La ciencia de hacer preguntas

La ciencia de hacer preguntas

Mientras más se sepa sobre ciencia, mejor será la sociedad, también será más libre y más democrática. Con esta información los ciudadanos, la sociedad, el pueblo, tomarán mejores decisiones.

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Por Antonio Mangione*

Este sería un resumen de los buenos deseos y propósitos de la comunicación de la ciencia. El refinamiento teórico en materia de comunicación de las ciencias, en todo el mundo y en Argentina, no han podido romper con la construcción de sentidos acerca de la superlativa importancia asignada a la ciencia en la construcción de ciudadanía, en nuestra capacidad como sociedad de tomar mejores decisiones, y como una forma de conducirnos hacia la libertad (hasta se ha dicho que nos hace mejores personas).

La expresión de arriba es una verdad a medias, incompleta, errónea y somera.

Las sociedades, es decir, el conjunto de seres humanos que viven en un ámbito cultural y político determinado, no toman decisiones basadas en ciencia. No lo hacemos todo el tiempo al menos, ni siquiera los investigadores científicos lo hacen. Aprender algo sobre ciencia no significa saber, y saber no significa ponerlo en juego a la hora de tomar decisiones.

Nuestras representaciones sobre lo útil, lo deseado, lo que valoramos, quién nos lo dice, con quién lo compartimos y en qué contexto, nuestros intereses y desintereses también juegan un papel decisivo. Según Edna Einsiedel y Bruce Thorne, los públicos no son pasivos. Muestran interés o desinterés pero en forma activa. Saben las razones y la utilidad del conocimiento y se plantean por qué inclusive no quieren saber sobre ciertos temas.

Por lo tanto, la distribución del uso del cianuro en la industria es de interés marcado para los productores de cianuro, de superlativo interés para científicos y ciudadanos ocupados y preocupados por la potencial contaminación con cianuro por la minería del oro a cielo abierto, y de escaso interés por fuera de lo anecdótico para un número importante de personas. ¿Esto hace a los primeros mejores ciudadanos que los últimos? No.

¿Entonces?

Resuelto el tema sobre atender el interés y desinterés de los públicos, o, por caso, de cómo construyen saberes las sociedades, o, mejor aun, supongamos que todos sabemos cómo funciona todo lo que nos rodea: ¿nos haría mejores personas?, ¿las sociedades serían más democráticas?

Hipotetizo que no.

Entonces, viene la pregunta. La pregunta cambia todo. La pregunta horizontaliza. Nos iguala. Eso. La pregunta nos iguala. La pregunta irrumpe. La pregunta incomoda. La pregunta, no cualquier pregunta, pone en evidencia a todxs. Al que pregunta y a lxs que intentan responder. Importan todo tipo de preguntas, las retóricas y las directas. Importan mucho más las que son específicas que las que no lo son. La pregunta que anticipa. La pregunta que espera inclusive una pregunta como respuesta. Importan las preguntan que concentran y mucho menos las que nos distraen.

Las puntas del lazo se unen

Las preguntas están atadas al saber, es ineludible, inclusive a la ausencia de saber, aun más fabuloso e interesante, las preguntas se desprenden de no saber. Las preguntas nos igualan.

Las preguntas importan. Las preguntas que importan, sin embargo, no son sólo aquellas que interrogan sobre cómo funcionan las cosas, sino también quién las produce, quién tiene la patente, cuántos obreros trabajaban en la industria, cuánto cobran, si tienen obra social, si es trabajo en blanco, en qué condiciones trabajan, qué uso de la tierra se hizo, cuál es el plan de negocios de la empresa, cómo ese producto entró a mi país, por qué entró en mi país, quien lo autorizó, con los dólares de quién o de qué sector se paga.

La ciencia es poder, hoy más que nunca. La ciencia es mercado, hoy más que nunca. La ciencia, lo científico, sus productos, técnicas y artefactos son parte de una cultura de la dominación y la posesión. Quien tiene, puede. Nos ocupan los que no tienen, los que no podrán.

La comunicación de la ciencia hoy es para los que tienen acceso al diario, a Internet, a la televisión. Los que escuchan radio en el auto. Los que pagan Internet en el teléfono. Los que viajan horas en tren, micro, van caminando o a caballo al trabajo tal vez no sean ni rozados por la ciencia.

Es deseable entonces, tal vez imperativa, una comunicación de la ciencia, un periodismo científico, una literatura científica, que sepa inducirnos a hacer preguntas, a desafiar el poder a revelarse. Las preguntas que ayudan a comprender lo cotidiano, lo vivencial, sin recurrir a la noticia necesariamente y todo el tiempo a la noticia.

Una comunicación horizontal, cercana, conocida, esa que permite poner en juego los cimientos de nuestras construcciones teóricas y de nuestra práctica, hasta nuestros propios temores, para luego espantarlos y hacer la pregunta: ¿qué comunicación de la ciencia estamos haciendo?


* Docente. Universidad Nacional de San Luis.

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