS SEGUIREMOS REDUCIENDO ESA DIFERENCIA.

Bolivia brilla en el mapa como un país-alasita, el deseo de lo que quisiéramos se extienda, en y desde la región, al mundo, también en los nombres que dan título a los países jóvenes de América. Ayer, por caso, en un comunicado del propio Evo, el Estado Plurinacional andino fue el único en no brillar por su ausencia en la condena, sino lo contrario, actuar de inmediato retirando a su embajador de Brasil, tras el asqueroso golpe a Dilma. Viene a la mente la canción de Jorge Drexler que recupera el hilván, allá por la Segunda Guerra Mundial, de esa tradición política de soberanía y humanismo, Bolivia.

Justamente, cuando el uruguayo hacía el disco Bailar en la cueva, que salió en 2014, sucedía el vergonzoso episodio internacional que impidió a Evo aterrizar en Francia, Portugal, Italia o España, con el argumento falaz de que podría estar Snowden en el avión presidencial latinoamericano. Evo enfrentó a la comunidad europea, como pocos valientes quedan.

Además de la legitimidad y del reconocimiento a la lucha y las conquistas de la década y monedas pasada, otras noticias del Estado Plurinacional de Bolivia cunden hoy en el globo, quizá en este caso sin la posibilidad de ser leídas, asimiladas en todo su espesor: la arquitectura neoandina de Fredy Mamani es una de ellas, está de moda y llegan cadenas internacionales como la BBC, que el año pasado desató olas.

Ni lisérgico, afiebrado, ultra pop, explosivo, extremo, único… No calzan adjetivos ni alcanzan los superlativos para describir semejantes artefactos que brillan locos en la horizontalidad del altiplano. Emergen como flippers gigantes de la ortogonalidad de El Alto, donde antes de que sobresalieran estas construcciones sólo lo hacían, severas, las iglesias protestantes de edificios bajos con campanario en aguja y, al fondo, imponente, el águila dorada del Illimani.

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Las lecturas locales también quedan extasiadas con el formidable impacto visual, el contraste de sus colores con la planicie terracota de casas de ladrillo sin revoque que conforman El Alto, el conglomerado más grande de Bolivia y la ciudad que está en la cima del mundo. A cuatro mil metros de altura, majestuosamente protegida por los Andes, es la más nueva de las polis latinoamericanas; cuánto quisiéramos que estuviese vivo Rodolfo Kusch hoy para acompañar un análisis hondo de este fenómeno, hasta el que, desde hace tres años, se puede llegar en un modernísimo teleférico de tres líneas (roja, amarilla y verde) que trepa desde La Paz por las laderas.

A doscientos años de “sacudirnos padrinos y padrastros” en la academia, en los imaginarios que los diversos establishments, centrales o periféricos, les reservan a las manifestaciones populares, aún no hay una vocación comprensiva que supere la tortícolis eurocentrista y, en esta lente particular con que la arquitectura elude miradas de otras disciplinas, los vallados del movimiento moderno. Por qué no es digna del reconocimiento disciplinar una arquitectura que surge junto con una nueva clase social y económica: la burguesía aymara y quechua, empoderadas durante las gestiones de Evo Morales, que además de aflorar con un lenguaje visual y un programa arquitectónico totalmente inéditos, catalizadores de una realidad multicultural, conllevan un emerger social nativo complejo e igualmente inédito en la región.

Con la simpatía que lo caracteriza, el vicepresidente boliviano se excusará de opinar en esta ocasión sobre la arquitectura neoandina: “la gestión de Gobierno me anquilosa”, bromea con un guiño; está claro que no es momento ni circunstancia justa hacerlo al paso. No obstante, el andamiaje sociopolítico y cultural del tema quedará alumbrado y abrigado por sus palabras durante el acto de Atenas. La desigualdad, dirá, es el índice de injusticia y de dolor que tiene una sociedad. Lo que habla de una carencia relativa, de una ausencia en relación con la abundancia acaparada o monopolizada por otros. “Por qué no iba a querer tener mi casa linda, que muestre lo que yo misma he podido ser: una mujer orgullosa de su cultura”, señala Rosario Leuca, vendedora de comida junto a su mansión flamante. Hace diez años Leuca migró desde las orillas del lago Titicaca a El Alto, donde su buena sazón le permitió acumular una pequeña fortuna vendiendo en la calle, y ahora está construyendo un segundo restaurante en su propio edificio. Los testimonios de propietarios se repiten con cada comerciante al que nos acercamos para hablar de su nuevo edificio.

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La mayoría de estas casas comenzó a surgir después de 2006, tras la llegada de Evo al poder, y coincide con un modesto boom económico, producto de los buenos precios de las materias primas y de un creciente orgullo que sienten los aymaras por su cultura.

La industria de la construcción creció un 8,6% el año 2013, a un ritmo que es dos veces el del crecimiento económico en general. “Descendemos de los tiwanacotas, uno de los pueblos andinos más antiguos; los aymaras nunca fueron sometidos, ni siquiera por los incas, y se expandieron por el norte de Chile, el sur de Perú y en Bolivia son la etnia más influyente. El Alto es su hechura”, dice Fredy Mamani. Él mismo es parte de ese movimiento migratorio que hace más de treinta años lo llevó con sus padres a moverse de Catavi a las inmediaciones de la capital andina. Trabajó, trabajó y trabajó como albañil desde los catorce. Hasta que, al terminar los estudios, quiso ir a la Universidad. Su familia desaconsejaba esta práctica de ricos, pero Fredy no se amilanó. Y allá fue a la pública, donde hacía serios esfuerzos por no dormirse en clase mientras cursaba, tras largas jornadas de trabajo en la construcción. Primero estudió ingeniería y luego arquitectura. Hoy tiene una constructora que les da trabajo a doscientas personas, en su mayoría albañiles y oficiales de construcción, que han pasado por la Argentina viviendo del mismo oficio. Lleva construidas 65 casas del tipo en El Alto: “Me piden obras en Ecuador, en Venezuela, en Las Vegas, y eso es muy importante, porque lleva mi cultura a otras partes, pero ¿sabes tú qué me gustaría hacer?: impregnar mi arte en obra pública para mi país, me gustaría por ejemplo un puente que en un extremo y en el otro tenga a Túpac Katari y a Bartolina Sisa”, dice Freddy Mamani. Le gustaría ofrecérselo a Evo. También sueña con que Álvaro García Linera prologue un libro suyo.

El Alto, cuyo nombre, además de asociarse con el aeropuerto de La Paz, empezó a resonar en la región tras el protagonismo que tuvo durante la Guerra del Gas de 2003, es tierra de intercambios comerciales y asentamiento de talleres e industrias que se alimentan de grandes capitales de la minería cooperativa y del intenso comercio con los países asiáticos, la mayoría ejercidos por mujeres. A simple vista puede parecer una ciudad pobre, pero El Alto atraviesa un auge económico sin precedentes de la mano de la llamada “nueva burguesía aymara”, que afirma una y otra vez su intención de mostrar su nuevo poder económico y social a través de este nuevo estilo arquitectónico, que refuerza las raíces que antes ocultaban por vergüenza junto con sus apellidos.

Bolivia

Desde hace pocos meses, el neologismo cholet figura en Wikipedia como una categoría arquitectónica, también llamado cohetillo por sus brillos extraterrestres. Se explica que se trata de una construcción con las características de un chalet, en la última planta de un edificio de tres a siete niveles destinado a usos comerciales o viviendas. El cholet es generalmente habitado por el propietario del inmueble. En su sitio de Facebook, Fredy Mamani Silveira anuncia el estreno de una película en noviembre: Cholet. En octubre, el arquitecto e ingeniero de 42 años será figura estelar en el Trimarchi, el encuentro de diseño y cultura que copa el estadio de Mar del Plata cada año.

Hace un año, y a pesar del calce semántico, Fredy aún renegaba de la denominación cholet porque le resultaba peyorativa. Hoy aprovecha la inercia de la divulgación del fenómeno que él mismo fundó porque ve que el sentido se puede revertir, tal como sucedió con una desigualdad histórica: no había un tipo de construcción contemporánea que se identificara con las culturas nativas, en este caso con las dos y tres generaciones de campesinos que han migrado a la ciudad conformando un conglomerado urbano que recrea el mismo mecanismo de redes que funcionaba hace doscientos años. Comerciando los colores y sabores y olores de la tierra –que pocos en la región saben tratar con tanto respeto y agradecimiento aleccionador como la cultura andina–, productos artesanales o industriales, como las pomadas de la saga de Mentisan que conjugan la medicina con el saber ancestral, o del Made in China. También, construyendo literalmente desde la albañilería: “un funcionamiento de redes informales con mercadería que viene de afuera”, se horrorizan las clases medias de aspiración liberal de allá y de acá.

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En ese sentido, el auscultamiento de época de la socióloga aymara Silvia Rivera Cusicanqui señala ya desde hace años que “el notable proceso nacional que vive Bolivia, con un resurgimiento de lo indígena que sigue transformando a esa nación andina y selvática en su estructura política y su respiración cultural, no existiría sin el acompañamiento de una filosofía nueva y original basada en lo antiguo-vivo, ni de una independiente fortaleza de sus ciencias sociales”. Para ella, la estela del pensador aymara Fausto Reinaga, fundador del Partido Indio Boliviano (1906-1994), “es fundamental para comprender qué pasa, y qué ha venido ocurriendo en Bolivia desde el último cuarto del siglo pasado”.

“Lo indio es moderno”, ha dicho la autora de Lxs artesanxs libertarixs (editado aquí por Tinta Limón y MadreSelva), que convirtió en bandera el sochóloga con que quisieron desacreditarla y ella usa para zafar de todos los intentos de exotización, “inclusive el de que me digan antropóloga: soy un objeto étnico no identificado”, se reía en un hermoso perfil realizado por Verónica Gago tras la última conferencia de Cusicanqui en Buenos Aires.

El impacto reciente de la arquitectura neoandina, que en 2014 cosechó su primer libro, de la italiana Elizabetta Andreoli y la artista boliviana Ligia D’Andrea con fotos de Alfredo Zeballos, repone algunos de los temas que aquí comenzaron a circular hace unos años junto a las ponencias y charlas de la historiadora andina. “El indio como episteme para entender al mundo, el indio como sintaxis. Puede estar vestida/o como sea, pero su cabeza, su forma de mirarte a los ojos, su forma de relacionarse con la familia, sus deberes morales respecto a la Pacha, sus mínimas orientaciones en el espacio, siguen siendo indias. Lo más probable es que ese tipo o tipa esté vestido/a con ropa de marca, aunque pirata, trucha. La economía de ropa de marca pirata es realmente fantástica en Bolivia y cubre el mercado en Perú y Argentina”. Así, remarca que lo que hay que pensar son “las estrategias de lo ilegal, porque lo que está equivocado son las fronteras, se está viviendo una reedición del mercado interior potosino del siglo XVI, la primera modernidad de la mano de la coca, la plata y las mujeres indígenas”.

Dice Cusicanqui que ese es su argumento historicista, mientras que el político tiene que ver con las comunidades transnacionales de identidad “donde de pronto se reinventa el ser indio/a y de ser un personaje despreciado y sufrido, sus hijos pasan a ser otra cosa: empiezan a bailar diablada del otro lado de la frontera, a pesar de que sigan siendo burlados en ambos lados. Como el grupo Los Mercenarios, ¡valga el nombre!, que tocan rock, bailan diablada y son aymaras nacidos en Buenos Aires. En Argentina los consideran bolivianos y en Bolivia infractores de las reglas del folclore nacional. Estas cosas nunca van a ser entendidas por el discurso de lo originario. Si vas a pensar en una etnicidad de museo, te vas a perder el 99% de los indios que realmente existen”, señala.

Durante una charla con Freddy dos veranos atrás, en los prolegómenos de filmación para una película aún en ciernes del artista argentino Marcos López, el arquitecto contaba cómo toda esta contención sociopolítica y cultural pudo estallar desde su interior: “Me pidió una casa un comerciante importador de celulares, Francisco Mamani, que tenía un lote de 300 m2 y quería hacer una casa que lo exprese culturalmente, pero no sabía qué. Freddy pensó en un edificio elegante, que se destacara. Y cuánto que lo logró tras ir a inspirarse algunos fines de semana a las ruinas de Tiawanaku y dejarse atravesar como un filtro sensorial por todos los demás contextos que lo habitan. Pensó en construcciones de seis pisos capaces de dominar el cielo y las vistas del altiplano. Con grandes paños acristalados que atraigan el sol para combatir el frío seco del altiplano. Enmarcados en fachadas que aumentan las grafías y simbolismos tiawanakotas a escala monumental y las hacen vibrar en el contraste de plenos complementarios, los edificios plantean programas de vivienda y comercio. “Son como organismos que están vivos, edificios que producen, que trabajan”, señala Fredy para explicar que, si en la planta baja está el local de negocios que da sustento a ese comerciante, en el primer piso tiene un gran salón de fiestas posible de alquilar, algo que faltaba en El Alto, siendo una comunidad tan festiva. Los pisos siguientes tienen apartamentos que también se alquilan a nuevos migrantes campesinos que llegan a la ciudad. Y recién arriba está el chalet del propietario, con comodidades como jacuzzi y cocinas revestidas en porcelanatos.

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El trabajo de escultura y yesería más zarpado está, claro, en los salones de fiesta, donde, además del pesado olor a cerveza producto de las challas continuas, hay que superar el prejuicio de los nombres con que son bautizados: Ricky Rincón, Alexander I y así, frente al más tranquilizador Flor de Urkupiña, por caso. Freddy emparenta el espíritu de su creación con la cumbia: “De hecho, me gustaría musicalizar la obra con cumbia, rap interpretados… Tú sabes, nuestras mezclas”.

Un acercamiento a lo que pasó con la música, si cabe emparentar ambos fenómenos, llega de la palabra de Cergio Prudencio, el padre de la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos (OEIN) y musicalizador de la mayoría de las películas de Sanjinés: “Tal es el caso de los cholos, aquellos que siendo de procedencia indígena han creado en La Paz un extraordinario perfil cultural nuevo. Hablamos de lo andino urbano, una imbricación de valores originarios rurales con la tecnología occidental, los simbolismos del cristianismo, el ascenso económico y las presiones sociales”.

Mientras llueven críticas a la ostentación de la arquitectura neoandina, que en su fusión contemporánea de imaginarios reconoce su herencia cohetilla de trajes de luces caporales, de textiles ancestrales, tanto como el otro brillo que llega de China y aterriza en forma de revestimientos espejados o arañas de iluminación con caireles, una afirmación que lanzó Linera a su auditorio es posible de extender a este fenómeno: “A toda victoria política la precede una batalla cultural ganada”.

También asociada a sus palabras cabe trasladar una afirmación: es revolucionario todo aquello que desnaturaliza relaciones históricas de dominación y sometimiento. Por tanto, la arquitectura neoandina es revolucionaria.

Podrá ser “de caja” (por su plano) o apenas un fenómeno estético, como la descalifican algunos críticos de la arquitectura, sin quitarse pereza para someterla a un análisis de confluencias. Conocer e intentar comprender los nuevos lenguajes soberanos que emergen en todas las áreas y disciplinas es parte del camino.

El bien vivir, el apthapi –hoy políticas del Estado Plurinacional boliviano–, se acercan a nuestra cultura rioplatense con la migración, lo mismo que nos llega un alimento poderoso y esencial como la quínoa. Mientras vamos espesando la fusión y el conocimiento de primera mano con los pueblos hermanos, recordamos que este encuentro renovado, esta integración más profunda de los últimos años, es la rica herencia de un vínculo auténtico: entre quienes en la década pasada fueron, más que buenos vecinos, entrañables amigos conductores de la Patria Grande.


 

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