La vida no es biblia ni diccionario

La vida no es biblia ni diccionario

Sobre el discurso del Señor Aguer

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Foto: Octavio del Corso
Foto: Octavio del Corso

Por Ana Victoria Carbonetti*

Arranco envalentonada esta nota, que tendrá infinitos lectores. Ojalá. Y un destinatario: Héctor Aguer, arzobispo de La Plata. Escribo en caliente –mire usted qué término vine a elegir–, pero con la templanza de las que dicen la verdad.

Leí su nota y creo compartir con gran parte de la humanidad que lo que usted dice está en desuso. No existe. La pulsión sexual, ya lo decía Freud, es la búsqueda por la ganancia de placer. Esa es la meta, señor arzobispo. Esa idea que usted tiene sobre el matrimonio, el amor y la reproducción no es más que su propia retórica cínica.

Usted cree que la vida es un diccionario, o una biblia. Pero en el fondo –y no tanto– ambos sabemos que no lo es. Que el sexo no necesariamente es la antesala del amor y mucho menos el horizonte de la perpetuación de la especie humana, destino signado históricamente sobre los cuerpos de las mujeres.

Usted, partidario de los mandatos de la Edad Media, dice que las “señoritas” que cambian de novio cinco o seis veces al año no son merecedoras de ese término diminutivo, mucho menos de ser llamadas damas. Como si a las mujeres nos interesara la adjetivación que usted –representante de los machitos prepotentes que hablan en nombre de Dios– tiene para asignarnos.

“Antes, a estos comportamientos y a las personas que los practicaban se les aplicaban otros nombres”, dice. Antes, en ese paradigma iluminista en el que se posa, se alumbraba a la humanidad al calor de las hogueras que quemaban vivas a las mujeres por herejes, por adúlteras. Imagínese, si fuéramos revanchistas, ¿qué tendríamos que hacer con usted?

Lo que se oculta detrás de su discurso asexuado y violento es una sobredosis de machismo y discriminación digna de un verdugo. Lo que ensaya en sus palabras pobres de amor es la propia represión de su deseo. La libertad de vivirse el cuerpo es, en palabras que le sean más propias, una experiencia religiosa.

Un relato tragicómico

Pero lo que me ocupa tiempo en usted y sus palabras obsoletas no es su opinión sobre el sexo. Porque si su fundamento nace en un hombre y una mujer, en la costilla de él creándola a ella, o en cómo una paloma le acabó al espíritu santo, bueno. La suya, desde antes de empezar a escribir, ya es una discusión perdida. Lo que me hace detenerme en sus dichos es su idea sobre la “igualdad de género”, que en su diccionario de vida aparece como equivalente a lo “antinatural”.

Pero, más aun, quiero detenerme en su visión sobre las mujeres:
“una muestra del impudor hodierno: los ‘trajes’ de baño femeninos que se reducen a tres trocitos simbólicos de tela; ¿no sería más sincero que en la playa o la pileta se presentasen desnudas? […] No cargo la cuenta sobre el bello sexo; era tradicional que el varón tomara la iniciativa, y lo hace muchas veces abusando de su vigor, aunque las artes de la seducción no le sean ajenas…”.

Su escaza oratoria, que tiende a disfrazar la desnudez, no es más que el síntoma de su propia represión. Usted, monseñor Aguer, para ponerle el manto de sinceridad que implora, lo que anhela es conservar una vieja sociedad jerarquizada, de mujeres subordinadas, sometidas a su (in)sano juicio. Lo que busca con ese ensayo de palabras iluminadas es restaurar la monarquía milenaria que aboga por la cultura del no placer. Por la cultura de la violencia.

Lo que usted no soporta es la puesta en jaque de un orden macho resentido en sus cimientos. Un paradigma cuestionado por la realidad inminente de las pulsiones sexuales que de animal no tienen nada. Una pulsión sexual que es lo más humano que tenemos. El cuerpo todo. El alma entera. El amor que desborda y decanta en tantas formas como a usted puedan horrorizarlo.
Lo suyo es puro miedo a la vida. Por eso se aferra a las biblias y los diccionarios. A los mandatos patriarcales, lugar en el que se refugian los violentos como usted para arremeter contra y sobre los cuerpos de las mujeres, contra las identidades que desafían su orden obsoleto.

Hablemos de amor

Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto

Julio Cortázar, Capítulo 93 de Rayuela

¿Qué sabe usted de la familia, arzobispo? ¿Qué hay allí, en sus definiciones de diccionario, sobre la familia? Cuéntenos, a nosotros y a nosotras, simples mortales, cómo es que se hace eso que usted llama “La Familia”. Esa institución bastardeada por sus propios inventores. Esa etiqueta egoísta que andan predicando pero que poco practican. Ese ensayo de paquete social al que le asignan género, número, color, sueños, al que le dicen cuándo y cómo coger, cómo pensar, cómo debe(r) ser.

Mi madre enamorada de un hombre. Otro hombre la amaba. Otro la había dejado de amar. Otro la amó después. Otro la ama en este instante. Ella los amó a todos y eligió a este de ahora.

Del primero, mis tres hermanos. Del segundo, yo. Del último, nadie y todos. De los anteriores, reencuentros y ausencias. Discutimos. Cantamos. Nos compartimos almuerzos y risas. Nos hermanamos. Esa es nuestra “forma de rejunte”, que no entra en su calcomanía del vidrio de atrás del auto.

Una muchacha se enamora de la chica de la oficina de al lado. La chica de la oficina de al lado se enamora de la muchacha. Dos muchachos se conocen, se gustan, se quieren. Se ríen. Gozan. Sueñan. Arman su “forma de rejunte”.

Una tras se enamora de un chico. Se encuentran. Se descubren. Se besan. Se quieren. Un hombre se separa de una mujer. Se enamora de un profesor. Los hijos de los primeros quieren al segundo, viven juntos. Se celebran y se abrazan. Esa casa es su “forma de rejunte”.

La familia… señor arzobispo. “Cada familia es un mundo”, dice mi madre. El amor, ese “rayo que te cala los huesos cuando salís de un concierto”, no se elije. El sexo, tierra de nadie y de todos, de todas, paraíso del goce. Coger no es amor.

En este tiempo de miseria y exclusión, en este imperio de injusticias, los dueños de todas las cosas se envalentonan a escribir esto que usted escribe. A hablar en nombre de un Dios que fue el primer revolucionario. O no fue.

Usted, monseñor Aguer, podrá hablar desde la Edad Media, pero esta Patria, todos los amores diversos, los vientres de las mujeres y todos los cuerpos, no le pertenecen. No necesitamos su comprensión ni su cercanía. No la queremos. El conflicto es el de su mundo tan chiquito. El animal es usted.


* Secretaría de Género, Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP.

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