Por Héctor Bernardo

El martes 8 de noviembre, los norteamericanos elegirán a quien conducirá los destinos de su nación por los próximos cuatro años. La carrera hacia la Casa Blanca convocó la atención mediática de todo el mundo. Muchos analistas se han encargado de mostrar lo brutal del discurso del candidato republicano Donald Trump, un empresario autoritario con rasgos xenófobos y sexista. Sin embargo, a pesar de sus buenos modales, la candidata demócrata, Hillary Clinton, no parece representar un porvenir mucho más auspicioso.

La posición de Hillary Clinton contra Cuba y Venezuela, el apoyo a la guerra en Afganistán e Irak y su participación como secretaria de Estado en lo que se denominó “Las primaveras Árabes” que, a la distancia, no parecen ya tan “primaverales”, su impulso a la invasión a Libia y el derrocamiento de Kadafi, sus vínculos con el Estado Islámico, el rol que el Departamento de Estado, bajo su mando, tuvo en los golpes de Paraguay y Honduras y en el fallido intento de derrocar a Correa en Ecuador, no son datos para olvidar.

Los amigos del ISIS

Recientemente, una denuncia periodística aseguró que la empresa de cemento Lafarge era una de las que había financiado al Estado Islámico (DAESH o ISIS).

El portal de noticias The Canary reveló que la candidata demócrata fue alta ejecutiva de esa empresa. La denuncia señala que “Lafarge llegó a un acuerdo lucrativo con la organización yihadista para maximizar las ganancias de sus operaciones locales de la producción de cemento e incluso compró petróleo a los yihadistas”.

Además, se supo que la compañía, de estrechos vínculos con la CIA, es donante habitual de la Clinton Foundation, y que durante 2015 le entregó 100 mil dólares a ese entidad que está en manos del ex presidente y esposo de la actual candidata a la Casa Blanca.

A esto se suma que el pasado 25 de julio, Julian Assange, fundador de WikiLeaks, reveló unos correos electrónicos de Hillary Clinton que muestran que ordenó armar a extremistas en Siria.

América Latina y la historia del patio trasero

La posición de Clinton contra Cuba y Venezuela es conocida y nunca la ha ocultado. En una entrevista para la agencia EFE, la candidata demócrata aseguró: “Me gustaría ver al resto de la región apoyando más la democracia en Cuba y defendiendo los derechos humanos del pueblo cubano”.

Clinton parece olvidar que si hay un lugar en la isla en que se violan los derechos humanos ese se llama Guantánamo. Allí, además de que se está ocupando un territorio ilegalmente, el Gobierno norteamericano tiene un centro clandestino de detención donde se realizan todo tipo de vejámenes a los detenidos, que no cuentan con ningún derecho.

En la misma entrevista, y en relación con Venezuela, la candidata afirmó: “Debido a sus líderes, empezando con Hugo Chávez y ahora con el nuevo liderazgo de Nicolás Maduro, en el país se ha dado un paso atrás. Las oportunidades de los venezolanos se han limitado, la democracia está siendo socavada. No tenemos la misma situación, no tenemos por ejemplo un embargo sobre Venezuela, pero hemos estado elevando la voz en términos de derechos humanos y democracia, elecciones justas y el derecho de la gente a protestar y manifestarse en democracia, y debemos continuar haciendo eso y debemos tratar que el resto de la región nos ayude a lograr un cambio pacífico en Venezuela”.

Los cambios a los que se refiere Hillary Clinton son los mismos que ella impulsó en América Latina mientras fue secretaria de Estado de Estados Unidos durante el período 2009-2013. Es sabida la participación de Estados Unidos en los golpes de Estado contra Manuel Zelaya en Honduras en 2009, contra Fernando Lugo en Paraguay en 2012, y el fallido contra Rafael Correa en Ecuador en 2010.

Gane Trump o Clinton, el complejo industrial-militar norteamericano estará tranquilo. El negocio está asegurado por muchos años más. Lo único que falta saber es si los tambores de la guerra los hará sonar un empresario autoritario o una dama de buenos modales.