Haití: la revolución olvidada

Haití: la revolución olvidada

Un nuevo aniversario de la independencia de Hatí, el paladín de la libertad. El 14 de agosto de 1791, un sacerdote del rito vudú inició, en una ceremonia ritual, la sublevación negra con el incendio y la destrucción de doscientas plantaciones.

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Por Carlos Ciappina

La revolución haitiana se convirtió en un no evento, parte de un pasado extraño y distante para el que nadie tenía una explicación racional, pues la mayoría de los contemporáneos a los acontecimientos fueron incapaces de comprender la revolución en sus propios términos.

Michel-Rolph Trouillot

Haití, esa pequeña mitad de la isla en el Caribe, guarda una historia tan rica como oculta y olvidada. En Haití se resume toda la barbarie que la invasión y la conquista europea trajeron a América y todas las maravillas y potencialidades de la búsqueda de la libertad y la dignidad por parte de su pueblo.

En el primer viaje de Cristóbal Colón, en su búsqueda de oro y riquezas (que a eso vino, siempre es bueno recordarlo), los europeos llegan a Haití dos meses después del 12 de octubre. El 24 de diciembre se fundó el primer asentamiento europeo en América: Natividad. Pero no se fundó en territorio “desierto”: Quiskeya (así llamaban los pueblos originarios a la isla) estaba poblada por casi dos millones de arawak, caribes y taínos. Haití fue la primera región de América que tuvo epidemia de viruela (traída por los europeos) y el primer modo de explotación de la tierra con el sistema que utilizaba la esclavitud indígena y la institución de la encomienda para trabajar en las haciendas, plantaciones y minas. Prohibida la esclavitud indígena por la Corona española, el sistema de encomiendas continuó y se amplió: para fines del siglo XVII (cuando las monarquías española y francesa se dividen la isla en dos), de los dos millones de habitantes originarios prácticamente no quedaba ninguno.

Pero la tierra haitiana era extremadamente rica y Francia transformó su colonia en la isla en el mayor productor mundial de azúcar: la selva fue talada, dividida y repartida en manos de los terratenientes blancos, y la esclavitud se estableció como modo de producción en toda la línea: para fines del siglo XVIII, 30.000 esclavos eran introducidos por año para sostener una población de casi 500.000 esclavos. Las condiciones laborales y sanitarias eran horribles y la isla tragaba miles de vidas por año en el trabajo a destajo de las plantaciones. Eso sí, era la colonia más próspera de Francia y representaba el 40% del comercio exterior de todo el Imperio francés.

A esta organización económica depredatoria de vidas y naturaleza se le debe agregar la conformación de una sociedad rígidamente divida en castas: en la cúspide, los “grandes blancos” terratenientes y funcionarios franceses; tras ellos, los “pequeños blancos” comerciantes y artesanos; por debajo, los mulatos producto del mestizaje forzoso entre blancos y esclavas, mulatos que estaban excluidos de la élite social, pero que poseían derecho de propiedad y en muchos casos habían alcanzado la posesión de tierras y bienes. Y, por último, en condiciones infrahumanas, los/as esclavos/as, considerados meras herramientas de un proceso productivo concentrado en obtener cada vez mayores saldos exportables.

Sobre esta realidad atroz de sobreexplotación, depredación y despilfarro llegan las noticias de la Revolución francesa, lo que motiva en primera instancia a los grandes y pequeños blancos, los mulatos y los esclavos a apoyar la revolución pensando en tomar el control administrativo de la isla y en establecer el librecambio para hacerse con la renta de la exportación de caña de azúcar los primeros, en igualarse socialmente a los blancos los mulatos y en la libertad de la esclavitud los últimos. Sin embargo, los terratenientes blancos y aun los mulatos recelan de las intenciones finales de la nueva República francesa y se oponen a todo proceso que implique la liberación de los esclavos. Un 14 de agosto de 1791, un sacerdote del rito vudú (que, lejos del estereotipo hollywoodense, es toda una cosmogonía, de fuerte identidad afro y sincretismo católico) inicia en una ceremonia ritual la sublevación negra con el incendio y la destrucción de doscientas plantaciones. El mensaje era claro: los revolucionarios haitianos querían emanciparse de la esclavitud y del sistema de opresión de los blancos, sean franceses o locales. Miles y miles de esclavos se sublevaron en lo que restó de ese año 1791 y a partir de ese momento la rebelión, transformada en revolución, estuvo conducida por François Dominique Toussaint Louverture, hasta su asesinato en 1802, y a partir de allí y hasta 1803 por Jean Jacques Dessalines, quien derrotó definitivamente a las tropas francesas y proclamó en 1804 a Haití como la primera nación independiente de América Latina.

Extraña guerra de la independencia y la emancipación la de Haití: los esclavos negros querían ser franceses y adherir a los principios de igualdad, libertad y fraternidad, pero tanto sus amos haitianos como los propios revolucionarios franceses se resistieron a hacer efectiva esa libertad e igualdad en las colonias.

Terrible guerra de la independencia la de Haití: la larga noche de la sobreexplotación esclavista dio lugar a considerar un único enemigo en el bando contrario: los blancos.

Entre 1791 y 1793, la guerra de independencia fue “interna”, se libró mayormente entre esclavos y mulatos republicanos enfrentando a las fuerzas monárquicas que luchaban por el control de la isla y por el Rey. Entre 1793 y 1798, los independentistas haitianos debieron luchar contra las tropas francesas y contra la invasión de Gran Bretaña y España, que se sumaron a los monárquicos (aunque enemigos en Europa, hacían causa común en las colonias de América) para sofocar el descaro de una revolución republicana, antiterrateniente y negra. La importancia de Haití para Inglaterra se demuestra en que los almirantes a cargo de la invasión serán dos futuros imperialistas que buscarán quedarse con las colonias españolas en América: John Withelock (el de las Invasiones inglesas) y Thomas Maitland: 31.000 soldados del ejército británico intentaron sofocar la revolución contra los esclavos negros, 23.000 murieron, y para 1798 los ingleses se retiran derrotados.

En 1801, un Napoleón Bonaparte en la cúspide de su poder se propone recolonizar Haití y envía una expedición de reconquista con los mejores soldados veteranos de su propio ejército en Europa: 20.000 soldados franceses y 13.000 marineros, perfectamente pertrechados, desembarcan en Haití e inician la segunda guerra de independencia; un año y medio después, sólo 4.000 de ellos retornarán a Francia enfermos, hambrientos y derrotados.

En el Año Nuevo de 1804 se proclamó la Independencia de Haití, y para 1806 se constituirá en la Primera República Latinoamericana, gobernada por el presidente mulato Petión.

Quince años de guerra, la invasión de las tres potencias militares más grandes de la época –Francia, España e Inglaterra–, 62.000 soldados armados, entrenados y veteranos contra la mitad de miembros de un ejército de ex esclavos y mestizos mal armados y peor alimentados. Sin embargo, los deseos de liberación y la lucha por la emancipación fueron más poderosos que la fuerza pura de las armas: para 1804, en Haití prácticamente no quedaban terratenientes blancos, se habían independizado de Francia y declarado una República negra. Todos los colonialistas del continente americano tomaron debida nota de ello y “el trauma de Haití” fue susurrado por lo bajo por las élites terratenientes como la mayor de las catástrofes posibles y el ejemplo que no debía repetirse nunca en nuestra América Latina: una rebelión independentista que se transforme en una revolución social que termine con el modelo de explotación y depredación.

Por eso es necesario hacer visible la revolución haitiana, la primera república libre latinoamericana.


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