Por Flavio Rapisardi

La paideia griega jamás se llevó bien con el cristinianismo: disputas políticas, geoestratégicas, étnicas, de clase y de género. Sin embargo, bajo el literal título “La fornicación”, el arzobispo de La Plata se devanea en su lectura de Aristóteles fraguada por Tomás y tiene el “tupé” de hablar de “sofrosyne” y de “akolasía” para criticar la prevención del VIH en los Juego Olímpicos de Río y el Matrimonio Igualitario. La Biblia y el Calefón de la derecha. La escritura de Aguer se traiciona, porque en su rudimentario griego se le filtra una cultura que no necesitó de preservativo por la posibilidad de transmisión del VIH y le dio a la sodomía a gusto y piacere. Jacques Derrida siempre señaló que tratar de criticar a la razón con la razón sigue reproduciendo el materialismo. Traducido: criticar el libre ejercicio de la sexualidad con los griegos es, al menos, una contradicción en los términos para mantenernos en el campo de la lógica. O una burrada, para ser más sinceros.

Escuchar comentarios trogloditas de este estilo emitidos por el señor de pollera Héctor Aguer no llama la atención, causa gracia. Lo que sí preocupa es su provocación final contra las leyes sancionadas de manera democrática por un Poder del Estado y las instituciones que deben velar por su cumplimiento. Esta pieza de retórica inquisidora cierra con el siguiente remate: “Tengo pleno respeto por las personas concernidas en todo lo que he dicho… Mal que le pese al INADI si se entera”.

Difícil que el INADI, un organismo en descomposición como tantos otros, no se enteré: tiene personal más que capacitado (no de esta gestión, por supuesto) y delegaciones. Pero, claro, Aguer habla envalentonado ante la ausencia del Estado que por omisión no sólo deja fluir las fuerzas destructoras del mercado, sino también las posiciones retrógradas de los más fuertes, en este caso, la de este señor sabiamente acorralado por la interna eclesial. Sr. Aguer, Dios lo acoja.