Por Mauro Forlani*

El Gobierno amenaza. Espera el fallo de la Corte Suprema. Si no hay aumentos de las tarifas, “habrá inflación o más impuestos”.

Dos claves para leer la amenaza:

Primera clave. El fogoneo inflacionario actual con un interanual del 44% lo generó el propio oficialismo a partir de una brutal devaluación, la supresión y disminución de las retenciones agropecuarias y mineras y el tarifazo.

Es decir, la espiralización inflacionaria fue provocada por el propio Gobierno que “gestiona” desde hace siete meses. ¿Más inflación en el camino?

Segunda clave. En relación con el aumento impositivo. Está muy bien, es para aplaudir si el oficialismo vuelve sobre sus pasos y reactualiza las retenciones a la oligarquía exportadora. Sin embargo, por el perfil económico ortodoxo que caracteriza a la actual gestión, solicitar que restablezca los impuestos a la exportación sería lo más parecido a una fantasía.

La alternativa segura, que se debe barajar en las alturas del Ministerio de Hacienda, es gravar más el consumo, el bolsillo popular.

En términos administrativos, estrictamente en lo concerniente a la gestión del Gobierno, más allá de las calamitosas consecuencias sociales por todos conocidas, como aumento de la pobreza, de la indigencia y despidos, en siete meses ha sido de mediocre o baja calificación, por no decir de una inoperancia llamativa y sideral.

No lo decimos nosotros. Por nosotros entiendo el denominado campo nacional y popular. Se lo remarcan los consultores y economista de la city asociados ideológicamente con el PRO.

Déficit y fuga

Los dirigentes de la Alianza Cambiemos se quejaban del déficit público heredado, y en solo siete meses lo han, al menos,  duplicado.

Producto de sus medidas recesivas, la recaudación cayó a la mitad, mientras ha tenido que conservar gastos públicos destinados a ingresos sociales para paliar aunque sea parcialmente la vulnerabilidad en los sectores más desprotegidos. Vulnerabilidad que el mismo Gobierno ha agudizado.

El endeudamiento alcanzó la no desdeñable marca en breve tiempo de 24.000 millones de dólares, y sin embargo las reservas del Banco Central están en el mismo número que cuando las dejó el kirchnerismo. Es decir, no alcanzan los 30.000 millones.

Una parte de ese nuevo financiamiento sirvió para pagar a los “buitre”, otra para financiar el boom de camionetas 4X4 que “necesitaba” el campo y unas migas para las provincias.

¿Y el resto?, ¿alguien vió el resto?, ¿alguno de ustedes lo usó?

Después te pasan factura y hay que pagar. Ya conocemos la historia.

Al resto, se la fugaron. Se la fugan, muchachos.

Las divisas se las están fugando desde que levantaron el control de cambios, el demonizado cepo. Libre y alegremente la oligarquía y algún sector medio que aún queda con capacidad de ahorro, desde diciembre que asumió el macrismo, se llevan las Reservas del Banco Central a sus casas o a “paraísos fiscales”.

¡Así no!

Así no hay país perdurable, sustentable en el tiempo, en términos de lograr alguna autonomía en el casino globalizado.

Hay que entender, hay que tomar conciencia de que las Reservas se necesitan para desarrollar un país mediante la sustitución de importaciones y la diversificación del aparato productivo, y no para financiar los deseos caprichosos de los “amantes” del dólar, de los “fanas” de la divisa norteamericana.

Así no hay país viable. No hay país posible.

Están generando un “déficit estructural” complicado de revertir en el futuro, bajo una gestión macroeconómica ineficiente y despilfarradora. Calificativos con los que, paradójicamente, se acusaba y se endilga al “populismo” anterior.

“Cambiemos” y la ilusión tecnocrática

Seguramente muchos de los votantes del oficialismo confiaban y confían, de buena fe, en las virtudes o supuestas capacidades de gestión de sus dirigentes.

Nombres con experiencia, en negocios exitosos en grandes corporaciones en el sector privado, no pueden fallar en la administración de la “cosa pública”. “Cambiemos”, “probemos algo nuevo”. Tipos con formación empresarial no nos pueden fallar. No nos puede ir mal.

Malas noticias: sí te pueden fallar. Sí, nos puede ir para el horno. La ilusión de la eficiencia tecnocrática es eso: pura ilusión. Con la técnica sola no alcanza, es necesaria la política.

Un amigo que votó a Macri me decía: “Hay que comer arroz dos años, y así podremos salir”. El problema es que los costos transicionales en que piensa el Gobierno, o el sacrificio que le pide a porciones importantes de la población, además de los resultados calamitosos en términos sociales, no redundan en una mejora de las cuentas públicas, sino, como se ve reflejado, ¡las empeoran!

Esto ya se percibió en los “dorados” noventa. Con endeudamiento y ampliación del déficit fiscal incluso se pueden ganar elecciones, pero terminan dejando una bola de nieve que conduce a un derrotero de ajustes crecientes, inviables en términos de legitimidad política.

Después, a no quejarse apelando a la trillada e histérica postura antipolítica resumida en el “que se vayan todos”, alimentada y fogoneada por el circo mediático. Porque los políticos pasan, tarde o temprano pasan, y el poder económico oligárquico siempre queda.

Ese siempre queda.


* Docente, UNSL.