Por Silvia Montes de Oca

Hablar sobre ciencia requiere saber de qué ciencia hablamos. Y hay muchas maneras de pensarla que no suelen estar presentes en la educación. Probablemente, cuando Guadalupe Nogués decidió abandonar la mesada del laboratorio que dirige el reconocido argentino Alberto Kornblihtt tenía claro que dejaba un lugar de privilegio dentro de la actividad científica para dar paso a algo que la convocaba mucho más. Dice que “esto de la educación ¡está buenísimo!”.

Llevás ya casi el mismo tiempo como educadora de ciencias que el que pasaste como investigadora científica. ¿Cómo resultó el paso de dejar el laboratorio para ser capacitadora docente, profesora de escuela media, escribir un blog y participar en campamentos de ciencia?

-Fue como hacer un cambio epistemológico. En el caso de los campamentos que organiza Expedición Ciencia –estoy allí desde 2008–, lo que buscamos es ir a la comprensión profunda de las cosas y al mismo tiempo divertirnos y ver que la ciencia es maravillosa y que te estás perdiendo algo muy grande y muy lindo si no la hacés. Vemos la ciencia como metodología, como herramienta, como manera de abordar preguntas. Como un proceso. Y eso no es tan común. No sólo desde la educación, sino en nuestros colegas.

 -¿Cómo está integrado el equipo de Expedición Ciencia y con qué criterio seleccionan a quienes viajan a los campamentos?

-Básicamente, es un trabajo que articulamos por partes iguales tanto científicos como quienes vienen del área de educación física y recreación, esencial para lo que hacemos. En el área científica estamos todos en distintos momentos. Algunos somos  doctores, otros siguen en investigación, otros lideran grupos y otros son estudiantes. Para todos nosotros la belleza de la ciencia está en la metodología y obviamente en la disciplina que elegimos. Respecto de los chicos, vienen de todo el país, con o sin perfiles científicos. Queremos que tengan en común las ganas de descubrir, pero que no se parezcan entre sí. Les ofrecemos actividades que pensamos con mucho cuidado para que ellos recorran un camino como si fueran científicos; algunos solos, otros en equipo, y para que al final de la actividad hayan aprendido algo y lo hayan aprendido con sus “superpoderes”, con nuestra guía y nuestros marcos.

(Lo que Guadalupe llama “superpoderes” es su manera de referir el empoderamiento que despierta en los chicos descubrir capacidades que tienen que ver con maneras de pensar, de poner a prueba sus ideas, y no con cuánto “saben” de antes.)

-Tomaste la decisión de abandonar tu carrera mientras hacías tu posdoctorado.

-Sí, porque decidí mover la apuesta. Fui docente en la carrera, algo frecuente mientras vas haciendo tu doctorado. Pero de a poco me di cuenta que prefería educar a los chicos que no van a hacer ciencias, y a la vez quería encontrar formas que no fueran tan escolarizadas. Provocás un impacto mucho más directo y cercano y ayudás a que a esa persona le salte una chispa y haga un cambio concreto. Dejar el laboratorio no fue fácil, porque a diferencia de aquellos donde se establece una relación de maestro-discípulo, asimétrica y casi medieval, mi ex director (Alberto Kornblihtt) genera un ámbito colaborativo, donde promueve el desarrollo de cada integrante del equipo. A la vez, él tiene mucho compromiso con la docencia y es un costado de la actividad que enfatiza y promueve, a conciencia que la docencia le quita tiempo a la investigación.

-¿Qué tipo de formación científica reciben los alumnos cuando terminan el secundario?

-En principio habría que preguntarse si están formados científicamente. Cuando me refiero a ciencias, pienso en las experimentales: biología, física, química, que tienen una metodología común y una manera de responder preguntas que es bastante estricta. Obviamente también tienen un montón de vericuetos, momentos creativos y de intuición respecto de por dónde pasa la cosa. Pero después hay que experimentar para corroborar la hipótesis o buscar las evidencias por otro lado. Esta es la metodología de la ciencia que no se suele enseñar en la escuela. En cambio, se les da a los chicos una serie de datos de manera similar a cuando aprenden historia: con sus batallas y sus héroes. Se les habla de Darwin y de cómo llegó a la teoría de la evolución… ¡después de viajar por el mundo! Lo que se olvida es la parte de… ¿qué estaba tratando de averiguar?, ¿qué se sabía en ese momento?, ¿había otros investigando algo parecido? ¡Él tardó cincuenta años en armar la teoría de la evolución!

-La educación formal no hace énfasis en la búsqueda de evidencias.

-En educación se dan procesos lentos y es difícil llegar con esto de la evidencia a la gente. En general, el ciudadano que no se dedica a ciencias no tiene la más mínima formación en conocimiento científico y eso le impide saber que hay todo un cuerpo de conocimientos que se obtuvieron con este tipo de metodología. Las ciencias naturales, por ejemplo. Más bien parece la historia de un montón de gente iluminada que un día se despertó y vio que los átomos eran de un modo o que las fuerzas… Y no es así. Ese relato de la ciencia es muy irreal. Entonces, es esperable que el ciudadano común vea en el diario lo del colisionador de hadrones (la llamada “Máquina de Dios”) o los experimentos que se hacen en la estación espacial y diga: “ah, ¡qué loco! Esta gente hace esto que para mí es ajeno o no entiendo”. Y entonces termina siendo un relato muy parecido a la magia. Por lo tanto, dará lo mismo lo que diga el médico, una terapia alternativa o el curandero. Yo no responsabilizo a la sociedad del punto en el que está. Para mí hay una responsabilidad muy grande en los que hacemos educación de ver cómo cambiar esto. Por otro lado, yo creo que estamos influenciados por el imaginario asociado a un adolescente que no existe, al menos en la proporción que retroalimentan los medios.

Por ejemplo, los chicos que llegan a Expedición Ciencia (entre 14 y 18 años) por lo pronto están eligiendo anotarse en un campamento científico y a la vez son muy diferentes entre sí. (Hasta el 14 de agosto próximo está abierta la convocatoria para el campamento 2017).

Lo hacemos cerca de San Martín de los Andes, en un lugar muy amplio y agreste a orillas de un lago, en dirección hacia la cordillera. No hay señal de Internet, ni Facebook ni whatsapps posibles de chequear. Dos días después, se dan cuenta de que no tener acceso les permite estar completamente enfocados en lo que están haciendo y no un poco en todas partes a la vez. Viven intensamente esa semana en una especie de burbuja que nosotros ayudamos a crear.

Por otra parte, aprenden a que las cosas no siempre funcionan sólo en función de obtener o no un resultado. La realidad del científico es que terminan disfrutando y valorando el proceso. De hecho, las personas que se hacen preguntas, obtengan o no la respuesta, deben aprender a convivir con la duda.

-A pesar de no ser una propuesta masiva, debe tener un efecto radial, multiplicador.

-Sí, porque además está el trabajo desde lo grupal, ya que algunos chicos vienen de lugares muy lejanos y pequeños y se generan lazos que hasta exceden nuestra propuesta de estar haciendo actividades científicas. Sabemos que se siguen encontrando, socialmente o porque hay quienes organizan clubes de ciencia en sus ciudades y otros se suman para ayudar. O tal vez coinciden en alguna olimpiada de matemática.

Nosotros mantenemos el contacto con ellos y algunos ni siquiera han seguido una carrera científica. Quien hoy es una de nuestras coordinadoras estudia Economía, pero no para hacer grandes digresiones teóricas, sino porque le interesaba la visión de la disciplina basada en evidencias. Averiguar cómo funcionan las cosas te lleva a seguir un método en cualquier disciplina que elijas.  Por otra parte, al armarse redes, los chicos dejan de estar solos y eso es otra cosa esencial para aprender a armar proyectos.

Luego, ellos regresan a sus lugares de origen y pasan la voz. A lo largo del tiempo hemos hecho campamentos para padres, docentes, personas curiosas y también para estudiantes de profesorado. Si bien la estructura es la misma, estamos muy atentos a pulir las distintas actividades. Es nuestra manera de guiar el encuentro con lo científico sin invadir, y sería deseable que eso sea también lo que sucede dentro del aula. Pero esto no es culpa de los docentes. Hace falta una renovación para la educación en ciencias. Encontrar por sí mismos las respuestas a las preguntas no tiene la misma belleza que cumplir con una serie de pasos prefijados.

-¿Qué eligen transmitir como muy relevante?

-Aprender a plantear la pregunta y delimitar lo que quiero aprender, genuinamente. Porque si uno quiere conocer el mundo real, que está y que tiene sus reglas, necesitamos algo muy concreto para desentrañar una madeja que es compleja y que no se nos presenta evidente para la comprensión. A la respuesta se llegará o no, pero en todo caso será una respuesta parcial que generará una nueva pregunta, con lo cual volvemos al mismo punto. Importa la pregunta y advertir cómo la respondo y si el camino que sigo me va a permitir hacerlo o no.

-¿Los adolescentes plantean el costado utilitario de la ciencia, algo que sí está presente en el mundo de los adultos?

-Al menos en los campamentos no preguntan “y esto, ¿para qué sirve?”. Esa es una pregunta que aparece más en el aula. En general, cuanto más grandes nos volvemos, menos evidente nos resulta que hay mucho por descubrir y que lo que sabemos no lo sabemos realmente. La gente no sabe cómo funciona un celular. Tecnológicamente ni hablar. No entiende por qué en el interior de una pileta los sonidos se oyen distinto abajo que arriba. Hay mil cosas que damos por obvias. Aquello que llamo saber no se trata de reproducir un dato o de dar una definición. Esto es lo que trato de permear en mi blog “Cómo sabemos” o en mis otras actividades vinculadas con la educación en ciencias. Sentir que aportaste un grano de arena. Yo, con eso, ya estoy hecha.