Por Carlos Ciappina

Ha llegado la hora de la mujer argentina, íntegramente mujer en el goce paralelo de deberes y derechos comunes a todo ser humano que trabaja, y ha muerto la hora de la mujer compañera ocasional y colaboradora ínfima. Ha llegado, en síntesis, la hora de la mujer argentina redimida del tutelaje social, y ha muerto la hora de la mujer relegada a la más precaria tangencia con el verdadero mundo dinámico de la vida moderna.

No son sesenta y cuatro años sin Evita, sino sesenta y cuatro años con Evita. Evita nunca nos dejó. Desde ese 26 de julio de 1952, su figura, como todo lo verdaderamente grande en la historia, sólo ha crecido con el paso del tiempo.

Para entender la dimensión de Evita en nuestra historia, hay que retroceder a la sociedad argentina de 1943-1945: un país rico con trabajadores muy pobres; una nación en donde los jueces, los médicos, los políticos, las ciencias, la vida pública, en fin, era de y para los varones y para los varones de la élite. Un país gerontocrático, donde la edad y la alcurnia eran la medida de lo correcto o lo incorrecto. Una nación que se creía la civilización y escondía debajo de la alfombra toda la heterogeneidad criolla, mestiza, aborigen, inmigrante.

Un país que le hablaba a una élite muy selecta, a una ciudadanía sin pueblo, a una república sin democracia.

En esa sociedad hace su irrupción Evita. De la mano y junto a ese extraño coronel obrerista que se sienta a hablar con los trabajadores, que los escucha, los reconoce, los comienza a proteger, les pide que se organicen, que defiendan sus derechos.

Evita es todo lo que la sociedad oligárquica de ese tiempo consideraba impropio e impresentable: es mujer, es criolla, es actriz, es extremadamente joven. Con sus veinticinco años le hubiera inclusive costado hacerse oir siendo un varón de la élite. Pero ni eso, es mujer, es de pueblo, es del interior.

El general de los trabajadores llega a la presidencia en esa turbulenta posguerra de 1946. ¿Cuál será el lugar de Evita? ¿Primera Dama joven y rutilante que acompaña a cocteles y reuniones como un adorno masculino? ¿Primera dama que realiza acciones de beneficencia, como una especie de dádiva discrecional? No será así, y esa es la primera ruptura de Eva. Evita busca un lugar que no es de ella ni para ella; es un lugar para su pueblo.

Pero ¿cuál es su “rol”? Evita no elige uno, sino todos: joven,  mujer, líder política y líder social y obrera, oradora vehemente y profunda que defiende la obra de su marido y la propia;  dispuesta a darlo todo por una sociedad para todas y todos.

Una y todas, desde una sensibilidad profunda, desde un amor y pasión infinita por sus “descamisados” y desde su inteligencia y lucidez extrema.

“Esa Mujer”, en sólo siete años de vida política, trastocó para siempre los valores de una sociedad pacata, conservadora y excluyente. El voto femenino, el partido peronista femenino, los “derechos sociales” y la Fundación Eva Perón, la abanderada de los sindicatos, la dura contrincante del imperialismo, la profunda entrega por la niñez y la ancianidad. Evita quería correr los límites del peronismo cada vez más: “Donde hay una necesidad, hay un derecho” es todo un programa de derechos sociales universales; en lucha permanente con el capital, se volvió abanderada de los trabajadores, del movimiento obrero organizado, de la CGT; temerosa de que las FFAA le dieran la espalda al peronismo (lo que finalmente hicieron), buscó organizar una resistencia armada con los sindicatos.

Surgida en el movimiento popular peronista, hoy lo trasciende largamente. La élite patriarcal, excluyente, misógina, la eligió como blanco de sus odios más profundos; la culpó de todos los excesos y de todas las decisiones a favor del pueblo que tomaba el coronel. “Esa mujer” era, para la élite, francamente insoportable. Otros, mejor intencionados, directamente no la comprendieron, ni comprendieron la dimensión de su obra y su lucha, que excedía a un partido para involucrar los derechos de todas y todos.

Ese torbellino que entró a la historia concreta por escasos ocho años se apagó físicamente hace 64 años. La dimensión de su obra se mide por la oscura vara de lo que hicieron los enemigos del pueblo con su cuerpo: fue desaparecida, ocultada, destratada y vilipendiada. Su nombre y su imagen prohibidos, sus referencias biográficas ocultas, sus logros y anhelos distorsionados.

Y, sin embargo, hoy, a más de seis décadas de su muerte, millones de mujeres, jóvenes y no tan jóvenes en nuestro país y en el mundo la reconocen como la mujer que entregó todo (literalmente) para mejorar las vidas de millones de argentinos; como la mujer que instaló definitivamente el paradigma de los derechos en relación con lo que hoy llamamos Desarrollo Social.

Su voz, su imagen y su obra son hoy el símbolo que recogen y evocan cientos de miles de jóvenes en Argentina y en América Latina, y vuelve a convocarnos desde su vida y su obra en esta coyuntura de retorno al poder de todos aquellos que la odiaron en vida y que hoy vuelven a intentar destruir su legado de igualdad y lucha encarcelando a mujeres y hombres que han seguido y siguen su camino emancipador.